Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Hollybollywooderías

La ocasión lo merecía, así que esta semana aparqué mis lecturas y me dediqué a ponerme al día con la cartelera pre-Oscar para luego poder contaros mis impresiones —ya tengo valor al creer que estas os pueden interesar—, pero aquí me tenéis dispuesto a comentar cómo he visto el panorama:


Empezaré por la vencedora, una película inglesa rodada en Bombay bajo el disfraz de un producto Bolly, y que resulta ser un alambicado experimento que sólo la pericia manipuladora de alguien no tan ajeno a un tema de fuertes resonancias dickensianas, como su director, el casi marginal Danny Boyle, ha logrado llevar a buen puerto.

Este Perro arrabalero millonario no es más que una cartografía epidérmica de la miseria de los barrios suburbiales de Bombay; y su historia de redención, superación y amor, más falsa que los decorados andaluces en el pueblo castellano de Bienvenido Mr. Marshall. Boyle ha coreografiado la miseria y embellecido la sordidez para que la platea occidental sufra un poco con la lucha de esos pobres niños del arrabal, que escarban en la basura y nadan literalmente en la mierda y que sobreviven gracias a sus habilidades naturales para la supervivencia en un mundo de depredadores dispuestos a aprovecharse primero, y deshacerse después de ellos, con la misma facilidad con que se mata a una mosca de un palmetazo. Nada que objetar, claro, si la película hubiera seguido los derroteros de la primera parte, narrada con el nervio que era de esperar de alguien que filmó aquella apoteosis de la violencia y el lumpen del mundo de la drogadicción que fue Trainspotting; pero enseguida se impone la blandenguería y la cosa deriva hacia un drama romántico más, eso sí con una fotografía excelente y un montaje de quitarse el sombrero, hasta un final con baile y música incorporados para que nuestras conciencias occidentales olviden mediante esa catarsis bolly, la mala conciencia residual que podía habernos dejado el retrato de esa India miserable y tercermundista.


Puede ser que a algunos el final de la película, tan cantarín, les parezca que respira alegría; a mí, particularmente, me pareció que entonaban un ¡Vivan las caenas!, que me puso los pelos como escarpias y me hizo recordar aquellas películas de Antonio del Amo que intentaban tapar la costra de la pobreza española de los cincuenta con los colorines del Agfacolor y los gorgoritos de ruiseñor del sin par Joselito. Y a ninguno de los les dieron un Oscar; como máximo algún premio del Sindicato (vertical) del Espectáculo, aunque eso sí: el productor se forró como pocos en este país y el niño de la voz de oro se perdió en los vericuetos de la marginalidad y la delincuencia. ¿A nadie se le va a ocurrir nunca hacer una película sobre ello?

Cantado estaba el premio para ese prodigio de ductilidad y sensibilidad interpretativa que es la actriz Kate Winslet, una mujer que te hace olvidar quién es para hacerte creer el personaje que interpreta. La película por el que se lo han dado, El lector no es más que una adaptación bastante academicista y gélida de un texto que rezumaba pasión y desbordamiento por todas sus líneas. Kate se lo merecía más por esa otra estupenda, y olvidada en las nominaciones y premios, película titulada Ordinary Road, magnifica adaptación de la demoledora novela original de Richard Yates, dirigida con mano maestra por Sam Mendes y coprotagonizada por un Leonardo di Caprio, al que no tengo ninguna simpatía pero que esta vez debería haber ganado el Oscar (ni siquiera estaba nominado) en vez del ganador, Sean Penn, al que idolatro, pero que esta vez su interpretación del santo gay Harvey Milk me pareció demasiado pensada para premio.

Y hay otra película, la gran perdedora, El curioso caso de Benjamin Button, del outsider David Fincher, por la que yo siento un gran entusiasmo, y que se convierte en uno de los casos más palpables de la maestría de un director en contar de una forma ordinaria una historia extraordinaria hasta hacernos creer en su perfecta verosimilitud. Los actores, Brat Pitt, Kate Blanchett, Tilda Swinton están a la altura de sus mejores trabajos. Todo fluye en la película como un enorme río que marcha a contracorriente de su desembocadura hasta su nacimiento y en su recorrido hay cabida para todas las emociones. Acabo de verla por segunda vez y aún me ha gustado más. Va para clásico y sino al tiempo.


Penélope Cruz es la niña de mis ojos, mi debilidad desde que apareció en la pantalla en ese canto a los sentidos que fue Belle époque. Antes la había visto de jamona con Bigas Luna, pero pese a su frescor salvaje de las Bardenas y sus pechos con sabor a tortilla de patatas, a mí no me dejó huella. Sé que no es una actriz genial pero cuando le dan cancha y tiene a alguien que sepa dirigirla no hay quien la supere. Lo logró con Trueba, después con Almodóvar y ahora con Allen. Ha sabido aprovechar su escaso papel en Vicky, Cristina, Barcelona para demostrar que no hay papel pequeño para un gran talento. La película sube hacia la estratosfera cuando ella sale en pantalla, y se merienda a sus compañeros de reparto con un solo pestañeo. Aporta a su desequilibrado personaje, sensualidad, ternura, las gotas justas de chifladura y termina enamorando a la cámara y al público. Su Oscar es la confirmación de la voluntad por la superación.

Se esperaba, y olía, el gran duelo entre La clase y Vals con Bashir para alzarse con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, ambas lo merecían por numerosas razones; pero éste, caprichoso, se fue para Japón, para la película de Yohiro Takita, Departures. No he visto esa historia del viejo violonchelista metido a sepulturero por imperativos de supervivencia, pero tengo las mejores referencias sobre ella.

Y poco más, fui de los que estuvo viendo la gala hasta las tantas. Estuvo entretenida gracias a un Hugh Jackman cachondo y dicharachero que nos hizo reír más que los graciosos de turno a quienes suelen encomendárselas.




Archivo histórico