Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Memoriamnesia del horror

Puede resultar extraño que en dos meses de charleta sobre Vietnam el tema de la guerra apenas haya salido a relucir, máxime cuando para muchos de nosotros Vietnam y guerra son dos palabras casi-casi interdependientes. Pero no lo es, extraño, digo. En Vietnam hay muchísimas cosas fascinantes (gentes, paisajes, productos, gastronomía, costumbres, etc.) sacando la cabeza por encima de los recuerdos bélicos, y por si esto fuera poco, los vietnamitas dicen no sentir ningún rencor por quienes durante años y años trataron de aniquilarles. 

En cualquier caso, llegado ha el momento.

Leyendo en Hue nuestra guía, descubrí que no estábamos lejos de los túneles de Vinh Moc y no cejé en el empeño hasta conseguir que nuestros anfitriones apretaran el programa contratado y sacaran tiempo para llevarnos hasta una de las zonas más machacadas por los bombardeos norteamericanos.  

Hasta qué punto la amnesia voluntaria estará surtiendo efecto que, cuando le dijimos al chófer que queríamos ir a los túneles de Vinh Moc, él interpretó inmediatamente que queríamos atravesar en coche el túnel de Lang Co. Incluso aceptando que nuestra pronunciación deja mucho que desear, cosa indiscutible, es impensable que teniendo a tiro de piedra un escenario histórico de la última gran tragedia sufrida por tu pueblo pienses que lo que interesa (y mucho) a dos turistas europeas es circular por el túnel de reciente construcción que, taladrando la base de una montaña menor, une Danang con Lang Co.

De camino

Los monumentos a los mártires de guerra que gritan en casi todos los pueblos entre Hue y los túneles de Vinh Moc combinan a la perfección con la amplísima zona de blancas dunas de arena y escasos pinos que, en torno a Hailang,  ejemplarizan la desertización del día después que tantas películas han tratado de captar.

Un paréntesis. En este camino de pasado, también el presente parece irreal: en un peaje concurren hasta tres funcionarios para dar paso (uno cobra y nos da el recibo, otro —a su lado— recoge el ticket, y una tercera, sin moverse de su silla, levanta la barrera). ¿Pleno empleo forzado o súper especialización?


Pasamos de largo, porque la noche se nos echaba encima, el mega monumento en construcción a orillas del río Pen Hai que honrará para siempre a las víctimas y los cementerios (paramos a la vuelta) engalanados por una fiesta reciente, el 60 aniversario del día del mutilado de guerra.

Los túneles de Vinh Moc


A mediados de los años sesenta del siglo pasado, el futuro de los habitantes de Vinh Moc estaba claro: morir o morir, acribillados, quemados, descuartizados, degollados, asfixiados o desangrados, pero morir.

El asedio de los bombardeos alcanzó tal intensidad que a los humildes campesinos no se les ocurrió mejor protección (y no la había) que refugiarse en lo que mejor conocían, la tierra. Durante veinte meses sacaron barro de las entrañas de su aldea para construir en el subsuelo sus hogares. Un centenar de galerías entrelazadas a lo largo de tres kilómetros de serenos rellanos y bruscas pendientes, por las que una persona de mediana estatura y volumen nada escandaloso como soy yo misma apenas puede caminar erguida, sirven de enlace a las pequeñas cuevas que hacían las veces de habitaciones unifamiliares, salas de reuniones para los mandos militares (después se instaló allí el ejército) y hasta una sala de partos, en la que nacieron 17 niños. Cerca de 600 personas vivieron agazapadas en esta húmeda oscuridad entre 1966 y 1972.


Lo que anteayer, qué digo anteayer, ayer mismo, fue escenario de una pesadilla hoy es un interesante lugar de visita turística. Perfectamente organizado, el complejo cuenta con un museo en el que la guía explica al grupo los que muchos de sus oyentes vivieron en propia carne. Mapas interactivos y algunas reliquias armamentísticas hacen las delicias de quienes no alcanzan a creer lo que cuentan sus mayores.


Ya en las galerías, los resbalones, los llantos de los niños agobiados por la oscuridad (y eso que ahora quien no lleva linterna se alumbra con la pantalla del teléfono móvil), las risas nerviosas y los suspiros son moneda corriente. 

