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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Curioso sí es, sí…


A partir de un relato breve de F. Scott Fitzgerald, el célebre director David Fincher ha construido una alargada superproducción folletinesca a la que no salvan ni su lujoso reparto, ni su cuidada ambientación ni su ampulosa banda sonora.

El problema de El curioso caso de Benjamin Button no es la inverosimilitud de la historia, adaptada por Erich Roth, sino la construcción tramposa del relato, los continuos tics narrativos, y que el realizador se ha decantado por el cómic novelado echando a perder las posibilidades dramáticas de la historia y el esfuerzo de actores y actrices.

La literatura se pelea con las imágenes, la voz en off con los diálogos, y el drama con la comedia. Cate Blachet, en un esforzado trabajo, casi logra construir un personaje femenino sólido y coherente robándole casi todas las secuencias a un Brad Pitt que, tras un enorme esfuerzo de maquillaje, se limita a interpretarse a sí mismo.

El último filme del director de El club de la lucha comienza en el bullicioso Nueva Orleans durante la primera guerra mundial y acaba en un hospital durante la catastrófica llegada del huracán Katrina. El realizador reduce enseguida a caricatura a los secundarios, al tiempo que idealiza a los protagonistas, restando ambigüedad,  fuerza  y credibilidad a personajes y situaciones.

La película tiene de todo: amor, muerte, romance, hermosos decorados y una fotografía colorista, pero también ñoñería, sentimentalismo, chistes fáciles y sobre todo, una historia con ciertas posibilidades  convertida en un melodrama de trucos y animación que, tras su aire de epopeya, oculta una increíble simpleza y una peligrosa tendencia a convertir el cine en una sarta de lugares comunes en los que lo importante no es tanto construir un filme coherente como impactar a través de imágenes de video-clip y continuos trucos de magia. Los mejores momentos del relato, como el encuentro entre el protagonista masculino y su primer amor, se ven lastrados por la necesidad que muestra el realizador de subrayar lo evidente y ganarse a un público poco proclive a  la reflexión.

Podemos pasar un buen rato con El curioso caso de Benjamin Button o por el contrario salir con la impresión de que el director de The Game ha vuelto a jugar con nosotros tratando con descuido tanto al material literario de partida como a un público  al que pretende —y no logra— seducir.




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