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El Museo Dalí en St. Petersburg

por Miquel Silvestre


La península de La Florida fue descubierta por Ponce de León en 1513 mientras buscaba con estúpida tenacidad la fuente de la eterna juventud, dicen que para combatir la impotentia coeundi que padecía. Después, Pedro Menéndez de Avilés fundaría allí la ciudad más antigua de Norteamérica: San Agustín, con su imponente fuerte amurallado que vigila la desembocadura del río San Sebastián. En 1821 Florida dejó de ser española y olé porque se la vendimos a los yanquis para enjugar otro de nuestros déficits públicos.

Florida es, además, un estado de la Unión famoso por sus caimanes, los cayos, el exilio cubano de Miami, los pálidos jubilados en silla de ruedas eléctrica, los indios seminolas, la proliferación de mega parques de atracciones y también porque en ese surrealista terruperio tropical y horriblemente caluroso se encuentra la sede del museo de Salvador Dalí más importante fuera de España. Nada menos que dos mil piezas capaces de atraer 200.000 visitantes al año.

Me encontraba sudando la gota gorda en Miami, desde donde iba a iniciar mi viaje de costa a costa en moto, cuando leyendo una guía turística me enteré de la existencia de semejante prodigio. Como genuino admirador del trío de ampurdaneses universales: Pla, Dalí y Boadella, no podía dejar pasar la oportunidad de visitar aquel misterioso museo del que nunca había oído hablar en mis peregrinaciones a Figueres, Port Lligat o el delirante Castillo de Pubol, excéntrico regalo de Dalí a Gala con la condición expresa de sólo poder entrar en él bajo invitación formal.

La pequeña ciudad de St Petersburg, al sur de Tampa, está en la costa oeste de la península y suponía apartarme bastante de mi ruta norte hasta Daytona Beach, pero el retraso seguro que valdría la pena. Atravesé la reserva india de Big Cipress y el Parque Nacional de Everglades para meterme en los seis carriles de la interestatal 75 y llegar a los horribles poblachones de Naples, Charlotte y Sarasotta. Pero St Petersburg resultó un lugar bastante más humano y habitable de lo que me esperaba. De reducido tamaño, la ciudad aloja algunas facultades de la universidad de Sur de Florida que aportan savia nueva a la geriátrica sociedad local. En el centro, cerca del puerto deportivo, hay un acogedor hotelito llamado Ponce de León con un conserje cubano muy amable que recibe con alegría sincera a cualquier español.

El origen de su éxito en Estados Unidos lo contó Dalí en una entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano. Con Europa en guerra, Picasso le prestó el dinero para marcharse a América. Dalí siempre se lo agradecería a pesar de que el malagueño hiciera público desprecio por su arte. El ampurdanés nunca se lo tomó a mal. Es famosa su broma: “Picasso es un genio, yo también; Picasso es un gran pintor, yo también; Picasso es comunista, yo tampoco”.

Al llegar a Nueva York, unos grandes almacenes de la Quinta Avenida le encargaron diseñar sus escaparates. Dalí estuvo trabajando toda la noche. Llenó el escaparate de locura y excentricidades. Por la mañana fue a visitar su obra. Se la habían cambiado por completo. Probablemente, el encargado decidió domesticar aquel espanto según el gusto ovejuno del consumidor medio. Dalí montó en cólera y destruyó la exposición lanzándola contra las lunas.

Fue detenido inmediatamente. Cuando contó sus razones, el juez, lejos de condenarlo, valoró aquella actuación en defensa de la creación artística y lo absolvió tras hacerle pagar los daños. Alguien contó la historia en los periódicos y así fue como nació una estrella.


Poco después, Gala y Dalí conocerían a Eleanor Morse, señora de A. Reynolds Morse, riquísimo industrial de Cleveland, Ohio. En 1943, Eleanor compraría el primer cuadro y así comenzó una fértil y estrecha relación que se cimentó, adquisición a adquisición, sobre las más de dos mil piezas que Gala supo colocar a sus mecenas americanos.

La colección Morse, que en un inicio se enseñaba a los amigos bajo petición expresa, se acabó abriendo al público en 1972. Es comprensible que en la fría y gris Ohio de los setenta semejante muestra de desparrame surrealista causara conmoción, y posiblemente también algún intento de suicidio.

