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¡Ese libro era mío!

Editores enREDados

La boca... cerrada

por Enrique Redel, editor de Impedimenta

Cuando tenía veinte años, siendo estudiante de Derecho, ocupaba mi tiempo sobre todo leyendo compulsivamente cómics americanos, vagueando en el bar de la facultad de filología de la Complutense, escuchando música irlandesa y comprando por cuatro perras auténticos tesoros en forma de libros saldados en las casetas de la Cuesta de Moyano —esas ediciones de Bruguera fatalmente impresas de Joseph Roth, Jules Valles, Henry Miller, Leskov, Huysmans, Lowry; esos impagables tomos de Alfaguara, con la formidable maqueta de Enric Satué: Fernando del Paso, Allan Sillitoe, Cortázar, William Boyd; o los pequeños tomitos de la colección Áncora y Delfín, de Destino: Jaroslav Hâsek, Saul Bellow, Álvaro Cunqueiro—. El mundo era joven, todo eran lecturas por hacer y, por si fuera poco, teníamos tiempo de sobra para aprovecharlas: de hecho, recién cumplida la veintena, me leí tres veces seguidas el inconmensurable Ulises de Joyce, hasta memorizar párrafos enteros (El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves, en la traducción de José María Valverde, publicada por Lumen, y que yo compré en la librería Alberti).

Sería precisamente otoño del 91 cuando cayó en mis manos un folleto de la Escuela de Idiomas que me llamó poderosamente la atención: “Curso de Lengua Gaélica”, anunciaba el díptico, impreso a tinta azul oscura. Ciertamente, se trataba de un curso no reglado (no daban título, vaya), pero eso me daba lo mismo. Poco tiempo después, quizás de manera un poco irreflexiva, decidí matricularme. Aquello colmaba todas mis expectativas de aprendiz de letraherido adolescente. El gaélico era una lengua minoritaria, casi muerta, que se decía hablada por hijos y nietos de príncipes, y cuyo corpus literario se remontaba a la más remota antigüedad. Si no estudiaba gaélico entonces, ¿cuándo lo iba a estudiar? Esas cosas se hacen con veinte años o no se hacen nunca.


En aquel curso hice buenos amigos. Algunos de ellos eran realmente brillantes. Nuestro profesor se llamaba Padraig O’Donnallain, y con él aprendí a beber cerveza irlandesa de la buena, a saludar cortésmente a las mozas casaderas en buen gaélico, y a interpretar como era debido las películas de John Ford (quien, como todo el mundo sabe, en realidad se llamaba Seán O’Feeney). Y fue en ese curso donde trabé amistad con un tipo excepcional y extraño llamado Juan Renales. Juan era profesor de filología románica, sabía trece idiomas por lo menos, y acababa de terminar la traducción de una rara obra llamada La embriaguez de los ulates, creo que anónima y escrita en gaélico del siglo XIII. La obra se publicó en una bonita edición a dos tintas, y el editor se arruinó (a quién se le ocurre…). Fue Renales quien me sugirió que leyera a Flann O’Brien.

Flann O’Brien en realidad se llamaba Brian O’Nolan. Como Flann O’Brien firmó sus obras más conocidas, El tercer policía o La crónica de Dalkey (ambas rescatadas por Nórdica), y sus artículos magníficos en el Irish Times. Sin embargo, la obra que más me gustó de entre las suyas —y creo, además, que la más brillante de todas, sin discusión— la firmó con el castizo seudónimo de Miles na gCopaleen. Se trataba de una obra escrita originalmente en irlandés (para más inri), titulada La boca pobre (en gaélico An Beal Bocht). Conseguí de chiripa la edición, de graciosa portada, publicada por Ediciones del Serbal, y la historia rápidamente me enganchó. La novelita en cuestión era una de las más hilarantes que me habían caído en las manos en toda mi vida: parodiando la narrativa irlandesa de aire «localista» de J.M. Synge o las historias de Lady Gregory o de la gran hambruna, O’Brien narra las aventuras en primera persona de un muchacho (apellidado O’Cunasa), medio huérfano (su padre, como buen irlandés, estaba preso en la cárcel), criado en una casa perdida en medio de la Irlanda rural (un lugar llamado significativamente «Corca Dorcha», literalmente «el agujero oscuro»), al cuidado de un excéntrico personaje, «El viejo canoso», un tipejo enganchado a una pipa eternamente humeante, paradigma de la sabiduría pueblerina irlandesa.


El libro (que acaba de recuperar Nórdica Libros con una nueva traducción) tiene alguno de los pasajes más malvadamente brillantes de la literatura universal reciente. En una escena, la familia O’Cunasa adopta una enorme cerda, y ésta se revela como un ser excepcionalmente maloliente. A pesar de todos los intentos de la familia por mitigar esta situación, la cerda apesta. Así que los vecinos, no pudiendo soportar el tufo, deciden emigrar a América. Quien conozca mínimamente la historia de Irlanda, y la migración de cientos de miles de irlandeses al otro lado del charco durante las décadas centrales del XIX, entenderá la profunda mala leche oculta en el fragmento. Pero no solo chanza hay en este libro, que yo me atrevería a calificar como cumbre de la literatura moderna en lengua gaélica: se trata de una historia, como todas las buenas historias irlandesas, llena de melancolía. No lo cesan de repetir los personajes de esta comedia agridulce, descendientes de príncipes y orgullosos de su estirpe, dignos protagonistas de una magna comedia humana: «Nunca más habrá nadie como nosotros».

