Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Cuestión de cantidad


Cuando he terminado de leer La hija del sepulturero, de Joyce Carol Oates, publicada por Alfaguara, y a pesar de mi admiración por varios títulos de su autoría, no he podido dejar de pensar, una vez más, que la capacidad de producción de esta frágil (al menos de aspecto) mujer que cada año suena en las quinielas del Nobel y que nunca lo logra es cuando menos apabullante. Tal vez por eso sea tan compulsiva escribiendo un libro tras otro, con la esperanza puesta de que al final logre hacerse con el galardón.

En tan desmedida producción es lógico que haya unos desniveles  de calidad considerable, pero esto no parece arredrarla, sino más bien todo lo contrario. Que una novela no le sale bien, pues se pone manos a la obra y en menos que lo cuento ya está entregando a su editor la próxima. Repasando  su bibliografía uno puede darse cuenta que ha escrito más de cien novelas que abarcan todos los géneros y que transitan por temas y estilos que van de Faulkner a John Irving; de DeLillo a Philip Roth; de John Updike a Mary McCarthy y un largo elenco de escritores estadounidenses que sería prolijo enumerar.

Esto no quiere decir que carezca de estilo, lo tiene y es muy reconocible, una ambigua mezcla de novela gótica sensacionalista  del XIX y tragedia griega, donde sus protagonistas  se dejan arrastrar por pasiones ancestrales, empujadas por un destino insobornable.

La segunda sensación tras leer las setecientas páginas en las que Oates nos narra la historia de Rebeca Schwart es que a la novela le sobran la mitad de ellas. Y no es porque estén mal escritas, todo lo contrario, se nota el cuidado puesto en esta revisitación de la vida de su abuela, en el mimo y cuidado con que trata los dispares materiales con los que trabaja. Tampoco es por la falta de interés de lo que cuenta, sino más bien por la desmesura en su tratamiento con técnicas tomadas al bestseller, aunque sí, de calidad.


Nuestra heroína, como la mayoría de las mujeres que aparecen en sus novelas, va a transformar una historia aparentemente trivial en una tragedia de tintes clásicos, reencarnación  de una pasión atávica en la que se funden amor y odio, violencia y sexo, venganza y supervivencia.

Porque ella es, sobre todo, una superviviente nata: sobrevive a un nacimiento terrible a bordo de un barco en el puerto de Nueva York cuando sus padres, judíos alemanes fugitivos de la Alemania nazi, llegan a América; sobrevive a la violencia de un padre maltratador y un marido de la misma calaña; y hasta se sobrevive a sí misma y se reinventa. También hay un hijo, música y una historia de redención.

Una auténtica y total desmesura que hubiera hecho las delicias del mítico productor David O. Zelnik, quien hubiera realizado una de aquellas películas “bigger than life” que le gustaba rodar, y de la que emerges completamente extenuado.




Archivo histórico