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¡Ese libro era mío!

Editores enREDados

Sí, de los nervios

por Jesús Egido, editor de Rey Lear

Hace aproximadamente dos años, durante una comida entre editores anuncié mi intención de traducir y publicar uno de esos libros raros que tanto me gustan. Su título ya me ponía los dientes largos, me provocaba ganas de leerlo y de tenerlo: Memorias de un enfermo de los nervios, de Daniel Paul Schreber, un alemán nacido en 1842 y fallecido en Italia en 1911.


Santiago Tobón, de la editorial Sexto Piso, tuvo la franqueza de anunciarme que él ya lo tenía traducido y estaba pendiente de los derechos de un prólogo de Sigmund Freud para imprimirlo y ponerlo a la venta. Mi disgusto inicial se vio mitigado por la generosidad de Santiago: «No te preocupes, el primer ejemplar que salga será para ti».

No sé si el que tengo ante mi mientras esto escribo es el primer ejemplar que salió de la imprenta. Durante dos años no he parado de darle la lata a Santiago para saber cuándo me daría mi libro de Schreber y cuando lo conseguí tocar y oler casi me dio pena. Siempre me ha ocurrido lo mismo con los Reyes Magos: pides el fuerte de Famóbil, te pasas meses deseándolo y cuando te lo encuentras bajo el árbol de Navidad sientes que te han quitado una ilusión. No sé si les sucederá lo mismo a los que ganan el Gordo de la Lotería.

El feliz encuentro, es decir, el momento en el que  logré hojear Memorias de un enfermo de nervios —que así lo ha titulado Sexto Piso, sin el artículo ‘los’ delante de nervios— fue en el Liber de Barcelona. Me encontré con el editor de Sexto Piso en un restaurante italiano próximo a la feria y… «¿Cuándo sacas…?». No me dio tiempo a terminar la frase. A Santiago se le abrieron muchos los ojos y me cortó enseguida: «Te pasas por mi stand y te llevas un ejemplar, que ya ha salido».

Como antes contaba, casi me dio pena. Pero Carl Lewis no hubiera llegado antes que yo a la zona ocupada en el Liber por Sexto Piso. Sólo tenían uno y no me lo llevé, pero lo toqué, lo olí y no hice más cosas con él porque cuando hay gente delante intento contenerme. Con sus cubiertas de azul cobalto, allí estaba el volumen de Schreber, una de las joyas de la literatura mundial, uno de esos 1001 libros que recomiendan leer antes de morir.

Como en el bachillerato me inculcaron una cultura ordenada, sistemática, comencé la lectura por el prólogo de Roberto Calasso y hasta intenté hacer una cata en el primer apéndice firmado por Sigmund Freud (hay otro más del Premio Nobel Elias Canetti). Fue en vano. Tanta ciencia me aturde. Sin darme cuenta me vi metido en el texto de Schreber, un juez presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, que escribió unas memorias en el manicomio para convencer a los loqueros de que estaba curado.

Puede que mintiera, que su cabeza fuera un portagrillos, pero da igual. Me interesa poco si el volumen del juez fue o no decisivo para darle el alta o desentrañar los misterios de la paranoia. Poco me importan los análisis científicos de Freud, las matizaciones de Calasso o si realmente Schreber dejó de creer que Dios había cesado en sus intentos de cometer con él un «almicidio». Lo que realmente me atrae es ese modo de intentar contar con palabras extraídas del mundo de los cuerdos los sentimientos y obsesiones de la locura. Cómo convertir en realidad física una sensación psicótica.


Aunque la edición pudiera emparentar Memorias de un enfermo de nervios con un manual universitario destinado a estudiantes de Psiquiatría, esta obra es un hito literario, un gran poema en prosa. Baste el primer párrafo del Capítulo I:

«El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo, sobre cuya naturaleza física yo, en virtud de profano, no puedo decir más sino que son comparables a dibujos de damasco de extraordinaria finura –hechos con las hebras más finas–, y de cuya excitabilidad por los influjos externos depende toda la vida espiritual del hombre.»

Cualquier gran poeta se sentiría admirado y hasta celoso de una potencia literaria y de una expresividad tan firme y sugestiva, carente de amaneramientos. La familia de Schreber intentó comprar toda la primera edición para que nadie se enterase de las vergüenzas del pariente loco.

Afortunadamente no lo consiguió y, gracias a ello, podemos leer: «Dios es desde un comienzo sólo nervio, no cuerpo, y por ello algo afín al alma del hombre».

