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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El heterodoxo impenitente

Una mirada sobre la obra de Fernando Vallejo


“Yo resolví hablar en nombre propio porque no me puedo meter en las mentes ajenas, al no haberse inventado todavía el lector de pensamientos; ni ando con una grabadora por los cafés y las calles y los cuartos grabando lo que dice el prójimo y metiéndome en las camas y en las conciencias ajenas para contarlo de chismoso en un libro. Balzac y Flaubert eran comadres. Todo lo que escribieron me suena a chisme. A chisme en prosa cocinera.”

Así se expresa Fernando Vallejo (Medellín, 1942) cuando le preguntan por qué prefiere la primera persona para escribir. Su respuesta nos pone en antecedentes de que no estamos ante un literato al uso, a sus sesenta y cinco años y con una obra absolutamente personal a sus espaldas  que comprende novelas como El río del tiempo (saga autobiográfica que comprende seis novelas, 1986-1993); La Virgen de los Sicarios (1998); El desbarrancadero (Premio Rómulo Gallegos 2003);  La rambla paralela (2002); Mi hermano, el alcalde (2004).


Cómo el biólogo  que es por estudios,  escribió el ensayo Tautológica darvinista (2002), en el que armado con su sabida insolencia, cáustico sentido del humor y un documentado trabajo, pone patas arriba las teorías de Darwin: Este sujeto pretendió explicar cosas que él nunca llegó a entender. Y ha permeado toda la ciencia biológica; ha escrito un libro estúpido en el que cuenta su teoría de la selección natural, y es todo una perogrullada que no explica nada”.

Como católico, hereje y martillo de la Iglesia (así con mayúscula) ha escrito otro ensayo, su última obra aparecida este año,  titulado, La puta de Babilonia (Seix Barral, 2007), en el que se despacha a gusto contra las falacias, errores y asesinatos cometidos  por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana  a través de los siglos desde que compartió cama con el nefasto y chaquetero emperador Constantino. Cuestiona la veracidad de la Biblia y nos explica que Cristo no es más que el producto estrella del marketing de ésta, afirmando rotundamente que tan sólo es “un engendro fraguado por Roma, dentro del imperio y del mundo helenizado, a partir del año 100, juntando rasgos tomados de los mitos de Atis de Frígia, Dionisio de Grecia, Buda de Nepal, Krishna de la India, Osiris y su hijo Horus de Egipto, Zoroastro y Mitra de Persia y toda una serie de dioses y redentores del género humano que lo precedieron en siglos y aun en milenios y que el mundo mediterráneo conoció a raíz de la conquista de Persia y la India por Alejandro Magno”. Y sigue explicando: Atis murió por la humanidad crucificado en un árbol, descendió al submundo y a los tres días resucitó. Mitra tuvo doce discípulos; pronunció un Sermón de la Montaña, fue llamado Buen Pastor, se sacrificó por la paz del mundo y resucitó a los tres días. Buda enseñó en el templo a los doce años, curó a los enfermos, caminó sobre las aguas y alimentó a quinientos hombres con una cesta de bizcochos; sus seguidores hacían voto de pobreza y renunciaban al mundo, fue llamado el Señor, Maestro, La Luz del Mundo, Dios de Dioses, Altísimo… Krisna fue hijo de carpintero, su nacimiento fue anunciado por una estrella en el oriente y esperado por pastores que le llevaron especias como regalo.”


Nunca hasta ahora Vallejo había llegado tan lejos en su guerra personal contra la Iglesia. Con un trabajo de documentación exhaustivo, va desmontando uno tras otro todos sus mitos con argumentos históricos irrefutables y con el añadido de su prosa mordiente y certera nos descubre la verdad de la historia  infamante del poder terrenal de ésta, de  su uso y de sus abusos a  lo largo de los siglos. En cuanto a su obra de ficción —llena de un enorme  contenido autobiográfico—  no es otra cosa que un largo peregrinar en busca de su infancia y adolescencia en Colombia, en las calles de Medellín y sus alrededores más exactamente, para, a través de ella, lanzar sus cargas de profundidad sobre las instituciones más venerables de su país: la iglesia,  la familia y la política.Toda su obra literaria parece emerger pues de esa pérdida de la infancia, amargada de un lado por una estricta educación religiosa en los salesianos que le  incrustaron  a fuego la noción de culpa y amenaza del fuego eterno por sus incontables pecados sexuales; y de otra,  por su madre,  la Loca, a la que no ha querido volver a  ver ni hablar desde la muerte de su padre. Pero,  a pesar de todo, siempre la recuerda como una época feliz y, sin embargo, no nos llamemos a engaño, esa vuelta a sus orígenes, que de uno u otro modo se cuela  en cada novela suya, no busca  una evocación nostálgica sin motivos de su vida de niño y adolescente; su memoria, en este sentido, es  absolutamente vengativa: odia casi tanto como quiere a su tierra de origen, Colombia,  y escribe sobre  ella continuamente aunque no  la habite; y aunque, en el colmo del desencuentro, haya optado por nacionalizarse mexicano,  su país, su ciudad, sus primeros años de vida han sido el leit motiv y el  deux et machina que  ha marcado toda su obra de ficción.


La Virgen de los Sicarios, por ejemplo, es un retrato alucinado de la violencia y la decadencia social de Medellín durante la década pasada; un extenso monólogo, sin divisiones en capítulos, de un personaje maduro —un profesor homosexual— que vuelve a su ciudad después de muchos años ausente y narra su relación amorosa con Alexis, uno de los muchos adolescentes convertidos en asesinos a sueldo. Se imbrica en su vida, sus andanzas, sus crímenes, sus miedos, sus esperanzas; en la guerra particular que le enfrenta a otros sicarios. Retrato atroz, por su naturalismo, de unas calles donde la vida humana se convierte en moneda de cambio para quedarse un coche, o un televisor o cualquier otro objeto deseado. Combinando elementos descriptivos y narrativos, mezclando recuerdos y reflexiones,  la prosa  furiosa, torrencial, insobornable y llena de ritmo de Vallejo  restalla en cada página enriquecida,  además, por  el uso magistral  de un  estilo coloquial inimitable.

El resto de sus novelas se mueven en estos mismos escenarios pero su contenido biográfico es aún mayor; y lo utiliza, según sus propias palabras, para deshacerse de los recuerdos: “Siempre he tenido la idea de que la novela sirve como un borrador del recuerdo. Pero el verdadero borrador es el paso del tiempo”. Colombia para él es un amor fracasado, pero amor al fin y al cabo.




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