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La ballena

por Jorge Dioni López*


En el bar de Indalecio siempre había alguien que decía.

Indalecio, tu bar tiene una verdad, una mentira y un misterio. La verdad es que el café no tiene achicoria; la mentira es que sea café y el misterio es con qué coño lo haces.
 
Todo el mundo se reía, incluido Indalecio. A mí me costó hacerlo la primera vez porque pensaba que los marineros eran como los campesinos, gente que no hacía bromas con el negocio ajeno. Acababa de llegar al pueblo y, entonces, no sabía del otro misterio, que Indalecio no se llamaba Indalecio. Entré en su bar el primer día que llegué al pueblo para hacerme cargo de la consulta pero no conocí ni su nombre ni su café hasta un mes más tarde, cuando un apagón me dejó sin ordenador ni televisión cuando anochecía. El único sitio con luz del pueblo era el bar de Indalecio. Era una sala pequeña con mesas de madera, mucho humo y una televisión apagada en la que se reflejaban las brasas de los cigarrillos. La gente pedía en la barra y después, apuntaba la consumición en una pizarra en la que había una imagen de San Pancracio, una foto de un jugador del Racing y otra en blanco y negro de un grupo de gente celebrando algo. Como no tenía confianza, me quedé esperando apoyado en la barra a que Indalecio se me acercara.

—El médico no tiene lengua.

De cerca, su rostro se parecía a una pared de adobe; rugosa, dura y seca. Los bigotes, encima de la boca y de cada ojo, me permitían imaginarme cualquier cosa tras ellos.

—El médico no sabía cómo funcionan las cosas.

Le gustó la contestación porque las puntas de los tres bigotes se torcieron.

—Pida y apúntelo en la pizarra. Aquí nos fiamos de la gente.
—¿Y pago cuando me vaya?
—Pague cuando quiera. Mi mujer lo apunta cada mañana en una libreta y se pasa al mediodía por la lonja para que cada uno le pague cuando el dinero está fresco.
—¿Y si no me apunto?
—No pasa nada. El que no tiene barco para salir no se tiene que quedar en casa porque, si lo hace, nunca lo encontrará. Que se lo apunte al Santo y ya lo cobraré cuando me muera.

Pedí una cerveza y me la apunté en una esquina de la pizarra al lado de mi nombre que ya estaba escrito, el médico.
 
Descubrí el misterio del nombre de Indalecio pocos días más tarde. Recuerdo que era viernes y tenía prisa por acabar para irme a pasar el fin de semana fuera del pueblo, como siempre hacía. Realicé las visitas a primera hora y, a las 10, ya estaba en la consulta. Había dos mujeres de marineros que habían pasado toda su vida remendando redes por la tarde, cuando caía la niebla, y que apenas podían sostener las recetas con la mano por la artrosis. Venían a por las medicinas de sus maridos porque las mujeres nunca estaban enfermas y los hombres no iban al médico. Por eso, me sorprendió ver al final de la lista a José Antonio Castro Guardamar. Grité el nombre y apareció Indalecio. Seguía teniendo un rostro de adobe pero era dos cuartas más pequeño que tras la barra y las canas de los bigotes, disimuladas la penumbra del bar, le apuntaban veinte años de golpe en su pizarra.

—Perdone, Indalecio, pero creo que hay otra persona antes, Castro Guardamar. Le atiendo enseguida.
—El único Castro Guardamar soy yo. Mis hermanos murieron.
—Pero el nombre es José Antonio.
—Es que me llamo así.

Mientras lo exploraba, Indalecio me contó la historia de su nombre. 
 
Su padre había tenido problemas durante la guerra porque no iba a misa y se salvó de que lo mataran porque el cura era primo de su madre. El día de su bautizo, el padre quiso que me llamara Indalecio, como él, pero el cura le explicó que era el nombre de un ministro rojo y le convenció para que lo descartara. Probó con Buenaventura, que era el de su abuelo paterno, pero el sacerdote le contó quién era Durruti. El del padre de su madre, que había sido minero, Germinal, ni se tuvo en cuenta. Al final, explicó, acordaron llamarme José Antonio, que era un nombre inequívoco, pero la gente del pueblo siempre me ha llamado Indalecio. El único que me llamó José Antonio hasta que murió fue el cura, que también era mi padrino.

Tenía el pecho cargado por el tabaco y la humedad. Si no dejaba el bar y se trasladaba a la montaña, algún día derivaría en una neumonía o algo peor, pero no podía pedirle algo así y le di la receta de un inhalador para tomar antes de abrir el negocio. Cuando estaba apunto de marcharse, se giró y, alzando las puntas de los bigotes, me dijo:


—Pero mi bautizo fue muy famoso por otra cosa; fue el bautizo de la ballena.

