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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Hermanas


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Mi hermana es un rostro recordado… Mi hermana está y no está. Mi hermana se enreda en mis recuerdos como una hebra de miel, una estela de vidas pasadas ya… vidas que fueron, que podrían haber continuado, pero que se tornaron momentos reposados en estanques de memoria hiperactiva, memoria de hermanas, memoria de quererse, de encontrarse, de tolerarse. La hermandad que tolera las lagunas de tiempo que pasan entre un encuentro y otro, entre una palabra que se dice y otra que se recibe, entre una foto, entre una postal, entre una mano que te sostiene y una mirada de reproche… Sin estremecerme, ya sé que la infancia no es tan intensa ni tan recordada para todos y por todos, ya sé que nadie me ve más como a aquella niña que se quedó suspendida entre los túneles de tiempo y espacio… ya sé que mis recuerdos sobre unos mismos hechos, son y serán, casi totalmente distintos a los de mi hermana… pero el efecto sobre nuestra unión o desunión es el mismo. Rotundo.

Yo no me recuerdo a mí misma sin que ella exista, aunque ella sí vivió una pequeña vida entera sin mí. De repente, para ella, yo debí de ser la pequeña “invitada”, la pequeña aparecida como de la nada para formar ya parte de su mundo, formando parte del mundo junto a ella. Familia. Una familia que se mueve despacio hacia algún lugar, hacia el desarrollo paulatino de los acontecimientos. Un núcleo familiar que gira en medio de la nada, un planeta-familia gravitando entorno a alguna estrella luminosa pero tal vez efímera… ¿ficticia? Y qué importa si es ficticia u objetivamente existente, si nos daba la luz cálida del amor. El amor sin batallas, el amor que se da por hecho, el amor porque sí, el amor de miradas que se identifican próximas las unas a las otras. Miradas que se reconocen, palabras cuyos subtextos resuenan de un modo común, gestos que delatan la procedencia y la “pertenencia” al mismo planeta compartido de un modo involuntario, azaroso, presupuesto… ese pequeño y lento planeta-núcleo, planeta-tribu, planeta-vínculo, planeta-familia, planeta-hermanas.

La quiero. La quiero y me quiere. Lo sé. Es tan común. Es tan verosímil. Es tan de esperar… Que nos queramos, que dos hermanas se quieran, que se piensen y que se deseen buenos destinos, buenas miradas, buenas palabras, buenas vidas, buenos recuerdos… Es tan común. Pero es tan hermoso. Tan simple. Tan misterioso a la vez. De esas cosas que se dan así sin más, porque sí, porque están allí, establecidas en su corazón y en el mío, en su percepción y en la mía, en su forma de ensoñar y en mi modo de hacerlo. Ella, sin embargo se desdobla, se triplica, se multiplica… entre la que ahora es y la que circula por la memoria, entre la que será y la que es ahora, la que está ahora en algún lugar a kilómetros alejado de mí, a kilómetros encapsulados. Cápsulas de distancia que me trago a veces por las mañanas, con un gran vaso de agua o con un café caliente que las disuelve más deprisa… para que la memoria no me falle y el nombre de mi hermana permanezca palpitante y fresco… vivo, eficaz contra la tristeza, eficaz contra los olvidos involuntarios. Estoico contra los olvidos voluntarios y firme frente a la pérdida de la inocencia. Así, sigo bailando la danza secreta de las dos niñas que flotan lejos y cerca, cerca y lejos… a veces un segundo a veces siglos. Pero la memoria no se mide por tiempo. Por lo menos, la memoria del amor. 


Pequeños Deberes – Encuentra…

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A.AliciaNlarealidad@gmail.com 

Fotos- Eva Davidova. “Antes”

 

 





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