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Pedro Vallín

Principios del vasallaje


Hay un meme convenientemente extendido por la quejicosa tradición literaria e intelectual patria que se resume en el aforismo de Cid “qué buen vasallo si tuviera buen señor”, al que la tradición novelesca neopopulista de Pérez Reverte ha dado alas. Es el típico recelo de la política: este país sería estupendo, pero su clase política, patatín, patatán... En general, es el germen de un apoliticismo —ya saben, aquel reduccionismo de “yo soy apolítico porque los políticos me parecen todos iguales”— que a menudo termina siendo el caldo de cultivo del ultraderechismo, que siempre ha pescado en el desencanto con el sistema. El trasunto este de Hemingway que padecemos por estos lares —ya saben, hombre de acción, novelista superventas e intelectual de pensamiento coleccionable en cómodos fascículos— es uno de los que más ha hecho por los brotes ultrarreaccionarios españoles con sus coños y demás interjecciones nostálgicas salteadas por exaltaciones románticas del aldeanismo iletrado—. En fin, viene todo esto al caso de la profunda decepción del que esto suscribe ante el formato de programa este en el que el pueblo soberano reemplaza al periodismo interrogando al poder, Tengo una pregunta para usted. Por cierto, que no es caso de esta página pero alguien de la profesión debería reflexionar convenientemente sobre el resignado fracaso del oficio periodístico español, que ni chista cuando su labor es suplantada por la de una muestra estadística, como si el periodismo hubiera perdido su capacidad para pulsar las corrientes y melodías que entona la sociedad española y hacérselas llegar al poder. Que sí, que la ha perdido, porque todo el mundo sabe al dictado de quién habla cada uno.

Pero, a lo que veníamos, al que suscribe le causó un sonrojo rayano en el escándalo la actitud del buen pueblo. Nadie del medio centenar de interrogadores, a excepción de un idealista de la no-violencia cuyo entusiasmo, digno de una causa un pelín más realista, se volcó en el estado de salud de nuestra industria armamentística, nadie, decía, hizo ni una sola pregunta que no fuera la expresión de una petición personal relativa a su situación económica y laboral. La altura de miras de los interrogadores supongo que debió provocar un profundo disgusto en los mandatarios (el que estaba allí y cualquiera otro que viera el programa desde su casa o despacho), al comprobar a qué grado de ombliguismo puede llegar el súbdito español. Dicen gentes más sabias que esto es un trasunto del franquismo –paternalista como todas las dictaduras, dado que se basan en la presunción de que el pueblo, menor de edad intelectual, no sabe lo que le conviene y, por tanto, cuando vienen mal dadas es obligación del oligarca acudir al rescate de os pobrecitos– lo que, de ser cierto, ratificaría que treinta años después de firmarse la constitución seguimos siendo unos adolescentes políticos demasiado inmaduros para una democracia solvente.

Lo de la democracia no es broma. Básicamente, la democracia es libertad, libertad para decir lo que a uno le venga en gana –en esto siempre somos prestos–, libertad para votar, libertad sexual, libertad de empresa y libertad para buscarse los garbanzos y la felicidad como a uno dios le dé a entender. La libertad sexual significa que uno es culpable de sus gonorreas, como la libertad de expresión implica que uno es el único responsable de lo que dice y debe responder por ello. Y la libertad para montar una empresa lo hace a uno dueño y responsable de los beneficios que se devengan como de las deudas que atesore. La libertad para estudiar o trabajar, opositar o hacer chapuzas, ser especialista en algo o culo de mal asiento lo hace a uno dueño de su destino, pero también su responsable principal. El estado del bienestar consiste en fomentar las oportunidades para quienes no las tienen y ablandar la caída de quien se cae del tren en marcha y no tiene con qué hacerle frente. El estado del bienestar no te levanta del suelo y te vuelve a subir al tren; eso depende de cada cual. De cada uno depende postrarse y convertirse en un incordio de plañidera, o sacudirse los pantalones y ponerse en marcha.

Tuvimos un primer indicio de la minoría de edad de los administrados hace un par de años, cuando quebró el timo piramidal aquel de los sellos. Los listos que, con los tipos de interés al dos por ciento, querían un siete por sus perracas y se las dieron a otros más listos que se las robaron, pretendían que el gobierno, con el dinero que pagamos las clases medias a Hacienda, los compensara por su avaricia mal dirigida. No faltaba más. Este mismo otoño, otro vasallaje despuntaba: la organización patronal, siempre tan entusiasta defensora del liberalismo –la no intervención del estado en las relaciones económicas– clamaba por un plan de rescate del gobierno, de nuevo, con mi dinero.


Esto tiene que ver con lo de la culpa –que siempre es de otro– que ya comentamos aquí, pero no aligera la carga de bochorno que contuvo el citado programa de televisión. Para rematar la condena del periodismo, no sólo asistió impasible a cómo otros hacían su trabajo sino que al día siguiente, en una exhibición de misericordia judeocristiana bochornosa, convirtió en personaje de la semana a una muchacha con síndrome de Down que, mal asesorada, como relataba un lector de Arcadi Espada, incurrió en otro quehaydelomío si cabe más desorientado. El citado lector, discapacitado también, concluía su carta diciendo: “Una persona con síndrome de Down jamás podrá ser diputado, mucho menos ministro. Es deseable que quienes mandan en este país sean más o menos inteligentes (aunque la frase fácil es que hay mucho estúpido en política). Franklin Delano Roosevelt dirigió Estados Unidos desde una silla de ruedas. No hubiera podido hacerlo con un cromosoma de más. Así de simple”. Por supuesto, en el aupado de esta joven a los titulares no había ni un ápice de “normalidad e integración”, sino más bien un bochornoso tono compasivo, ese que gastan las damas de sociedad cuando miran con ternura a un niño pobre o enfermo, preferiblemente de otra etnia.

Tanto meterse con Franco, tanto presumir de libertinos y liberales, y al final resulta que somos una caterva de llorones. Del presidente, nada que decir, porque él sólo se descalificó al no afear la conducta a tanto pedigüeño como se juntó en el simulacro de ágora que montó la Primera. Esperemos que las finanzas mundiales que nos metieron en el atolladero también nos saquen cuando toque porque si dependemos de nuestra iniciativa y nuestros arrestos, perfectamente descriptibles, volveremos a teñir el agua con achicoria para desayunar. Así que, venga, menos criticar en foros lo mal que está todo y más mover el culo, panda de pusilánimes.




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