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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El día que las putas bailaron en Old Bailey

Estoy convencido: las putas (y los putos, claro) nacieron como una necesidad  de la casta dominante desde que a la sociedad de los humanos se le ocurrió instaurar el contrato matrimonial. Y ellas y ellos, las putas y putos, son su producto más conservador. Siempre han sido como vasos comunicantes. Si el amor libre existiera se les acababa el negocio; así que mejor que no, que siga campando la hipocresía social para que los caballeros con picores de ingle puedan desarbolar sus turgentes sexos en las cavidades ad hoc de ellas  o ellos mediante un canon estipulado en virtud de la ley de la oferta y la demanda. Evidentemente, todas estas prácticas  siempre han estado penalizadas, pero eso no ha sido obstáculo para su desarrollo a través de los siglos hasta llegar a nuestros días.


No es pues de extrañar que  en una sociedad tan hipócrita sexualmente, y en todos los sentidos, como la inglesa de finales XIX, las putas londinenses bailaran locas de contento frente a la corte de Old Bailey el día que Oscar Wilde fue condenado por sodomita, ya que las pobres, en su ignorancia, pensaban  que esa condena las libraba de un segmento competitivo de primer orden. De allí en adelante, los caballeros ingleses tan escorados siempre al uranismo, se lo pensarían dos veces antes de encamarse con el chulo de turno, porque, si a señor tan principal lo condenaban a dos años de trabajos forzados, qué no harían con otros pobres desgraciados. Estaban muy equivocadas, claro, porque la cabra, y especialmente su variante anglosajona, siempre ha tirado al monte, y no de Venus precisamente, y ellos siguieron dale que te pego detrás por delante a pesar de las prohibiciones, los tabúes y las cárceles.


Papel de liar nos ofrece ahora en El Marqués y el sodomita (Oscar Wilde ante la justicia) la transcripción completa de las actas del primer juicio  que sostuvo Oscar Wilde contra el marqués de  Queensberry, el terrible papá de su adorado Lord Alfred Douglas, Bosie, y que fue el inicio de una caída en picado que le llevaría al desprestigio, la ignominia, la cárcel y al baile de las putas. Y es el propio nieto de Wilde, Merlin Holland, quien se ha encargado de rescatar estas actas perdidas donde podemos escuchar la auténtica voz del autor de El retrato de Dorian Gray cuando aún creía en la posibilidad de vencer a su oponente. Una voz de agudeza inigualable que restalla en la sala cuando contesta a las preguntas del abogado Carson.


Wilde, convertido en su propio personaje, escenifica una especie de reality show donde su inteligencia brilla a una altura insuperable, sin ser aún consciente de que atacando al marqués estaba cayendo en una trampa que acabaría con su vida de la peor forma posible. Su nieto, en la breve introducción que precede a la transcripción del primer juicio, se pregunta si no se daba cuenta…

Tal vez la seguridad que le daba su fama y éxito literario por un lado, y su deseo de agradar a lord Douglas, que odiaba a su padre de una forma visceral, le llevaron a dar ese fatídico paso de denunciar a la bestia parda de Queensberry sin tener en cuenta las funestas consecuencias que podrían sobrevenirle, y de las que todos sus amigos le habían avisado. Pero el convencimiento de que todo se precipitaba por un despeñadero sin retorno no lo tuvo hasta el final y entonces decidió defenderse en el más puro estilo Wilde, con un discurso memorable en el que habló del amor que no puede decir su nombre y que puso a la sala en pie aplaudiendo. Un final digno del “grand guignol” que fue todo el proceso. Pero ni eso le salvó de la condena ni del ensañamiento del marqués que no cejó en su empeño hasta verlo encerrado tras las rejas de la cárcel de Reading.

Cien años después de aquel memorable escándalo y de la infamante muerte de Wilde, su obra literaria sigue tan viva como en su época y todos los lectores que desde entonces ha tenido hemos seguido disfrutando de su sutileza, su ingenio, su inteligencia y su seducción. Eso, al menos, no pudo robárselo nadie.




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