En suma, este es el libro que cualquier editor con dos dedos de frente se mataría por tener en su catálogo. Nórdica Libros y su editor, Diego Moreno, han acertado, y mi envidia por su tino es sana. Gracias a ellos, tenemos oportunidad de disfrutar de la obra de uno de los autores nacionales de Irlanda, leído por muchos, y admirado por los mejores (cuando Joyce estaba casi ciego, acostumbraba a leer las novelas de Flann O’Brien con una gran lupa). Larga vida, pues, a Flann O`Brien, y ojalá podamos seguir riéndonos y llorando con sus novelas durante muchos años.

 

Algunas propuestas de Impedimenta


Los domingos de Jean Dézert
Jean de la Ville de Mirmont
Prefacio de François Mauriac
Traducción de Lluís Maria Todó

Jean Dézert es un individuo melancólico que podría estar emparentado con el mismísimo Bartleby. Aquejado de una falta atroz de imaginación, se aburre mortalmente. Y ya empieza a resignarse a su propia mediocridad cuando, un domingo, como para intentar distraerse, decide seguir los consejos de los folletos publicitarios que le entregan por la calle: toma un baño caliente con masaje, se corta el pelo en un «lavatorio racional», almuerza en un restaurante vegetariano antialcohólico y finaliza la jornada asistiendo a una conferencia sobre salud sexual amenizada con una velada musical. Es entonces cuando aparece la pizpireta y alocada Elvire Barrochet, que le aborda en pleno Jardin des Plantes para hacerle la vida imposible.

Los domingos de Jean Dézert es un libro de un candor y una elegancia atemporales, que podría haber escrito el propio Georges Perec. Un tesoro procedente del corazón mismo de la más alocada y excéntrica Belle Époque.


Un lugar en la cumbre
John Braine
Traducción del inglés e introducción de Enrique Gil-Delgado

Esta es la historia del imparable ascenso de Joe Lampton, un genuino trepa de clase obrera, encantador y caradura, que se abre paso como puede en la estricta Inglaterra de los primeros años de la posguerra. Atrapado en un deprimente pueblo industrial de Yorkshire, el oportunista Lampton, contable municipal cuyas principales aficiones son la cerveza y las jóvenes casaderas, aspira a crearse una «reputación social», para lo cual no dudará en ganarse el aprecio de las fuerzas vivas del lugar.

Novela emblemática del movimiento de los «Jóvenes Airados» británicos, y un auténtico fenómeno de ventas en su época, Un lugar en la cumbre constituye un penetrante análisis de la sociedad de clases británica, y uno de los más divertidos ejemplos de cómo una nueva generación de escritores logró romper con las convenciones sociales y los códigos de comportamiento tradicionales


La figura de la alfombra
Henry James
Traducción del inglés de Enrique Murillo
Introducción de Antoni Mari

La figura de la alfombra, escrita en 1896, es una de las más inspiradas bromas literarias de James, una obra maestra de los dobles entendidos, que embarca al lector en una delicada trama de equívocos librescos. El narrador, un innominado crítico inglés, se topa con Hugh Vereker, un escritor de culto que le revela solo a medias la presencia en su obra de una especie de «secreto fundamental» que lo permea todo, como la compleja trama de hilos de una alfombra persa. El narrador se embarca entonces en una desesperada búsqueda de la misteriosa pauta, para lo cual no dudará en llevar a la perdición a su mejor amigo, Corvick, y a la prometida de éste, Gwendolyn.

Fábula magistral sobre las misteriosas relaciones entre el escritor y su público, pieza de impecable factura, engrasada como un buen reloj, La figura de la alfombra indaga sobre la naturaleza mudable de la creación artística.


Lo infraordinario
Georges Perec
Traducción del francés de Mercedes Cebrián

«Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual, ¿cómo dar cuenta de ello, cómo interrogarlo, cómo describirlo?» Bajo los atentos ojos de Perec descubrimos el lento avance de unas obras que convierten una calle mísera en otra más moderna, comprendemos por qué Londres encanta aunque no sea encantador o asistimos a una descripción tan minuciosa de la mesa de trabajo del escritor que el propio acto se asemeja a una autopsia de lo real. La materia de Lo infraordinario son los cimientos que sustentan la literatura, la observación apasionada y asombrada de lo usual, el cuestionamiento de lo que parece incuestionable; son los paseos de un escritor que trata de ver la realidad con ojos de recién llegado y que pinta una y mil veces el mismo cuadro, como un impresionista.

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