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Errata

Evaristo Aguirre

Tiene que haber algo...


Sí, a veces te quedas con la sensación de que has leído una novela pero se te ha escapado algo; crees que el autor había querido decir más de lo que has sido capaz de encontrar, de captar, de entender. Puede que sea un resto de aquellos comentarios de texto del colegio, cuando te pedían que buscaras el tema… A mí me costaba. Y claro, estas cosas no se hablan con nadie, no se dice: “Me ha gustado tal o tal libro, pero creo que me he quedado a medias o no he llegado al meollo…”. 

Entonces, abres una novela del gran Henry James, en este caso La figura de la alfombra (Impedimenta, con traducción de Enrique Murillo e introducción de Antoni Marí), y te encuentras con que está contando todo este rollo que les he metido en el primer párrafo. Hay dos críticos literarios –más bien aspirantes a críticos– que se enfrentan a la obra de un autor de moda y de prestigio. En un arranque de sinceridad ­–o de mala leche, vaya usted a saber–, el autor de moda le dice a uno de los críticos que nadie ha encontrado nunca la verdadera intención de su obra, que está en todos sus libros. El crítico se lo cuenta al otro crítico, quien se obsesiona con encontrar aquello. 

Qué voy a escribir aquí de Henry James, un escritor al que la mayoría de ustedes –habituales o esporádicos lectores de Errata– han leído y conocen bien. Ni siquiera sé muy bien cómo se encuadra esta pequeña novela en la obra del estadounidense. Y ni siquiera sé si he captado todas las intenciones y descubierto los secretos de La figura de la alfombra; sí he creído percibir cierta ironía, algo parecido a una reflexión sobre la relación entre la obra y el lector… vamos, digo yo.

eaguirre@divertinajes.com




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