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Pedro Vallín

El buen gusto del escéptico. Breve ensayo a propósito de "Slumdog Millonaire"

No imaginaba el arriba firmante que pensamiento tan brillante sobre el cine y los gustos del respetable provendría de un director cuyos títulos, no carentes de méritos, marran sus buenas maneras cuando encaran el tramo final, como si sólo una apología de la truculencia y el exceso se le antojara para cerrar sus guiones, en lugar de la intimidad que a menudo exigen las bellas historias que concibe. Alex de la Iglesia, que es de quien hablamos, es tipo culto y listo (una convergncia más rara de lo que parece), habla bien y le ayuda su voz profunda y su físico, de rotunda presencia. “Decir que algo te gusta te define, te retrata, mientras que hacer un comentario desdeñoso sólo insinúa que uno tiene criterio, pero no define cuál”. No hace falta valor para el rechazo, ni en el gusto ni en los afectos. Por eso el prestigio inaprensible que siempre se atribuye quien no le gustan las cosas.

El arriba firmante ejerce desde hace medio año –servidumbres de la crisis, que reduce el empleo y aumenta las tareas de quienes lo conservan– de periodista cinematográfico. No es grave, pues en su ausencia de complejos y prudencia, todo lo disfruta –con excepciones muy sonadas, caso de The Spirit, de Frank Miller, Valkyria, de Bryan Singer, y muchas de las cosas que se hacen dentro de nuestras fronteras– con distinto grado de solaz. Esta ingesta imparable de películas de todo jaez, ha cristalizado en dos revelaciones significativas: la primera, que si no estamos en una época dorada para la ficción audiovisual, casi, casi. La calidad media de lo que llega a las carteleras, sobre todo procedente de Hollywood y sus aledaños, es notable, con muy numerosos ejemplos de sobresaliente y unas pocas matrículas de honor. En televisión, la cosa es aún más sonada y sabida, y la calidad de textos y realizaciones no conoce precedente. La segunda, no menos relevante que lo anterior, tiene que ver con la convivencia con el resto de oficiales del gremio, léase, periodistas cinematográficos, y la constatación de que, al menos ante los colegas, son proclives al escepticismo como mecanismo de prestigio. “Este año los Oscar están muy baratos”, se oyó decir a uno. Coño, pensé, entonces cómo son las películas cuando están caros los Oscar. Y recordé inmediatamente años como los de la cursilería llamada Las normas de la casa de la sidra (1999), de Lasse Hallström; el peñazo titulado Carros de fuego (1981), de Hugh Hudson (a la que le sobra casi todo, excepto el videoclip del chapoteo); la vulgarcita La fuerza del cariño (1982), de James L. Brooks; la vergonzosamente lacrimógena Perfume de mujer (1992), de Martín Brest, o aquel coñazo con humos llamado El último emperador (1987), de Bernardo Bertolucci, por citar algunas películas candidatas o ganadoras de la estatuilla a la mejor película y que no pasaban de ser medianías con gracia.


Cuando el que suscribe salió del pase de Slumdog Millonaire, de Danny Boyle, comentó con sus afines que la película era excelente, divertida y emocionante (de lo que no albergaba muchas dudas, visto el vigor de los títulos anteriores de su realizador, sobre todo los de género, como 28 días después y Sunshine) y que, a pesar de la dura competencia –porque todos los títulos que disputaban las dos principales categorías este año son asombrosos, cada uno a su manera–, lo más probable era que ganara, pues las otras obras –El desafío: Frost contra Nixon, de Ron Howard; Mi nombre es Harvey Milk, de Gust van Sant; El lector, de Stephen Daldry, y El curioso caso de Benjamín Button, de David Fincher– eran formalmente más canónicas que la audaz fábula de Boyle. Pero también añadió su pleno convencimiento de que, al menos en Europa, la escéptica Europa, habría cierta reserva crítica hacia la película e incluso algún desaire sonoro. ¿Por qué?, preguntaban los amigos. Bueno, ya hablamos aquí de la inmerecida reputación intelectual del pesimismo y de las sospechas que siempre recaen sobre los optimistas. Las historias ejemplares, las “narraciones” (en definición de Walter Benjamín recogida y ampliada por Fernando Savater) están bajo sospecha desde que se inventó la circunspecta “novela”. El viaje del héroe, pese a ser una forma de relato moral, antropológica e históricamente mucho más relevante que la culposa novela psicológica decimonónica y postromántica; pese a promover comportamientos audaces y ejemplares y a propalar la fe en el hombre, y por extensión en el género humano, frente al postrado ensimismamiento de los relatos “serios”; pese a hablar de cosas importantes y reales –la necesidad de abandonar el hogar para fundar el propio, la vigencia de los valores, la repercusión catalítica de la generosidad...– frente a los novelescos problemas de autoestima y autoinculpación del burgués occidental, asolado por fantasmas culposos de ruborizante corte judeocristiano, siempre en busca de redención; bueno, pues pese a todo eso o precisamente por eso, el relato heroico es despreciado como “evasión” –por tanto, irresponsable escapismo–, frente al compromiso realista de la novelización trascendente con ínfulas de prestigio. El realismo, el feísmo, la sordidez son peajes de compromiso social, bondades de las cosas serias, y pobre de aquel que ose hablar de la pobreza o la guerra mezclando el divertimento o apostando por un final feliz, en el que la virtud triunfe y la gente se lo pase bien.  

