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Hay alguien más al otro lado

por Miquel Silvestre


La Joya es un barrio residencial de San Diego. Para llegar hay que coger la autopista 5 durante unas millas en dirección norte, meterse en el tráfico infernal y coger una salida que indica La Joya Drive. La llegada es maravillosa, después de una curva, se desciende con el azul intenso del Océano Pacífico al fondo. A pie de playa hay una universidad, donde borbotean alumnos y profesores. También hay dinero a espuertas. Se nota, se huele, se siente. Trattorias, cafés, supermercados, restaurantes, coches importados, galerías de arte. Y casas, muchas preciosas casas frente al mar con gente de aspecto saludable. Hay muchos corredores por la línea de costa y no se ve ni uno solo de los obesos mórbidos que tan habituales son en el Medio Oeste.

En los supermercados, la inmensidad de la oferta desconcierta y aturde. Todo es bueno, de lo mejor, y caro, carísimo. La carne, la fruta, los vinos, todas las viandas son un obsceno derroche de calidad y lujo. Mil clases de pan, cuatrocientos tipos de refrescos, filetes del tamaño de sábanas, barritas energéticas y proteínicas para alimentar la selección nacional de atletismo. Hay tanto y tan bueno que uno casi se siente un pedigüeño, un zarrapastroso mendicante por no tener un Bentley, siete relojes de oro y ocho pares de zapatos de cocodrilo. Las mujeres son recauchutadas y neumáticas. Rubias, aterciopeladas, bulbosas. No me ven. Soy invisible con mi barba espesa y mi aspecto de motociclista desaliñado.

La reacción en estos ricos cuando se les habla siempre es la misma. Primero tuercen el gesto desconfiados, pero cuando se cercioran que no vas a robarles, asesinarlos u ofrecerte a limpiar su retrete por un salario de miseria, entonces sonríen enseñando sus prótesis dentales. Son buena gente en el fondo, pero no tienen mucha paciencia. No están acostumbrados a esperar ni a que les estorben.


La Joya es también interesante porque aquí está una de las sedes del Museo de Arte Contemporáneo de San Diego. La colección ofrece algunas piezas interesantes, como una enorme fotografía de la Última Cena realizada por un israelí llamado Adi Nes en 1999. 13 soldados judíos con uniforme de campaña. Son los apóstoles. Ríen, están animados después de comer; en el centro está Jesús, solo, con gesto preocupado, serio, fumando. La imagen parece real, un grupo de soldados sentado a la mesa. Pero es demasiado perfecta para ser casual. Está magistralmente construida. Algo que me plantea la cuestión de por qué sería más atractiva si no fuera un artificio artístico. Entonces ni siquiera sería una obra de arte y mérito del autor se debería a la suerte de estar ahí y a la pericia de saber ver lo que no es sino un fogonazo.

Descubro una obra de Damien Hirst. Mesa hospitalaria, con dos fotos de heridas mortales y sendas descripciones de autopsia mecanografiada. Un bodrio. Otra obra que me llama la atención es de una canadiense llamada Jana Sterbak. Hombre genérico es una cabeza afeitada fotografiada por detrás. En la nuca hay impreso un código de barras. Es una imagen que ya he visto varias veces. Quizá lo interesante es que ésta es de 1987. Quizá fuera la primera. O tal vez no. Las ideas están ahí, flotando, cuando les llega el momento de ser pensadas. Identificar identidad humana fungible con el mercantil código de barras es una genialidad que no puede habérsele ocurrido a una sola cabeza. Lo próximo será unir identidad con chip u holograma. Será una sustitución natural que procede de la misma idea. Pero en ese sentido, hay que reconocer que los verdaderos creadores de la idea fueran los nazis cuando tatuaron números grises en brazos judíos.

El museo tiene piezas atrevidas y de dudoso gusto. Racismo, genitales, homosexualidad, androginia. No todo es genial, ni siquiera bueno, algunas piezas son realmente malas. Pero reconforta encontrar una mancha de sudor y sangre seca en este inmenso jardín de flores de plástico liofilizadas llamado Estados Unidos donde la simpatía plástica y la amabilidad tipo Starbucks son las normas sociales más respetadas. De repente, el viajero europeo, ya anestesiado por tanta sonrisa falsa y tanta leche sin leche, se siente entrar en un oasis de vulgaridad, de rabia verdadera, de asco compartido. Por unos breves momentos se percibe el mundo real en estas salas climatizadas. Aquí se escucha un latido. Hay alguien más al otro lado.


Las fotos que ilustran este reportaje son de Miquel Silvestre.




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