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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Zona DVD: Federica y la infelicidad


En la Rue Renoir, con una rápida panorámica de acompañamiento, arranca —imaginamos que no casualmente— la opera prima de Valeria Bruni-Tedeschi, directora-actriz descubierta por Patrice Chereau y finalmente musa de François Ozon en filmes como 5x2 y Le temps qui reste.

De origen italiano pero culturalmente francesa Tedeschi reconoce que fue Chereau la que la dio a conocer gracias al filme Hôtel de France y consolidó su carrera con éxitos de público y sobre todo de crítica como La reina Margot o Los que me aman perderán el tren. Esta versátil estrella del cine francés actual, caracterizada por dar vida a personajes complejos y de gran densidad psicológica, debuta en la realización con una vigorosa comedia dramática brillante y sin complejos: Es más fácil para un camello… En ella es protagonista y realizadora, algo no muy común en el séptimo arte (salvo ejemplos ya legendarios como los de Ida Lupino, Chantal Akerman, Jane Campion o las más recientes Sally Potter y Marta Balletbó Coll).

Federica es una joven adinerada, que va a recibir una cuantiosa herencia pero no es feliz en absoluto. Acude a la iglesia a ver a un sacerdote, un hombre joven que le recuerda aquello de que «es más difícil que un rico entre en el reino de los cielos que un camello entre por el ojo de una aguja». Sus visitas al confesionario, con algún toque buñuelesco, subrayan con ironía una de las constantes del filme: Federica como mujer francesa que intenta y no puede ser moderna, que no sabe elegir el piso adecuado ni un hombre que satisfaga sus expectativas vitales, que mantiene una relación dolorosa con sus seres queridos.


Al principio del filme la protagonista se reúne con su novio —un ex revolucionario— con el que, mientras él conduce, va cantando a voz en grito La Internacional y que la rechaza por su procedencia social. Vemos también que acude a su clase de baile y que trata, inútilmente, de que se estrenen las obras que escribe. Su tiempo parece ocioso y aparentemente no hay razones en su vida para tanta amargura y desconcierto. Y, no obstante, la vemos llorando frente a la ventana. Más tarde acude a ver a su padre enfermo y sólo entabla una torpe conversación con su inestable madre y su no menos neurótica hermana Bianca (Chiara Mastroianni) que no le profesa un especial afecto. Federica es una joven del silgo XXI en un filme que al menos en su primera parte rezuma juventud y vitalismo, pese a la melancolía del personaje a través del cual contemplamos un mundo basado en las apariencias. No hay rastros del cautiverio masculino ni de la reflexión pausada sobre la mirada en el cine que veíamos La cautiva de Akerman. Pero hasta cierto punto Federica es también presa de sí misma: del autoengaño, de una infancia difícil de la que no se desprende, de su dependencia del halago de los otros y de esos sentimientos de culpabilidad que la hacen acudir una y otra vez al mismo párroco y también de su forma de entender y no entender el mundo y su situación en él.

Estamos más cerca del París de Ozon, fotografiado por Jean Lapoire, operador habitual del cine del director de Bajo la arena, pero la historia y el tono son diferentes, Tedeschi realiza una opera prima llena de ecos autobiográficos e inventiva visual. El gusto por resaltar lo cómico o incluso lo circense dentro de lo dramático y lo patético dentro de lo humorístico, más contenido en el caso de Tedeschi, lo emparentan, en cierto sentido, con el realizador de 5x2 como lo aproxima también el toque naif y a la vez perverso dado al relato y el uso de colores vivos, como ese rojo que viste la protagonista y que es también el color del globo que se le escapa siendo niña. Pero Tedeschi nos cuenta la historia de una adolescente eterna que tiene una visión muy particular del mundo, incapaz de definirse si no es a través de la mirada o las palabras de los otros y los sentimientos de amor, odio, piedad o repulsión que inspira en ellos. Federica es y no es, quiere y no quiere ser una marioneta.


Tedeschi mezcla ensoñación y realidad —incluyendo fantasías en animación y momentos del filme que sólo ocurren en la mente de Federica— pero el tono, las situaciones, los escenarios y los personajes son siempre realistas, lo que, a pesar de las apariencias, sitúa a su filme en las antípodas de la cursilería de la sobrevalorada Amélie o de otros títulos franceses sobre la soledad, la pareja, el amor, la fidelidad o la familia con sus secretos y disputas (como la más reciente y desinhibida pero igualmente afectada, y frustrante Avril).

Renoir, esa calle desde la que se ha trasladado la insegura protagonista, pesa como un nombre clave en la historia del cine francés para entender esa búsqueda de la comedia realista, del costumbrismo mágico, de la irrelevancia intensa que emprende Tedeschi. A diferencia del Paris de Téchiné o, en ocasiones, el de Akerman, el de Es más fácil… no esconde trampas, violencia, inmigración o paro sino que muestra una cara más amable, al menos en apariencia, constituyéndose finalmente en un canto de amor a sus calles, sus paseos y su cotidianeidad, aunque las gentes que las pueblan puedan chocar entre sí, viviendo en mundos paralelos, incapaces de llegar al corazón de los otros. Tampoco faltan suaves apuntes de crítica social sobre todo en el personaje del padre, un riquísimo empresario que huye de Italia a París por motivos oscuros ni en su mirada cáustica hacia la alta burguesía y sus prejuicios o hacia la propia Federica, que vive de recuerdos y ensoñaciones y está dividida entre esos dos hombres casi opuestos, Pierre y Philippe, que se la disputan pero que no la tratan con especial consideración. Es en el último tramo, en su cada vez más sombría parte final cuando el filme parece homenajear tanto a Ozon como a Patrice Chereau con una conclusión satírica, plena de humor negro y que no ofrece respuestas tranquilizadoras sobre la mujer en la sociedad contemporánea.




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