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Hollywood sucio. El fantasma de Bukowski

por Miquel Silvestre


Nunca persigas fantasmas. Te decepcionarán. Los fantasmas son sólo sueños con forma humana y desde Calderón ya sabemos lo que en el fondo son los sueños. Pero uno es un sentimental y también un poco fetichista. Si un día perseguí las huellas de Josep Pla por el Ampurdán, sabía que no dejaría de hacer lo mismo con Henry Charles Bukowski (1920-1994). Pero California es muy grande y está muy lejos. Llegar en moto desde Miami me costó diez mil kilómetros de moteles, carreteras retorcidas y desiertos interminables.

Tras treinta días de conducción en solitario, alcancé el Pacífico en San Diego y subí hacia el norte por la histórica Highway 1 paralela a la costa. Santa Bárbara, Laguna Beach, Balboa Island. Millas y millas de palmeras, tablas de surf y tías buenas haciendo deporte. La obesidad ha desaparecido del paisaje. Todo es como en una de esas películas de los sesenta; bello y desenfadado. Sin embargo, cruzar la frontera del condado de Los Ángeles te pone de golpe en un enorme y feo suburbio de pobreza, mejicanos y refinerías.

De pronto, el skyline aparece bajo un cielo obsesivamente azul. No me detengo. No tengo nada que hacer en esta interminable autopista llamada L. A. Sólo freno el tiempo justo para hacerme una foto que enviaré a Sabino Méndez con escueta frase: “Va por ti, maestro”. Continúo hasta Hollywood metido en un atasco que se estira como un lagarto infinito. ¿Qué quedará de Bukowski?, me pregunto. Ya me ha dado cuenta de que en este país se dan dos fenómenos: el ansia metafísica de fabricar dólares y la pudibundez del fundamentalismo religioso más paranoico. Bukowski era obsceno y un marginado. Pero también una lucrativa marca comercial. ¿Cómo estará resuelto el dilema?


En Hollywood Boulevard el pavimento está grabado con nombres de actores olvidados. Es la arteria principal. Sin encanto, llena de tiendas de souvenires, de turistas haciéndole fotos al Kodak Theather, y de tipos disfrazados de personajes de la Guerra de las Galaxias que posan y sonríen por unos dólares. Supongo que vinieron hasta aquí por la misma razón que la mayoría de los camareros: para ser estrellas del celuloide. Sunset Boulevard. Nombre bonito y realidad vulgar. Escenario de tienda barata y hamburguesería. Gente triste y cabizbaja, de color gris pisoteado. Multitud de vagabundos. Tremendismo norteamericano al por mayor. En la puerta del High School hay muchachos obesos con crestas punkies.

En el motel Saharan reclamo la habitación más barata. 75 dólares. Cuando regreso a la recepción, oigo que le dicen a una prostituta que son 70. Me pongo de mala leche. La resaca de tequila no combina bien con el timo. Exijo la devolución de los cinco pavos. Se niegan. Tampoco tienen libro de quejas. Me llaman estúpido y loco. Imposible arrancarles la cabeza. Estos hindúes de motel se blindan dentro de una pecera de cristal y tienen siete mil cámaras grabando. Así que me voy a cenar algo de basura rápida. De regreso, compro un paquete de cervezas en una licorería. Un mendigo sentado en la entrada me pide 25 centavos. Casi le piso; no le había visto. Llevo demasiado tiempo aquí, pienso mientras le entrego la moneda.


En la habitación siento el fantasma de Bukowski rondando cerca. Salvo unos pocos años de vagabundeo juvenil, fue un vecino más del barrio, regular cumplidor con su trabajo en correos y nocturno bebedor solitario. Su atroz antihéroe, Chinaski, es una idealización exagerada; el verdadero ser humano mantuvo toda su vida una modesta cuenta corriente en el banco y apenas se movió de Hollywood. Nacido en Adernach, Alemania, la familia emigró pronto a Estados Unidos para subsistir en la pobreza de un país deprimido. La historia de su infancia y adolescencia la contaría en el brutal libro autobiográfico Ham on Rye (jamón sobre centeno). El título original es un escupitajo sobre la famosa novela The Catcher in the Rye (El guardián en el centeno), y sobre el pedante y blando protagonista Holden Caulfield. Lamentablemente, el cínico juego de palabras se perdió en la traducción española, titulada La senda del perdedor.

Al otro lado de la ventana, los neones anuncian mujeres desnudas. Desprecio la idea de visitar el local. Pudiera ser una buena historia, pero no quiero deprimirme más. Desde la cama oigo el eructo de las cañerías, el tam tam de la música de los bares, la rabia de los coches circulando a toda velocidad por el sucio boulevard, las discusiones de los borrachos, la risa histérica de una golfa ebria de madrugadas. No hay amigos en Hollywood. Siento de un golpe seco la soledad de treinta noches de moteles. Es una tristeza especial. Tristeza de motel. Melancolía típicamente americana. Después de siete mil millas en motocicleta, esto es todo lo que hay. Has llegado a la última factoría de sueños. Si aquí no encuentras el tuyo, es que quizá nunca haya existido.


Al día siguiente, llueve sobre Hollywood. Bajo este cielo gris ya no brilla la purpurina del cartón piedra. Busco comida en un supermercado. En un estante están los productos a punto de caducar. A mitad de precio. No hay nadie en la caja. Yo soy el cajero. Es la perfección de la soledad americana. Voy pasando los ítems por el escaner y pago con tarjeta de crédito. No tengo que tratar con nadie, nadie me regala una sonrisa falsa ni me desea buen día. Pronto yo también seré sustituido por una máquina. Un holograma más guapo que yo querrá a mi novia y odiará a mis adversarios. Incluso es posible que escriba mejor, que beba menos y que sea más feliz.

En Normadie Avenue tuerzo hasta Longpre Avenue. Aquí residió Charles Bukowski de 1963 a 1972. Los años de escritor profesional gracias a John Martin, dueño de la editorial Black Sparrow Press. Aquí escribió Post Office (Cartero), su primera novela sobre sus veinte años en correos. Los propietarios querían derribar el conjunto de viejos bungalows de 1922 para levantar un edificio de apartamentos. Una joven, Laurent Everett, se enteró por un anuncio y trató de impedirlo. La dueña, una tal Victoria Gureyeva, alegó asombrada por el revuelo que Bukowski era un nazi y que no se debía proteger el edificio. El concejal Garcetti reconoció que el escritor no era un santo, ni siquiera alguien que uno quisiera como amigo, pero que había hecho mucho para publicitar la ciudad.

Si el infierno existe, las carcajadas de Bukowski deben estar resonando desde que el ayuntamiento declarara Marca Histórica Cultural todo el complejo. Sin embargo, a pesar de tan importante reconocimiento, el lugar está cerrado. No será un museo. Las ventanas son nuevas, están renovando las cañerías. Hoy ninguno de los vecinos, inmigrantes asiáticos y ucranianos en su mayoría, sabe quién fue el escritor, pero muy pronto se ofertarán en alquiler coquetos bungalows Bukowski. Tal vez entonces acudan al reclamo letraheridos de todo el mundo buscando la energía visceral con la que matar su bloqueo ante el folio en blanco y escribir otra gran obra maestra del realismo sucio. El barrio se llenará de merchandising contracultural. Camisetas, visitas guiadas y pegatinas del viejo indecente a dos dólares y medio. El negocio está a punto de comenzar. Hank Chinaski acabará dando pingües beneficios a la ciudad de Los Ángeles. Dios bendiga América.

Las fotos que ilustran este reportaje son de Miquel Silvestre.




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