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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Egipto visto desde Chicago


El éxito de la primera novela de Alaa Al Asway, El edificio Yacobián, de entada en Egipto y más tarde en toda el área cultural árabe, propició su traducción a varios idiomas occidentales y un éxito instantáneo entre la crítica y el público de estos países. Era la primera vez que se escuchaba una nueva voz proveniente del Oriente desde la del Nobel y compatriota, Naguib Mahfuz.

¿Dónde radica el éxito de este dentista de profesión, convertido en hombre famoso en su país donde lidera el movimiento “Kifaya” que aglutina a movimientos de izquierdas, organizaciones no gubernamentales y hasta algún partido político de oposición, que exigen una verdadera democracia para el Egipto de Hosni Mubarak? Posiblemente, en el hecho de haber sabido plasmar certeramente esta militancia política en sus novelas, tanto en el ya mencionada Edificio Yacobián, como en Chicago, su última obra que acaba de aparecer editada por Maeva.

Y lo hace sin miedo, con efectividad absoluta, huyendo del panfleto y logrando su fin deseado que no es otro que el de mostrar las miserias que aquejan a la sociedad egipcia actual y que van desde la corrupción política, al extremismo religioso pasando por las represiones de todo tipo. Para ello, en su primera novela, se sirvió como personajes de los inquilinos y propietarios de un gran edificio del centro del Cairo, para a través de sus vidas particulares, ir componiendo pieza a pieza un intrincando laberinto de relaciones humanas; y a la vez, desplegando una panorámica de la sociedad urbana egipcia en la actualidad, de su problemática y de su casi nula manera de poder escapar de ella.

En Chicago repite el mismo esquema narrativo aunque ha cambiado el decorado. Nos encontramos en el campus de la Universidad de Illinois donde estudiantes y profesores egipcios encuadrados en el departamento de Histología cruzan sus vidas y nos muestran las distintas formas de asimilación al medio universitario americano mientras cursan sus masters y doctorados.


A Nagui Abdel Samah, único personaje que se dirige al lector en primera persona a través de su diario, podemos considerarlo el protagonista de la novela y un trasunto del propio autor que cursó sus estudios de Odontología en el Chicago de la década de los ochenta. Como el autor, quiere ejercer la medicina para luego dedicarse a escribir; como él es un opositor conocido al gobierno de su país; y como él, también, va a tratar de cambiar con sus propios medios una realidad social y política que detesta.

Frente a él,otro de los personajes clave de la novela, Ahmad Danana, Presidente de la Unión de Estudiantes Egipcios en Chicago, que ha logrado perpetuar su beca durante muchos años sirviéndose del puesto que ocupa y utilizando su poder para manipular a todos los que est án a su alrededor. Todos los estudiantes saben que sus becas dependen de los informes que este sujeto, absolutamente mezquino, envíe a Egipto, así que todos procuran estar a bien con él.

Entre estos dos polos antagónicos, Alaa Al Aswany mueve con precisión al resto de personajes que representan, en este microcosmos universitario alejado de su país de origen, los diversos estamentos de la sociedad de su país. Así el profesor Reefat Zabet, residente en Estados Unidos desde hace más de treinta años y que en cualquier ocasión que se le presenta abjura de sus raíces egipcias, aunque tampoco acabe de adaptarse a la forma de ser y sentir de su esposa e hija americanas. O Mohamed Salath, que después de muchos años decide divorciarse para recuperar un pasado en el que piensa tomó un camino equivocado al exilarse voluntariamente. O el cirujano Karam Doss, perteneciente a la minoría copta por lo que fue discriminado en la universidad cairota y se vio obligado a emigrar. Y en fin, la pareja formada por Shaimaa Mohadamy y Tareq Hasib, dos jóvenes perdidos que se encuentran, se enamoran y no saben muy bien cómo salir del atolladero en el que han metido porque sus vidas, a pesar de la distancia, siguen pautadas por las reglas que marcan la tradición y las buenas costumbres. Y es muy interesante el punto de vista femenino que sobre este problema aporta la estudiante Shaimaa.

Hay más personajes que ayudan a componer este gran mosaico narrado con la facilidad, economía de medios estilísticos, claridad y, sobre todo, amenidad, de los narradores de los zocos públicos de las ciudades musulmanas. Posiblemente ese es el gran logro del autor: el convertir su lenguaje en algo universal y entendible en cualquier parte del ancho mundo.




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