Cuando los Morse envejecieron, el hijo y único heredero no sabía muy bien qué hacer con una colección cuya herencia lo iba a fundir fiscalmente. Planteó entonces la posibilidad de vender parte de los cuadros para pagar los tributos sucesorios, pero los Morse se negaron a que se desmembrara la colección. El hijo resolvió el embrollo. Donaría los cuadros, se convertirá en un mecenas y heredaría los negocios de papá. El problema era encontrar quién se hiciera cargo de más de 2000 cuadros. Los museos consultados sólo aceptaban recibir obras sueltas.

Surge entonces la idea del anuncio. Un abogado de St Petersburg lo lee y consigue que los líderes de la ciudad y los Morse se entendieran. Con el apoyo económico del municipio y del estado, la colección se trasladó a  Florida en 1980 y el museo abrió sus puertas en 1982. Desde entonces, el recinto ha ido creciendo y está previsto que en 2010 se terminen las obras del nuevo museo, un macroespacio típicamente norteamericano con restaurante, cine, teatro, salas enormes y una gran, gran, gran tienda de merchandising daliniano.

Lo primero que el visitante se encuentra al cruzar las puertas del número 1000 sur de la calle tercera es una tienda descomunal donde comprar camisetas de Daliwood, corbatas surrealistas, libros sobre cocina española y hasta vino del Ampurdán. La entrada cuesta 15 dólares y la colección es más que notable. La visita guiada resulta surrealista y divertida. La primera sonrisa se nos escapa cuando la guía trata de explicar el origen burgués de la familia debida a la importancia social del padre de Dalí, notario en Figueras, profesión poco o nada prestigiosa en los Estados Unidos.

El grupo de visitantes en bermudas y sandalias desfila admirado ante las incomprensibles y estupefacientes pinturas. Hay mérito en haber conseguido trabajos juveniles del artista. Las precoces imágenes de Cadaqués se alternan con algún trabajo académico de la etapa en la que Dalí estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. La guía revela que el pintor no acabó los estudios para gran disgusto del sufrido notario. Lo que no precisa es que en realidad el joven estudiante fue expulsado al desafiar al tribunal que lo examinó. Dalí, al oír que le preguntaban sobre el Velázquez, se negó a contestar. “No pueden examinarme. Yo sé de Velázquez mucho más que todos ustedes”.

Las superficiales explicaciones del recorrido pictórico son una especie de surrealismo para dummies en quince minutos. Aunque entretenidas, a veces rozan el puro disparate o el tópico más caduco, como cuando la guía afirma que en Port Lligat todavía se puede ver a las mujeres de los pescadores cosiendo redes. Lo que en realidad hay en Port Lligat es un masivo centro turístico para que los visitantes paguen por entrar en la, por otra parte, muy normal y acogedora vivienda de un genio estrafalario al que le gustaba comer huevos fritos.

Los alucinados estadounidenses se admiran ante los juegos visuales de imágenes ocultas que Dalí supo hacer en cuadros como la “Aparición del invisible busto de Voltaire en el mercado de esclavos” Ese surrealismo de trampantojos y trucos de prestidigitador les encanta tanto como a los niños pequeños les admiran los hábiles juegos de manos de los ilusionistas. Este Dalí malabarista de figuras superpuestas suscita un sonoro asombro en el público a medida que la guía, ayudada de un puntero láser, va desvelando esos detalles escondidos.

La visita alcanza el punto culminante ante una descomunal pintura de seis metros cuadrados en la que se puede descubrir el rostro de Manolete mimetizado entre los perfiles de una sucesión de Venus de Milo. Cuando los visitantes descubren en el vacío los invisibles ojos, nariz, corbata y montera del diestro, las exclamaciones de sorpresa y admiración llegan a un paroxismo similar al que debió vivirse en la plaza de Linares cuando el Islero empitono mortalmente al famoso bullfighter.

Los espectadores rompen en aplausos espontáneos cuando la visita termina. Están exhaustos de cultura y arte elevado. Al salir, compran un poco de mercaderías dalinianas y se suben en sus enormes rancheras. Es hora de comerse una hamburguesa doble e irse hasta Orlando, la capital mundial de los megaparques de atracciones.

Dalí en La Florida, el colmo del surrealismo.




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