Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El cielo (y el infierno) literario


En ese lugar metafórico que es cielo, es donde Maruja Torres quiere que la esperen sus dos mejores amigos y mentores, Terenci Moix (del Nilo) y Manuel Vázquez Montalbán (del Raval). Mientras tanto ha urdido una novela en la que la autora recupera su memoria valiéndose de un pequeño truco literario y que es el único punto de suspense de su nueva obra, ganadora del último Nadal y titulada Esperadme en el cielo.

La novela, que es una crónica festiva, lúdica y a veces disparatada de las correrías de los tres amigos por los territorios inexplorados del más allá a través de decorados, tramoyas y oropeles al más puro estilo hollywoodiense donde brilla como gran chambelán don Ernesto Lubichts, es también, sobre todo en su segunda parte con la vuelta al barrio chino donde se desarrolló su infancia —ese lugar que ya sólo existe en la memoria y el recuerdo de los tres—, una especie de catarsis individual de la autora para superar el dolor por la pérdida de sus amigos muertos y ese vacío que nos suele quedar cuando alguien muy querido y cercano desaparece.

Pero Maruja Torres no se pone trascendente ni sensiblera, todo lo contrario. Recupera la prístina ironía y mala leche de sus primeros escritos para ajustar cuentas consigo misma sin permitirse ni una sola concesión, sirviéndose de una afinada, y muchas veces, cruel autocrítica utilizando su propia voz o tomándosela prestada a sus amigos que la vapulean de lo lindo desde las primeras páginas, mientras el lector sonríe o suelta la carcajada a costa de sus aceradas diatribas.

Terenci y Manolo no pueden ser tomados como personajes literarios, son ellos mismos jugando al arquetipo, y están aquí acompañando a su amiga del alma tanto en viajes sobre una alfombra voladora, como surcando mares de lágrimas con la ayuda de un patito de goma o marchándose a Beirut en una golondrina del puerto de Barcelona con el único fin de ayudarle a reencontrarse a sí misma y superar su pérdida lanzando al aire un libertario ¡viva lo imposible!

¡Ah, el ángel caído también tiene algo que decir en esta novela y algunos otros escritores vivos o muertos que acompañan como extras de lujo!

Cuando terminé el libro estaba convencido de que Maruja Torres lo ha logrado y que, felizmente recuperada, seguirá muchos años al pie del cañón para que todos podamos seguir disfrutando de su obra entre risas y verdades como puños.


De un infierno real y a uno, también literario y metafórico, al que está predestinado un viejo amigo de la tele que ha vuelto en su tercera temporada. Ya os hablé de él hace más o menos un año cuando se estrenó la serie y vuelvo a hacerlo ahora para recordaros que no debéis perderos ni uno sólo de los episodios de esta nueva entrega de Dexter, el psicópata asesino con motivos más que suficientes para cargarse a todos los que escapan de la ¿justicia?

Este personaje turbio y contradictorio donde los haya, analista de sangre de la policía de Miami en horas de trabajo y limpiador de asesinos no castigados en sus horas libres, fue creado por el escritor Jeff Lindsay, y sus tres primeras entregas podéis encontrarlas en todas las librerías del país. No llegan a la altura de la obra de un Thomas Harris, autor de las afamadas El dragón rojo y El silencio de los corderos, pero sobresalen varias cabezas por encima de las novelas sobre psicópatas al uso que inundan las estanterías y quioscos de venta de libros.

En esta temporada, Dexter juguetea con un cómplice, está a punto de ser descubierto por un nuevo enemigo, el fiscal de distrito, y quiere normalizar su vida cotidiana convirtiéndose en un amante padre y esposo. Esa dicotomía entre querer ser una persona normal, entre comillas, y sus tendencias vengadoras que le mantienen siempre en el filo de las navajas con que ejecuta a sus víctimas es el eje sobre el que pivota toda la serie. “Cualquiera puede ser un asesino”, parece ser su leitmotiv, pero no uno tan disciplinado, frío, y quirúrgico como Dexter Morgan.
Se han levantado voces críticas en contra de este justiciero asesino con el que empatiza la mayoría de la audiencia pero, ¿a quién, visto todo lo que ocurre a nuestro alrededor, no le gustaría cargarse a unos cuantos políticos, banqueros y demás gente de buen vivir y mal hacer de una tan manera tan limpia y expedita como la que utiliza este anti-héroe?

Mucho me temo que la metástasis del mal ha hecho mella en mi ánimo.




Archivo histórico