Como los bisoños a menudo copian los modos de los críticos más veteranos –por cierto, a ver si esta crisis y sus prejubilaciones hacen de catalizador del cada vez más urgente relevo generacional que debe librarnos de la amortizadísima generación de periodistas de la transición y sus sesentayochismos culturales y políticos–, doquiera que uno vaya, encuentra los mismos estribillos respecto a la película de Boyle. Recojo algunas perlas que ilustran lo que digo y que en algunos casos estaban contenidas, como reserva, en críticas por lo general elogiosas (en el listado que sigue, procede aclarar, se citan algunas admiradas plumas cuyo criterio, mejorando lo presente, siempre debe tenerse en cuenta):

“No dudo de sus buenas intenciones, pero, si en la India se ciega a niños sanos para que recauden más limosna en las calles, denúncielo con una película íntegramente seria” (FilmAffinity.com).

[Obsérvese la analogía lineal entre lo íntegro y lo serio.]


“¿Cómo puede, en definitiva, sumergirse de manera tan superficial y carente de interés por las calles y vidas de una de las ciudades y culturas más atractivas del mundo?” (Gabriel Ferriero, blogdecine.com).

[Sumergirse y superficial en mi pueblo son conceptos antitéticos, o se sumerge o queda en la superficie, querido Gabriel. Otra cosa: ¿me lo parece a mi o encuentra usted a la sociedad de castas y sus tipismos de gente pobre atractivos?]

“No es lícito plasmar las miserias sociales en un cuento de hadas que, al final del camino, propone una salida a todas luces inalcanzable siguiendo las leyes del género noir” (José A. Peig, Muchocine.net).

[“No es lícito”, dice, pisoteando alegremente la historia de la literatura.]

“El recurso al cuento de la Cenicienta (...) no sólo echa por tierra toda la crítica de los abusos del poder, sino que además no da espacio al público para meditar sobre la cruda realidad que se presenta en la cinta” (Patxi Gil, Cinematical.es).

[Pobre público, sin espacio para meditar y hacer acto de contrición. Sobre todo contrición.]

“Pero también cabe reconocer que Danny Boyle utiliza trampas emocionales, y no sólo en el fulgurante final de estética Bollywood” (Lluis Bonet, La Vanguardia).

[No vale emocionarse y denunciar que se ha visto la trampa: o caes en ella o la ves, no hay más.]

“Lo que me impresionó es su capacidad para poner en marcha los mecanismos más facilones de la narrativa (...). La fascinación por la pobreza en algunos directores no conoce límites. La pobreza estética, retocada, lavada, fermentada. Deberían sentarlos a ver Los olvidados de Buñuel, hasta que aprendan la lección” (Jonás Groucho Trueba, Elmundo.es).

[Éste hasta nos pone deberes para curarnos de nuestra ligereza intelectual, a la manera que se hacía en La naranja mecánica: terapia por choque de imágenes. La expresión “mecanismos facilones” me pone nervioso: si es tan fácil, ¿a qué obedece la incapacidad del cine cañí para poner en marcha esos mecanismos y emocionarnos de una puñetera vez?]