Se ofreció a contarme la historia mientras me acompañaba a casa.

Yo nací el año 42, el año del hambre, cuando ya no quedaban ni raspas para hacer sopa. Este siempre ha sido un pueblo de marineros; la gente no sabe sacar nada de la tierra ni hacer nada más con las manos que buscar en el mar. Y no se podía. Los de Abastos se quedaban con toda la pesca y, si te pillaban saliendo a escondidas, además de quitarte las artes y la pesca, acababas en el calabozo de la Guardia Civil o te daban una paliza. A mí padre, lo dejaron medio sordo. Como no podía escuchar la radio en el bar, que era lo que hacía la gente, se arrimó demasiado a mi madre y la dejó preñada, a pesar de que ya tenían los dos más de cuarenta años. La casa de mis padres se llenó cuando nací. Mi tío me contó que la gente acudía a los partos por ver si el niño nacía muerto y se podía aprovechar para caldo. Si no estaba bautizado, no era un cristiano.

Aunque no creía en Dios, mi padre quiso darme un bautizo rápido, para evitar que me hicieran sopa, y grande, como los que se hacían antes de la Guerra. Como estaba sordo, no podían meterle más miedo y salió por la noche con la barca. Regresó con el alba y, según mi madre, despertó a todo el pueblo.
 
—He pescado al Leviatán, he pescado al Leviatán.

Indalecio paró de hablar y me ofreció un cigarrillo. Al suyo le quitó el filtro antes de encenderlo. Cuando le dije que no debía fumar, me enseñó el cilindro amarillo. 

—Esto es lo que se come el cuerpo. El tabaco nunca fue malo. Mi padre casi cumplió los ochenta.

Tosió antes de seguir con la historia.

El Leviatán es una bestia de la Biblia que vive en el mar pero lo que yacía en la playa no era ningún monstruo del Apocalipsis, sino algún cetáceo, un cachalote o una ballena pequeña, al que habrían perdido los submarinos de la guerra que había en Europa. Los primeros que llegamos a la playa fuimos mis hermanos mayores, mi madre y yo. Según ella, el cuerpo ocupaba toda la arena y, desde su lomo, se podía saltar al acantilado. Si fuera verdad, sería el animal más grande de la historia, dos kilómetros de largo y 50 metros de alto. ¿Quién sabe? Tenía hambre. Mi padre me contó que madre se le acercó y le dijo espantada.
 
Lecio, ¿cómo pescaste eso?, ay como te coja la guardia. De esta te matan.
—No fui yo, fue la mar. Nos lo han regalado para bautizar al niño.

Mi padre encargó a una de mis hermanas que avisara al cura. Según me contaron, entró en el primer oficio diciendo: Padre, se acabó el hambre el mundo. El cura se fue corriendo a la playa porque pensaba que mi padre había hecho cualquier tontería y que, esa vez, no sería posible salvarlo. Cuando llegó frente al animal, ya había bastante gente rodeándolo. Se subió encima de una roca y retomó el sermón que había interrumpido en la iglesia.

—Esta es la respuesta a las oraciones. Dios se ha acordado de su pueblo porque Cristo siempre premia la caridad.
—Ni caridad ni hostias; esto es la mar, que nos echa de menos.

El cura hizo como si no hubiera oído a mi padre y pidió a las mujeres que rezaran un avemaría. Mientras susurraban la oración, se bajó de la piedra y se llevó a mi padre al lado del mar.

—¿Qué coño has hecho?
—Salí a pescar para darle un bautizo a mi chico y, al volver, me lo encontré.
—Como te pillen los de abastos no te libra ni el Obispo.
—Es un regalo de la mar que está triste porque no salimos. Dios no ha tenido nada que ver.
—Mira Indalecio, Dios ha ganado la Guerra y no se le discute. Y, en este pueblo, la palabra de Dios es lo que yo diga.

No siguieron hablando porque de la barriga del animal salió un sonido parecido al de las sirenas de los barcos en la procesión de la Señora del Carmen. La gente que había en la playa, incluidos mi madre y yo, comenzó a huir hasta que el cura nos alcanzó en la primera casa del pueblo, la del cebador, la que ahora ocupa usted.

Estábamos frente a mi casa.

—El cebador era uno de los pocos hombres del pueblo que no salió nunca a la mar pero tampoco logró que creciera nada en el huerto; el agua tiene demasiada sal. Vivía de cultivar cebos que después se vendían para el atún, que no hay que buscar con red, sino con caña.

