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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Revolución sin revolucionarios


 

Rvolutionary road es el trabajo más interesante hasta la fecha de Sam Mendes, director de errática e irregular carrera tras el éxito de la estridente y sobrevalorada American Beauty.

Basándose en una sólida novela de Richard Yates, escrita en 1962, Mendes hace una aplicada disección de la desintegración de un matrimonio joven que trata de escapar a la mediocridad personal y social a la que se ven abocadas sus vidas en ese anodino y, por momentos, ominoso barrio residencial de Connecticut que da título al filme y en el que deben pasar el resto de sus días.

Con una cuidada ambientación, Revolutionary Road nos muestra de cerca la tensa relación de los Wheeler, una pareja de origen modesto que trata de no parecerse a sus vecinos y de salir de las cortapisas del «modo de vida americano» a través de una huida hacia Europa que no se materializa.


De nuevo Mendes parece tentado por subrayar lo evidente a través de la banda sonora o las palabras de unos secundarios algo caricaturescos pero, en esta ocasión, la película se apoya con inteligencia en el relato de la desintegración espiritual de dos seres que viven juntos pero que  se distancian de un modo progresivo e implacable. Pinceladas de crítica social, una cuidada fotografía, una elegante puesta en escena y un sólido material literario de base para un drama desgarrado donde destaca la versatilidad de una inmensa Kate Winslet frente a la teatralidad algo afectada de Leonardo DiCaprio.

El filme no  trata únicamente  los sueños incumplidos sino también sobre   la reubicación roles de género en la sociedad de la época y el precio que pagamos por no cumplir con lo que se espera de nosotros tanto en la esfera laboral como privada. Mendes contrapone con habilidad el inmenso despacho donde trabaja Frank con el interior doméstico —opresivo y fantasmal— donde April sueña con ser algo más que una buena madre y una amante esposa. Mendes logra traspasar a las imágenes la amargura de la novela original aunque el fresco social queda algo diluido a favor del formato del melodrama al uso. No obstante, en un alarde de sobriedad el realizador se centra casi exclusivamente  en la evolución en interiores y exteriores de la pareja protagonista y logra transmitirnos la desesperanza que se va apoderando progresivamente de sus vidas.




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