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Sara Orúe

Cosas inútiles


El otro día fui a una fiesta.

—Te colaste.
—Qué carajo, me invitaron.
—Cómo me extraña.

Lo que a mí me extraña querida Julieta, es que no te hayan roto nunca los dientes. De verdad, qué malaje….

Fuimos tío Ra y yo. La fiesta era en un apartamento y las bebidas estaban en la cocina. Al llegar, el anfitrión nos dijo que nos sirviéramos lo que quisiéramos y saliéramos al salón. Entramos en la cocina:

—Sobri, pregunta dónde están los vasos.
—Mira en el armario sobre la fregadera.
—Pues sí. ¿El abrebotellas?
—Mira en el primer cajón.
—Pues sí. ¿La basura?
—Mira debajo de la fregadera.
—Otro acierto. ¿Y la sal?
—¿Para qué quieres la sal?
—Para nada, sólo quiero saber si aciertas donde está.
—Prueba en el armario de la derecha junto a la campana extractora.
—¡Fallaste!
—Mira en el de la izquierda.
—Mecachis, aquí está la sal.
—¿A que también están el aceite, el vinagre y la pimienta?
—También.

Tío Ra estaba ojiplático.

—Tú ya habías estado en esta casa.
—Te juro que no. El 90% de la gente tenemos las cosas guardadas en el mismo sitio o parecido.

Es la verdad. En la cocina pasa, pero también pasa, más o menos lo mismo, en otros sitios de la casa.

Por ejemplo, casi todas las casas tienen un cajón desastre.


—Será de sastre.
—Será de sastre o de modista, pero lo que sí es, es desastre.

Hablo de ese cajón lleno de cosas que no sabes donde poner, por viejas, por inútiles o por que sí.
—Te refieres al cajón donde se guardan las pilas viejas.
—Y los bolis que no escriben.
—Los llaveros de publicidad.
—Las gomas de pollo.
—Los alambritos del Pan Bimbo.
—Las bolsitas pequeñitas de plástico con cierre de zip.
—Los botones desparejados.
—Los mecheros rotos.
—Los cubiletes de jugar al parchís.
—Las navajas suizas miniatura.
—Los clips.
—El celo, incluso el gastado.
—Los mini imperdibles con los que ahora sujetan las etiquetas de la ropa
—Las limas de uñas viejunas.
—Las figuritas del roscón.
—Las patillas rotas de gafas de sol.
—El antifaz de carnaval.
—Los…

Bueno,  ya vale. Este cajón me está dando grima  de tanta porquería junta. 

Hay otro lugar que mola mucho porque también lo hay en casi todas las casas, bien sea en forma de cajón, de armario, de carpeta o de lugar sobre la mesa del despacho. Me refiero al sitio donde dejas TODAS las facturas que recibes hasta que las guardas en su sitio correcto.

—Es cierto. Yo guardo todas las facturas, a veces no quito la propaganda que viene dentro del sobre.
—Pues yo, a veces no quito ni el sobre.
Tío Ra, eres el más grande.


No termino de entender por qué guardamos las facturas de Telefónica, las del móvil, de la luz, del agua, del gas, de la VISA, de El Corte Inglés, del seguro… Años y años… qué afán guardador.

—¿Y las perchas enclenques que nos dan en la tintorería?
—¿Y los móviles viejos?
—¿Y sus gadgets, cables, cargadores, auriculares…?
—¿Y el papel de regalo usado?
—¿Y las bolsas del súper?
—¿Y los vasos de cristal de los yogures?
—¿Y los chismes de plástico donde van los juguetes de los huevos Kinder?
—¿Y las monedas sueltas que nos sobran de los viajes fuera de la zona euro?
—¿Y los billetes de metro, entradas de museos, tickets de bar, etc., de los viajes?
—¿Y los mini lapiceros de Ikea? Yo tengo cienes.
—¿Y los calendarios que te dan a principios de Enero?
—¿Y los calcetines desemparejados?
—¿Y las cajitas bonitas de las joyerías?
—¿Y los lazos de los regalos?
—¿Y los cartuchos de los rollos de fotos de antes?
—¿Y las cucharillas de plástico de los helados?

Aquí lo dejo, que me estoy agobiando. Esto es un síndrome de Diógenes en potencia.

—No creo sobri, esto más se me parece a mí a una casa grande con mucho sitio donde guardar cosas inútiles.




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