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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

De mujeres y enseñantes


La última novela de Cristina Cerrada, galardonada con el premio Lengua de Trapo y con el título de La mujer calva, demuestra bien a las claras lo que ya apuntaba en sus obras aparecidas anteriormente: que nos encontramos con una voz importante en el panorama actual de nuestra cada día más extensa producción literaria, en la que muchas veces se pierde el norte y la guía ante la avalancha mensual de nuevos títulos que pasan delante de los ojos.

De Cristina Cerrada había leído un libro de relatos titulado Contar las olas. Trece cuentos para bañistas (Lengua de Trapo) y una novela, Alianzas duraderas en la misma editorial. En esta última ya se observaba con claridad su deriva por la corriente del realismo norteamericano en su forma de utilizar el lenguaje con la precisión quirúrgica de Raymond Carver: ningún adorno superfluo, todo medido, quintaesenciado, llano, claro, directo, donde narraba una estrambótica peripecia con algunas vías de escape argumental y que recuerdo con verdadero placer.

La mujer calva es, a su modo, heredera de la anterior en su estilo, retrato existencialista de una mujer a la manera de Don Delillo. Una maestra separada de su marido para la que, de repente, la soledad de su mundo se ve alterada por la llegada de su madre enferma, que acaba de enviudar. Con estos pocos juncos la autora va tejiendo el sutil y leve entramado de los hechos y sentimientos que conforman el mundo de la protagonista y que imperceptiblemente va cargándose de una tensión creciente expresada a través del lenguaje, de las palabras; en los gestos cotidianos a través de los cuales va confirmando su interacción con los otros personajes de la novela: el director de su colegio, con el que mantiene una relación sentimental; el obrero extranjero que viene a la vivienda para realizar los cambios necesarios en la casa para la llegada de la madre, por el que siente un repentino e incontrolable deseo; y, sobre todo, con esta última, que propicia la aparición de sus fantasmas infantiles y de sus miedos no resueltos. Presente y pasado se entremezclan en estos nudos temporales donde la pericia literaria de Cristina Cerrada brilla a gran altura.

Es, en fin, una novela pequeña en extensión grande y hermosa en su  forma y contenido.


Raras veces, y de este tema ya he opinado en varios de mis artículos, la adaptación de una novela a la pantalla mejora el original literario, pero esta vez ha sucedido. La clase, película ganadora del último festival de Cannes, es netamente superior al original en que se basa, una especie de collage deslavazado original de François Bégaudeau sobre la peripecia de un profesor de lengua francesa en un instituto de secundaria en un suburbio parisino. La mayoría de sus alumnos son hijos de emigrantes que tienen poco o nulo interés por lo que él pueda enseñarles, y se dedican preferentemente a pelearse entre ellos en un clima de violencia y desolación constante. Vamos conociendo a cada uno de ellos, pero la mirada del autor no pasa de la superficie, del mero atrezzo, de las camisetas, piercings o tatuajes que llevan, no sabemos ni qué piensan ni por qué actúan de una u otra forma. Parecen ser extras colados en un documental a medio hacer. Y ninguno de los temas que toca apenas rozando, como el racismo, la marginación, el acoso, el maltrato, logran interesar al lector.

Sin embargo la película, partiendo de idénticos materiales —incluso el propio autor hace el papel del profesor protagonista— remonta el vuelo gracias a la habilidad de su director, Laurent Cantet, al manejar este pequeño universo cerrado entre las cuatro paredes de un aula al que remite el título original, centrándose con la paciencia de un entomólogo, en las relaciones diarias de este grupo de alumnos, que se interpretan a sí mismos, retratadas con la asepsia de un avezado naturalista, sin manipular imágenes en el montaje, sin ningún truco ni sensacionalismo añadido, y soslayando siempre cualquier tipo de discurso ético.

Y desde la butaca, el espectador es totalmente consciente de la dificultad del exhaustivo y a veces peligroso trabajo en que se ha convertido la labor del enseñante en ciertas áreas sociales, y la no menos ardua de los que intentan aprender. Y da mucho miedo.




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