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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Al aire libre por Copenhague


Con casi dos meses de retraso, retomo el viaje a Copenhague; y, para sentirme una mujer de mi tiempo, achacaré la demora a la crisis, el overbooking o cualquier otro desastre artificial.

No debo ser muy moderna, porque la disculpa no me consuela. En fin, a lo que íbamos, a mojarnos sobre tierras danesas.

Cuando aterrizamos, a media tarde de un lluvioso día de finales de octubre, era ya noche cerrada. Casi nos costó más salir del aeropuerto que llegar en metro al centro de la ciudad.

Dejamos la maleta en el Hotel, y nos encaminamos al famoso Strøget, una sucesión de calles peatonales que une las dos plazas principales de la ciudad: Rådhuspladsen (Plaza del Ayuntamiento, frente al parque Tivoli) con Kogens Nytorv (Plaza nueva del Rey, un extremo del animado canal Nyhavn).


Tuvimos tiempo aún para entrar en algún que otro comercio, descartar la visita a un par de museos (concretamente el de los Récords Guinness y el de Erótica) y cenar en el laberinto de bodegas que se abre a la coqueta plaza de Gråbrødretorv; cuando al día siguiente conseguimos mesa en el comedor de la planta superior de Peder Oxe, comprendimos por qué la gente se agolpaba en la barra del sótano mientras nosotras cenábamos venado rodeadas de mesas vacías: esperaban hueco en Peder Oxe por su excelente buffet de ensaladas, y nosotras nos habíamos sentado en el local vecino creyendo que todas las salas pertenecían al mismo restaurante.

Pero antes de aclarar ese terrible misterio, habíamos resuelto otro: el del atractivo de Copenhague. Se lo encontramos desde el agua, mientras, a primera hora de una mañana tan fría como luminosa, recorríamos los canales a bordo del barco turístico. Su atractivo reside, posiblemente, en la mezcla que es de ladrillo y cristal, en su capacidad para exhibir trazas de futuro y pasado sin solución de continuidad.






De nuestro paseo por los canales, además de con las imágenes de algunos de los edificios más remarcables de la capital, nos quedamos con ganas de vivir (aunque fuera en otra vida) en uno de los amplios apartamentos acristalados del barrio residencial por el que el barco pasa aflojando motores y con la guía en silencio para no molestar, y con dos planes de ejecución inmediata: comer en una terraza del Nyhavn y hacer un largo paseo hasta la Sirenita.


La Sirenita

Sacada de un cuento de Andersen, gracias a los dineros del director de la fábrica de cerveza Carlsberg, Carl Jacobsen, la belleza de la bailarina Ellen Price y la maestría del escultor Edvard Eriksen, la Sirenita se instaló en un extremo del paseo del puerto de la capital danesa en 1913.

Desde entonces ha sido objeto de tantos actos vandálicos que hace unos años las autoridades decidieron alejarla ligeramente de tierra firme.

Es posiblemente el motivo más fotografiado de la ciudad. Así que si buscan a algún turista en Copenhague, siéntense al lado de la Sirenita, tarde o temprano caerá por allí.

Comer no importa qué, al tibio sol de otoño, en medio de un continuo ir y venir de gentes con espíritu dominguero, y vigiladas por mástiles de otro siglo, fue un verdadero placer. Para el café ya tuvimos que echar mano de las mantas patrocinadas que reposaban sobre las sillas, pero aún así, seguíamos al aire libre, y eso no tiene precio.


Nyhavn

Este canal fue abierto a finales del siglo XVII para llevar las mercancías hasta el mismísimo centro de la ciudad, y pronto se convirtió en el eje de un barrio de pésima reputación que contó con vecinos tan ilustres como Hans Christian Andersen.

El vivo colorido de sus estrechas casas y el peculiar sabor de sus pubs son hoy un imán irresistible para los nostálgicos buscadores de tesoros. El nuestro se escondía en Nyhavn 17.


El largo paseo hasta la famosa Sirenita nos situó en una ruta de parques que alguien podría considerar desproporcionados para el tamaño de la ciudad, pero que estoy segura los copenhagueses, o como quiera que sea su gentilicio, aprecian por encima de cualquier otra cosa.

Ya de noche, nos sentamos en una terraza de Kogens Nytorv, nos tapamos con una manta y disfrutamos, entre las animadas charlas de los lugareños, de una fría y espumosa cerveza.

Dejamos para el día siguiente los museos, y para otro viaje los Palacios y el Ayuntamiento.

Casi todas las fotos las hizo Eva Orúe; yo habré hecho una, o ninguna.

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