Me cogió de la mano para llevarme a la playa donde había aparecido el animal. A pesar de que tenía que hacer la maleta porque quería llegar a comer a la ciudad, no me resistí. Antes de comenzar a andar, señaló un recodo del camino.

—Aquí dio el señor cura el sermón de la ballena. Explicó que el animal era un regalo de Dios para aplacar el hambre en el pueblo porque todo el mundo había sido piadoso. Dijo que nadie tenía nada que temer porque el animal estaba muriendo y teníamos que dejarlo morir en paz, como las criaturas del Dios. Alguien, mi hermana mayor, según mi madre, una viuda de la guerra, según el cura, le preguntó si el animal tenía alma y, si era así, si Dios no se enfadaría al ser comido. El cura se quedó mudo.
 
Habíamos llegado a la playa. Indalecio me miró y, por primera vez, dejó ver los dientes debajo de la mata de pelo.

—Y, entonces, llegó mi padre. Se puso al lado del cura y dijo que el pueblo siempre había respetado y querido a la mar y que, por eso, recibía el regalo. Y un regalo del mar sólo podía ser un pez y los peces no tienen alma.

Indalecio se detuvo para mirarme antes de decir la última frase. Quería reírse de la cara que suponía que iba a poner.

—Todos los pescadores saben que los animales del mar no tienen alma y que, por eso, se pueden pescar. Las cosas con alma no pueden vivir en la mar por eso la mar devuelve siempre los cadáveres de los marineros

Indalecio sacó otro cigarrillo y se metió el filtro en un la chaqueta.
 
—La mar siempre devuelve lo que no es suyo.

Tosió después de encender el cigarrillo y, después de un par de caladas que le calmaron la garganta, siguió con la historia. 

Mi padre convenció a todos para que esperaran a que el animal muriera y que, entonces, lo desollarían para meter la carne en barriles de salmuera que esconderían en algún sitio seguro, por ejemplo, en la iglesia. En ese momento el cura, según me dijo antes de morir, se arrepintió muchísimo de haberle salvado la vida en la Guerra.

Los hombres se fueron a la zona de la carretera y al puerto para vigilar por si venían los de Abastos y las mujeres, después de traer los carros con los barriles, se quedaron en un rincón de la playa para esperar a que el animal dejara de existir. Cada media hora, lanzaba un suspiro como el que había espantado a todo el mundo hasta que, sobre las dos de la tarde, dejó salir el último golpe de aire. Según mi madre, fue como el ronroneo de un gato; de un gato de dos kilómetros de largo y 50 metros de alto.

A las seis de la tarde, cuando comenzaba a faltar la luz, el leviatán era una raspa y mi padre se dio cuenta de que no me habían bautizado. Fuimos todos a la iglesia pero el cura, que estaba en la sacristía, dijo que lo bautizara mi padre, ya que sabía tanto del alma. Según me contó mi tío, mi padre me llevó a la pila bautismal y me dejó dentro gritando tiene un minuto para tener un cliente más; si no, me lo llevo y ya lo ha visto. Según el cura, mi madre entró en la sacristía y no pudo negarse cuando le rogó de rodillas que saliera y que, además, él fuera el padrino.  

Después, tuvieron la discusión del nombre que ya le he contado y así acabó mi bautizo. Gracias a él, comió el pueblo hasta el año 46. Entonces, los de Abastos ya no se lo quedaban todo, sólo la mitad, y, además, se podía ir a pescar más lejos porque se había acabado la guerra en Europa. Si no llega a ser por mi padre, la gente hubiera tenido que emigrar a las fábricas de Bilbao.

Apagó el cigarrillo con los dedos y se lo guardó en el bolsillo. Me miró y volvió a alzar las puntas de los bigotes.

—El médico no se lo cree, ¿verdad?

Sonreí para evitar tener que decir algo.

—Venga por la tarde al bar y le enseñaré una prueba.
—Es que pensaba irme a pasar el fin de semana fuera.
—Como quiera.

Después de despedirnos, decidí irme al día siguiente por la mañana. Di un paseo para ver la playa desde el acantilado. Me imaginé a un animal, un cruce de ballena y serpiente, tendido a lo largo, suspirando mientras era devorado por cientos de termitas humanas que sólo dejaban los huesos.

Por la noche, en el bar, Indalecio me enseñó la foto que había en la pizarra en la que se apuntaban las consumiciones. Se veía a un grupo de personas tapando algo que parecía una fila de rocas que, en el único extremo que se dejaba ver, dibujaba un cráneo más cercano a los dinosaurios de los documentales que a un ser marino. En un extremo, había una mujer con un niño. Sabiendo que sí, le pregunté si era él antes de volver a poner la foto en una esquina de la pizarra y apuntarme un café.

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