Ya en las galerías, los resbalones, los llantos de los niños agobiados por la oscuridad (y eso que ahora quien no lleva linterna se alumbra con la pantalla del teléfono móvil), las risas nerviosas y los suspiros son moneda corriente. 


Bien planeado como está, el recorrido se inicia en la umbrosa zona de trincheras y termina sobre la playa. Dicen quienes los recorrieron, que estos de Vinh Moc son menos claustrofóbicos que los de Cu Chi. Doy por matada mi curiosidad, ya que sobreviví al resbalón no quiero tentar a la suerte.


Sin contar con ello


Ya metidos en gastos, nuestro chófer decidió regalarnos un extra de recuerdos bélicos y, tras detenernos en el cementerio de Dôc Miêú, uno de los cementerios donde reposan los restos de decenas de soldados desconocidos, nos llevó a la ciudadela sagrada de Quang Tri, reconvertida en monumento a los caídos.  

Ante la evidencia de que el recinto ya estaba cerrado, nuestro improvisado guía exploró la muralla hasta encontrar una grieta por la que nos invitó a colarnos. No contento con que viéramos el parque y el monumento tras el que se pone el sol, se aproximó al inevitable museo, a la sazón casa del guarda, y tras un breve e incompresible (para nosotras) parlamento vestido de sonrisas (siempre presentes en Vietnam), nos hizo señas para que nos  acercáramos.  

Sonriendo, atravesamos el destartalado cuarto vital del guarda sin poder evitar fijarnos en el incómodo camastro del que le habíamos levantado (aún yacía sobre él un libro abierto) y el sucio hornillo repleto de cacharrería. En la planta superior, las fotos, los petates, los prismáticos, las cartas, los cascos, los fusiles, las cantimploras, los espejuelos (siempre hay unas gafas rotas en este tipo de exposiciones, y ahora dudo que en ésta las hubiera), nos devolvieron al Vietnam que habitaba nuestras cabezas apenas diez días atrás, el Vietnam de la guerra, de los bombardeos, de los niños corriendo envueltos en llamas, de los ancianos sigilosos, de los veteranos desquiciados, del horror que no cesa y se multiplica. 

Para que nada se olvide o porque todo no se puede reparar, en el pueblo cercano viven aún familias en edificios trufados de metralla.  

Algún día, esta región vietnamita será famosa por el placer capaz de proporcionar, y el sufrimiento pasado se perderá en el olvido. Si queréis contemplar con perspectiva las enormes playas de blanca arena que perfilan su litoral, no tenéis más que volar de Hue a la ciudad de Ho Chi Minh, antiguo Saigón, asomados a la ventanilla del flanco derecho.

El recuerdo de la guerra en Saigón

En la capital de la última contienda, desde el 4 de septiembre de 1975, el War Remnants Museum (Museo de los vestigios de la guerra) se ocupa de recoger, estudiar, conservar y exponer las pruebas del daño causado al pueblo vietnamita por las tropas extranjeras.  

En las ocho exposiciones temáticas permanentes que ilustran al visitante no faltan recuerdos para los damnificados norteamericanos, entre los que destaca por la fama del padre el hijo de Errol Flynn, el fotógrafo de guerra Sean Flynn, ni recreaciones de las crueles celdas de castigo en la que tantos vietnamitas murieron atrofiados y enfangados en sus propias heces; especialmente sobrecogedoras son las fotos mil veces vistas y las fotos inéditas que muestran lo que ocurrió y lo que sigue ocurriendo (las armas químicas continúan la agresión aunque hayan pasado lustros desde su utilización). Tal vez, todo este horror llegaría a hacerse tolerable si fuera cosa zanjada del pasado. Tal vez. Pero la realidad es que las consecuencias de la guerra siguen dañando al pueblo vietnamita y que guerras igual de crueles y absurdas siguen minando no pocos pueblos del planeta.   

La próxima semana recorreremos el Saigón festivo que nos merecemos y nos deslizaremos por los frondosos canales del delta del Mekong emulando a los hábiles soldados del Viet Cong. Una curiosidad: al parecer, fueron los americanos los que, aprovechándose de talante temeroso y supersticioso de los vietnamitas, bautizaron al ejército rebelde con el nombre de Viet Cong, para que, desconfiaran de él y evitaran unirse a sus hermanos, los soldados del norte.

Fotos de Eva Orúe y Sara Gutiérrez.

 

 Hue [»]  

OTROS DESTINOS




Archivo histórico