“Y es que películas como esta son la mejor expresión de la dificultad de muchos artistas para tomar el pulso a nuestra sociedad. Dicho de otro modo: Slumdog... permite poner en pie viejas historias a lo Dickens (...) sólo con cambiar los escenarios y los rostros que las pueblan. Y ese viraje (...) no es más que la señal de un repliegue causado por la incapacidad de los narradores occidentales para reflejar su tiempo” (Esteban Hernández, Suplemento Cultura/s. La Vanguardia).

[Un gran amigo periodista castiga a cada redactor que escribe el “yesque” para empezar un párrafo. Del resto del argumento, ya se ve que es puro estructuralismo del siglo pasado: el artista, tomando el pulso; diga “treintaytrés”]


Boyle logra que los vistosos árboles de Slumdog millionaire no dejen ver el bosque, donde se esconden los rastros del sentido de culpa colonial y la mirada reprobable que delata al turista de la miseria ajena” (Jordi Costa, El País).
[No sé yo quién es el que tiene aquí sentido de culpa y busca redención.]

“No es más que una cartografía epidérmica de la miseria de los barrios suburbiales de Bombay; y su historia de redención, superación y amor, más falsa que los decorados andaluces en el pueblo castellano de Bienvenido Mr. Marshall. Boyle ha coreografiado la miseria y embellecido la sordidez para que la platea occidental sufra un poco con la lucha de esos pobres niños del arrabal” (Fernando P. Fuenteamor, Divertinajes.com).
[Un ejemplo de dentro de la casa, Divertinajes, en el que se aprecia claramente el criterio sobre el deber moral del sufrimiento, un resabio de claro ascendente cristiano. “ha embellecido la sordidez”, oh pecaminosa audacia.]

Podríamos seguir, pero creo que ya lo habrán pillado. Una tendencia muy visible entre quienes hacen crítica o comentario cultural [tendencia a la que el autor de estas líneas no es ni mucho menos inmune] es la que revela De la Iglesia con la atinada frase que inspira estas líneas: se escribe para juzgar pero también, y sobre todo, se escribe muy pendiente de ser juzgado y en textos como los citados hay tanto de opinión sincera como de esfuerzo por quedar en buen lugar. “Que nadie piense que duermo bien habiendo hambre en el mundo”, poco más o menos, lo que, en términos cinematográficos, se traduce en “que nadie se solace con el final feliz, que en la India sigue habiendo mucha hambre y la culpa es suya de usté y mía también”. En realidad, este vicio contiene una tara lamentable, que es el esfuerzo por imbuir a todo espectador de un complejo de culpa, de orden puritano y católico, el empeño en convencerlo de que está necesitado de redención, es decir, un atributo de carácter religioso, incluso desde el más militante ateísmo, que impide el deleite emocional, estético e intelectual. Es algo así como el pecado original, el deber de redimirse por haber nacido occidentales y acaudalados, herederos de pecados ajenos cometidos en la antigüedad y por tanto, privados del derecho a todo solaz.

El que firma no padece de esos tormentos de la culpa porque está convencido de que tanta relación guarda uno con los que conquistaron América a crucifijazos como con los tailandeses muertos en el tsunami, con verdugos y con víctimas de crímenes de los que uno no es cómplice ni coautor y, por tanto, no necesita redención alguna. Por eso reía y lloraba con Slumdog millonaire, considerándola lo que es: una extraordinaria historia de superación, de integridad y de audacia, una elegía al valor y a la tenacidad, un relato ejemplar como los que preexisten a la literatura, esos irrenunciables y legendarios que buscaban el enaltecimiento y la promoción de la virtud, cuentos morales, no moralistas, que forman parte de la substancia misma de que está hecha la humanidad. De lo mejor de nosotros mismos. En cierto sentido, entre Stevenson y Flaubert, parece que lo correcto y conveniente es elegir al segundo, o alabar al primero añadiendo que las realidades serias las trató el segundo. Cuántas dioptrías intelectuales, carajo. Lo que se quiere aquí decir es que es una flagrante mentira que haya que elegir entre ambos o que para cantar loas a Stevenson o George Lucas haya que pedir perdón. Y que la mala conciencia se lava en el confesionario o en el diván del psicoanalista, no dando la murga al respetable. Cansina horda de  pretenciosos.

pjvallin@gmail.com




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