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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Érase una vez o tal vez dos…


Esta vez, Salman Rushdie lo ha logrado. Dotado como pocos escritores para la creación de sagas familiares entreveradas de multitud de hilos narrativos que se entretejen en un tapiz de distintas fábulas, que a su vez se subdividen en diversas ramificaciones, volutas y circunvalaciones hasta conformar el enorme fresco en el que sus historias se desarrollan, llenas de personajes que entrelazan sus voces y destinos en una obra de telar que parece no tener fin, como era el caso de su mejor novela hasta la fecha Hijos de la medianoche… Dotado, digo, y sin embargo, pese a su perfección estilística, no acababa de cuajar la obra maestra, le faltaba quizás ese punto tan inasible para muchos autores que es el de lograr emocionar y atrapar al lector.

Pero, en este relato del viajero europeo del siglo XVI Nicolás Vespucio, de sobrenombre Ucello de Florencia, que llega a la corte mongola del rey Akbar para narrarle la historia de su supuesta madre, Qara Köz (Ojos Negros), descendiente de Genghis Kan y conocida como la encantadora de Florencia, Rushdie ha encontrado ese punto de inflexión, esa posición de la palanca que mueve la magia que atrapa al lector y lo lleva de la mano por el laberinto de historias que se funden unas en otras, deudoras a partes iguales de la técnica oral y coral de las narraciones orientales —imposible no acordarse de Scherezada— y los cuentos renacentistas de Boccacio; con un ritmo que no decae, una prosa pujante y fluida llena de adjetivos y riqueza semántica en la que se sustenta la vida del narrador que pende del único hilo de su destreza para entretener e interesar a este tercer emperador mongol, el gran Jalaluddin Muhammad Akbar (1542-1605), gran señor de un inmenso reino situado en el subcontinente Indio durante los siglos XVI y XVII y valedor de una religión tolerante que mezclaba el hinduismo, el islamismo y el cristianismo (bastante diferente por cierto de aquella que lanzó la fetua contra el autor cuando éste publicó Los versos satánicos).


Bajo el manto protector del realismo mágico los personajes de la novela se mueven y buscan su propia verdad, y no por motivaciones psicológicas o sociológicas sino a través de los sentimientos y las emociones, dejándose arrastrar por ellas. Un mundo donde prima la magia, el talento, el ingenio, sobre otros condicionantes más civilizados quizás pero no tan auténticamente humanos.

La novela, que se sirve del personaje de la princesa Qara Köz como puente de unión entre occidente y occidente, simultanea la historia de esta princesa que llega a la Florencia del Renacimiento de la mano de un florentino que la ha rescatado después de pasar por las manos de varios guerreros y piratas como parte de botín de guerra y cuya belleza deslumbra a la ciudad de los Médicis con la historia del propio emperador Akbar, de los sucesos ocurridos en su reino y en su vida doméstica llena de peligros donde sus propios hijos conspiran contra él. Aquí todo parece posible, hasta la existencia de una esposa imaginada, que tiene su propio palacio y sirvientes aunque nadie la ve y con la que el emperador se solaza en largas jornadas de amor.

Esa es la fuerza del autentico narrador, el hacernos ver lo improbable como probable, lo inventado como real y Rushdie lo consigue totalmente. Es un placer leer y releer estas historias que te hacen participe de un mundo ya desaparecido pero al que la fuerza fabuladora del autor consigue ponerlo de nuevo a disposición de tu propio placer como lector. ¡Una verdadera gozada!


Me gustaría recomendaros ahora una película pequeñita, que entró de puntillas con la nominación de su actor principal, Richard Jenkins (el padre fantasma del A dos metros bajo tierra televisivo) en el festín de los Oscar de este año y que finalmente se fue de vacío.

Es un ejemplo perfecto de cómo con casi nada y mucho talento se puede conseguir una película inolvidable. Se trata de El visitante (The visitor) de Thomas McCarthy, autor de aquella inclasificable Vías cruzadas (The Station Agent).

La historia de este profesor universitario recién enviudado, que al volver a su apartamento neoyorkino se encuentra que éste ha sido ocupado por unos emigrantes sirios es una delicatessen que en otras manos podría haberse ido por unos despeñaderos tremendistas del cine social, pero que aquí, soslayando cualquier tipo de sentimentalismo, su director nos enseña como se puede recuperar la alegría de vivir de unas vidas quebradas a través del diálogo, el entendimiento y la música.

No hay mucho más que decir excepto que no verla sería imperdonable.




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