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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Un visitante con clase

Si es verdad aquello de que en la variedad está el gusto, la crónica de esta semana se nos antoja gustosa, por variada. Dos películas, dos mundos.

Ascetismo cinematográfico


Tras su interesante debut como realizador con Vídas cruzadas, el también actor Thomas McCarthy logra con The Visitor otra muestra sólida de cine intimista e independiente.

Pocos personajes, pocos escenarios y un claro mensaje de denuncia como trasfondo: la política de inmigración estadounidense. Este filme tiene como protagonista absoluto a Walter (espléndido Richard Jenkins), un maduro, viudo y solitario profesor universitario, que recupera el interés por la vida gracias al contacto casual con una pareja de inmigrantes que viven y trabajan en Nueva York en una situación ilegal.

El encuentro del amargado Walter con el joven Tarek (Hazz Sleiman), su mujer y su madre (Hiam Abbas) se produce a través de un motivo argumental que atraviesa la película: la música y los sonidos del pasado y el presente. Así este pianista frustrado, este gris docente que ha perdido el interés por su profesión rejuvenece a través del contacto con el ritmo, la vida y el colorido de los inmigrantes que pueblan las calles de su país. Pero ese mismo hombre descubrirá progresivamente que la política estadounidense tanto interior como exterior se ha vuelto cada vez más áspera, injusta e implacable. En este sentido, The Visitor es un drama sin estridencias, una sencilla tragedia sin aspavientos, un filme minimalista y ascético atento a los detalles y algo tentado por el simbolismo.

The Visitor está estructurada en bloques narrativos y en motivos visuales y acústicos que se repiten y no necesita alzar mucho la voz para lanzar una sincera denuncia contra la violencia soterrada que se ha instalado definitivamente en el llamado mundo civilizado. No obstante, McCarthy fracasa en dos aspectos capitales: los personajes femeninos y la incipiente relación del profesor con Mouna —la madre del joven detenido—, un personaje desdibujado, que solo está a punto de salvar el inconmensurable talento interpretativo de la actriz palestina Hiam Abbas.

Ligera de cascos


Una familia con clase es la versión que el australiano Stephan Elliott ha hecho de Easy Virtue, una añeja obra de teatro de Noel Coward que, a su vez, fue el motor de una de las primeras y más olvidadas películas de Alfred Hitchcock.

El director de Priscilla ha optado por un enfoque moderno y colorista para narrar una historia que oscila entre la comedia de situaciones y el drama intimista. El ritmo acelerado, las composiciones trabajadas y las frases ingeniosas tomadas del original literario son la base sobre la que se apoya Elliot para contarnos el choque de Larita, una norteamericana cosmopolita (Jessica Biel), con la estirada familia británica de John (Ben Barnes), su joven marido, personaje éste que queda desdibujado en favor de la veteranía interpretativa Kristin Scott Thomas como la Sra. Whitaker —una matriarca apegada a la tierra y la tradición— y de Colin Firth en su papel de hombre que, al igual que la protagonista femenina, está marcado por el pasado.

El filme no rehúye el humor grueso aunque muestra una soltura narrativa envidiable en los escasos momentos dramáticos de una función que, a pesar de su transfundo de crítica social, acaba resultando intrascendente por la frialdad con la que el realizador maneja el cuidado engranaje de diálogos chispeantes, situaciones disparatadas, interiores opresivos, músicas de diferentes épocas y choque de caracteres. El problema de Una familia con clase es que no se atreve con los aspectos más espinosos del relato y opta por un enfoque colorista y narrativamente desenfrenado para una versión que hubiera necesitado menos meticulosidad y más agallas.




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