Para Schreber la función creadora divina se llama «Rayos» y en el capítulo XVI —una delicia, una maravilla que da gusto leer y envidia no haber editado—, el autor asegura que esos «Rayos», la parte más intelectual del hombre, y por tanto la más divina, se eliminan al evacuar; es decir, al cagar, aunque el juez loco no escribe nunca «cagar», sino «c…». No me resisto a copiar textualmente:

«Pero en lo que a mí respecta, viene a continuación la pregunta “¿Por  qué no c… usted?”, con la famosa respuesta: “Quizá porque soy idiota”. La pluma se niega casi a escribir el formidable absurdo de que Dios —en su ceguera provocada por el desconocimiento de la naturaleza humana— vaya efectivamente tan lejos como para suponer que podría existir un hombre que no pueda, por idiotez, c…, cosa que a cualquier animal le es posible. Cuando, en caso de necesidad, evacuo realmente —para lo cual, como siempre encuentro ocupado el retrete, me sirvo de un común cubo— esto va ligado siempre con un desarrollo sumamente enérgico de la voluptuosidad del alma. Es decir, liberarme de la presión ocasionada por los excrementos que están en el intestino tiene consecuencia para los nervios de voluptuosidad un intenso bienestar; ése es también el caso al orinar…»

Deseo que Memorias de un enfermo de nervios sea un éxito. Pero al margen de la economía, publicarlo demuestra un compromiso cultural, un hallazgo de tal importancia, que delata el músculo de un editor por el que, aparte de enorme envidia, siento una sincera y leal admiración.

Algunas propuestas de Rey Lear


Escritos pornográficos
Boris Vian
Traducción de Sofía Tros de Ilarduya
Ilustrador: Manuel Alcorlo

«Leer libros eróticos, darlos a conocer y escribirlos es preparar el mundo del mañana y abrir la senda de la verdadera revolución». Con esta premisa, Boris Vian se enfrenta al erotismo, convencido de que la literatura pornográfica sólo existe en la mente del pornógrafo: «No podemos pretender que la descripción…, pongamos de un árbol o de una casa, sea menos erótica que la de una pareja experta de enamorados». Construida la teoría, Vian se lanza a la práctica con una serie de textos que según el escritor Félix Romeo, prologuista de esta edición, «calientan, divierten y subvierten […]. Nos devuelven a un Boris Vian en plenitud, que encuentra otro significado, mucho más gamberro, al clásico “enseñar deleitando”».


El ilustre cohete
Oscar Wilde
Ilustrador: Miguel Ángel Martín
Traducción de Catalina Martínez Muñoz

El rey va a casar a su hijo con una princesa rusa y prepara una gran fiesta en la que habrá de todo, incluso fuegos artificiales. En palacio reina la alegría, hasta los cohetes que serán lanzados durante la noche de la boda están encantados de estallar con motivo de acontecimiento tan feliz. Los petardos, la girándula, la traca, la bola de fuego desean iluminar el cielo con su pólvora de colores. Pero un cohete que presume de ilustres antepasados, dejándose llevar por la antipática vanidad, a punto está de aguar la celebración. El dibujante Miguel Ángel Martín ha elegido este cuento de Oscar Wilde para ilustrarlo a todo color y Catalina Martínez Muñoz lo ha vuelto a traducir al español para esta edición, como maravilloso regalo destinado a los lectores.


Bajo la mirada de Occidente
Joseph Conrad
Traducción de Catalina Martínez Muñoz

El estudiante ruso Razumov se ve envuelto en un atentado cometido por un compañero revolucionario al que acaba delatando a la policía. Empleando similar dureza contra la perversidad de las autoridades zaristas y la crueldad de los revolucionarios, Conrad reconstruye el drama psicológico del delator, que se agudiza aún más cuando éste es enviado a Ginebra para inflitrarse en la organización a la que pertenecía el activista traicionado. Su lucha interior para convivir con el remordimiento acaba convirtiéndose en una patología que afecta a su salud mental y física. Pero entre las múltiples lecturas posibles también está la del hombre desamparado, que no puede confiar en las despóticcs funcionarios rusos que le encargan la misión ni en los opositores en el exilio a los que se ve oblligado a traicionar.

Narrada desde la perspectiva occidental de un inglés afincado en la capital suiza, Bajo la mirada de Occidente está a la altura de las grandes novelas de Conrad como Lord Jim, El agente secreto o El corazón de las tinieblas. Como dice en el prólogo el novelista Óscar Esquivias, «Bajo la mirada de Occidente es una de las obras mayores de Conrad. Quien no la conozca no debería demorar más su lectura».


El color del Índico
Juan Bolea

El escritor de best-sellers José Marguan, viudo y malherido por un cáncer terminal, decide regresar a Kenia, al mismo hotel de Mombasa donde vivió los mejores momentos de su carrera literaria. Mientras se prepara para una muerte solitaria y se enfrenta a sus recuerdos repasando los episodios más relevantes de su pasado, la visita de su hijo recién casado y de su editor rompen todos sus planes. Sin embargo, ese reencuentro no traerá la paz a sus últimos meses de vida, porque a orillas del Índico lo cotidiano se transforma en una realidad brutal, lo que deriva en una compleja historia de amor y odio que se convertirá en la última narración no escrita de Marguan, su último best-seller.

Novela de personajes atormentados y de acción trepidante, el escenario acaba convirtiéndose en un protagonista más del relato, con la misma intensidad salvaje del big papa, ese gran tiburón blanco que amenaza la costa keniata y que muchos sueñan pescar a riesgo de sus vidas. Juan Bolea ha construido un mundo narrativo repleto de alegorías y de múltiples lecturas paralelas, donde un final deslumbrante atrapa la atención del lector sin dejarle un instante de descanso.

MÁS INFORMACIÓN SOBRE REY LEAR EN http://www.reylear.es




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