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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Action man


Gran Torino es un melodrama a la antigua usanza en el que Clint Eastwood vuelve a demostrar que es un solvente narrador al servicio de historias que, por momentos, se acercan al cómic novelado.

Eastwood se pone delante y detrás de la cámara para contarnos la historia de Walt Kowalski —encarnado por él mismo—, un veterano de la guerra de Corea, racista, machista y malhumorado que se humaniza ante nuestros ojos gracias al contacto con sus vecinos, unos jóvenes inmigrantes orientales. En esta ocasión el realizador no necesita muchos medios, escenarios ni personajes para construir un eficiente thriller de estructura circular sobre la Norteamérica profunda, las guerras de bandas, los prejuicios raciales, la infancia y la senectud.

El problema es que el realizador infla su ego construyendo un personaje que debe mucho a otros que él ha encarnado anteriormente en la gran pantalla y tanto la sólida puesta en escena como la cuidadosa atención a pequeños detalles se ponen al servicio de un thriller efectista de dramaturgia manida y discurso envejecido. Eastwood cuenta bien sus historias, dosificando el humor y el suspense, la crueldad y la ternura, pero nuevamente emplea recursos poco honestos dotando de complejidad a unos personajes a costa de reducir a otros al estereotipo y la caricatura gruesa, cayendo en el chiste fácil y la mirada paternalista. Lo mejor de Gran Torino son, pues, sus imágenes —arropadas por una hermosa fotografía otoñal de Tom Stern— y lo peor, la construcción tramposa de la historia, los tics continuos interpretativos y la falsedad de un mensaje terriblemente reaccionario en el fondo.
No cabe duda de que el filme contiene secuencias de gran fuerza dramática, como aquella en que el anciano cascarrabias se introduce en una fiesta tradicional, imágenes potentes y una construcción hábil del relato capaz de mantener al espectador en tensión hasta el final. Pero el director de El intercambio se rinde ante las convenciones del cine de acción de décadas pasadas y vuelve a contarnos algo que ya ha hecho en otros filmes suyos: que ese anciano salido de las filas de la «era Reagan» puede evolucionar, cambiar y hasta tener un corazón de oro.

Y además...


Aunque otros compañeros (Fernando P. Fuenteamor y Pedro Vallín, cada uno a su modo) se han ocupado ya de la película, no resisto la tentación de volver sobre Slumdog Millionaire, en cierto sentido, el retorno de Danny Boyle al terreno que le dio a conocer como realizador, el territorio de Trainspotting, de la picaresca y de una mirada a la vez sincera y distanciada sobre los males de un universo globalizado, amoral, lleno de contrastes sociales y donde todo y todos tienen un precio.

La película es una hábil adaptación de la novela homónima de Vikas Sawrup que, a partir de una premisa argumental algo disparatada, denuncia la situación de violencia y explotación en la que vive gran parte de la juventud en la India de nuestros días.

El problema es que Boyle se ha decantado por el «espectáculo total» en detrimento de unos personajes que, por momentos, se ven reducidos a la caricatura gruesa y al maniqueísmo. El gran mérito de Slumdog millonaire es la hábil construcción del relato en saltos espacio temporales a partir de una premisa delirante. Así, conocemos de forma episódica la vida de Jamal (Dev Patel), ese chico de los arrabales de la India convertido en un hombre rico, popular y famoso a través de un concurso televisivo. Boyle hace una versión negra, cruel y a la vez pop y colorista del neorrealismo italiano y del cine de Frank Capra en un filme que incluye robos, torturas, asesinatos, amor, humor y engaños múltiples; infancias rotas y vidas robadas al servicio de un mundo globalizado que, al tiempo que es criticado, se ensalza con una puesta en escena efectista, llena de trucos visuales y con una construcción del relato que recuerda a más a un episodio de televisión —con un guionista inteligente— que a un largometraje con personajes y sentimientos.

El formato de la denuncia de Boyle, el humor desgarrado y la sátira irreverente, tal vez no sea el más adecuado, pero Slumdog Millonaire es sobre todo un buen espectáculo donde el alegato anticolonialista casi se diluye en una puesta en escena forzada, una banda sonora obsesiva, un montaje efectista y personajes de una pieza. Los mejores momentos del filme son aquellos en los que el director se aproxima a la infinita soledad de un personaje surgido de una multitud desheredada y son los peores aquellos en los que el director hace chistes con cuestiones más que espinosas, en tanto que no consigue que dos de los aspectos centrales de su laberíntico y colorista filme funcionen: la historia de amor y el retrato de un clan familiar destruido por la ambición pero salvado a la vez por el mimetismo con las formas de hacer y deshacer de los poderosos.




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