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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Dos críticas, dos

Son dos de esas cintas que atraen a críticos y espectadores, aunque sus resultados se nos antojen un tanto decepcionantes. El intercambio y Australia, a examen.

Una historia dickensiana


El intercambio es la última película de un alguien que ha demostrado más talento como director que como actor: Clint Eastwood.

Eastwood es un hábil realizador y se instala con gran solidez en el terreno del melodrama clásico con raíces folletinescas. El intercambio es la historia de Christine — espléndida Angelina Jolie— enfrentada a la oscura desaparición de su hijo. El drama individual da paso a la ópera social cuando la historia de esta madre engañada se convierte en una odisea coral contra la corrupción policial de Los Ángeles durante las primeras décadas del siglo; una ciudad  y una época primorosamente recreadas tanto en exteriores como en interiores.

Como en otros de sus mejores trabajos, Eastwood no elude la truculencia, el efectismo  ni los detalles crueles —con ciertos ecos del gótico sureño—, tampoco el maniqueísmo —con esos secundarios de una pieza— ni la ambigüedad en el discurso, ejemplificados ambos en el personaje del predicador Gustav Briegleg, al que da vida John Malkovich con inesperada sobriedad.

No cabe duda de que El intercambio es una historia dickensiana bellamente rodada, y que Eastwood cree en el clasicismo en el fondo y en la forma como demuestra la construcción casi siempre lineal de un relato tentado por el sentimentalismo pero narrado con la suficiente habilidad para mantener al espectador en tensión hasta el final. El director hace guiños al cine añejo de su país y reincide en dos de las constantes de su cine: el individualismo y la obsesión por la infancia rota, un elemento capital en Mystic River, probablemente su obra maestra. Es posible que no nos guste demasiado el relato de El intercambio ni nos creamos del todo la entereza o la mezquindad de algunos de sus personajes, mas no cabe duda de que estamos ante un cuento de amor maternal y crueldad institucional contado con habilidad y arropado de una lujosa producción, una cuidada fotografía y una banda sonora apropiada. Eastwood logra un indudable equilibrio entre el drama decimonónico, la denuncia social y el cine de suspense y estamos, de nuevo, ante un filme construido con sabiduría y ante una  apuesta sólida y cinematográficamente impecable, aunque, como ocurría en Millon Dollar Baby, no tan valiente como aparenta.

En las antípodas


Australia es la apuesta más ambiciosa del realizador Baz Luhrmann conocido por el inesperado éxito de su musical colorista y desbocado Moulin Rouge que, como en su último trabajo, está protagonizado por una entregada Nicole Kidman, acompañada en esta ocasión por Hugh Jackman, un actor de imponente presencia física pero limitados recursos interpretativos.

Australia, como todo el cine de Luhrmann, está lastrada por un estilo afectado, colorista, visualmente arrebatador y narrativamente decepcionante. Es decir, estamos ante un filme para amar u odiar, un gigantesco cuento poblado de imágenes bonitas, humor irreverente y una construcción del relato al servicio de composiciones trabajadas y delirantes que entorpecen los aspectos dramáticos del relato y la evolución psicológica de unos personajes que, por momentos, se ven reducidos a la mera caricatura.

En esta ocasión, Luhrmann nos cuenta la historia del continente australiano en la época de la segunda guerra mundial, la discriminación de los aborígenes y la historia de amor y autosuperación de Lady Sarah Ashley (Kidman), aristócrata británica que viaja al país para emprender una vida nueva y reconstruir el terreno de su marido con ayuda de un hombre tosco pero entregado. Buenos y malos, secundarios de opereta, imágenes de gran fuerza plástica, canciones, cursilería y mal gusto a partes iguales para degustar o detestar. Australia se plantea como una historia épica e individualista sobre el renacer de una mujer, su relación con un hombre primitivo y la evolución de un país que es presentado bajo la forma del ensueño y la idealización.

En su conjunto, es un filme vacío, pretencioso y lleno de tics aunque podemos dejarnos seducir por la intensidad de momentos aislados y por el desparpajo vitalista y la elegancia expositiva de un director fiel a su estilo. A pesar de sus numerosos apuntes históricos, el director de Romeo+Julieta no pretende que nos creamos su epopeya sino que nos dejemos seducir por una puesta en escena brillante y efectiva, banal y colorista.




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