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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Un prodigio literario

Descubrir a día de hoy a cualquier lector medianamente informado de la calidad de la escritura de Ana Maria Matute es una obviedad en la que no quisiera caer, pero por si alguno entre vosotros aún desconoce su obra, que se ha expandido a lo largo de los últimos sesenta años de una forma brillante y comprometida, voy a haceros  un breve recuento de algunos de sus libros que considero imprescindibles para cualquier amante de la lectura aprovechando la salida de Paraíso inhabitado, su última novela y desde ya, un clásico.


La primera novela suya que cayó en mis manos allá por el final de los cincuenta fue Los Abel, publicada por Plaza y Janés en su colección Reno o alguna similar (colecciones que alimentaron los primeros apetitos literarios de mi adolescencia). Para entonces se cumplían casi diez años de su publicación, pero yo esto entonces lo desconocía y no creo que le hubiera importado mucho a mi incipiente voracidad de lector. Recuerdo haberla leído en un par de sentadas y que me impactó bastante porque me hablaba de cosas y personas que yo conocía; aunque no fue hasta unos años más adelante, cuando mi gusto literario estaba ya más o menos formado, que tras leer Primera memoria, premio Nadal del año 59, y que obviamente también me llegó con retraso, me convertí en un devoto seguidor de la obra de esta mujer incomparable, de su estilo refinado y riguroso, punteado primorosamente con el sello de una sensibilidad única y alejado de las modas y formas de la  generación a la que por edad pertenecía.

Así leí uno tras otro títulos inolvidables como Pequeño teatroLos hijos muertos, que habían ganado respectivamente los premios Planeta de 1954 y el premio de la Crítica y el Nacional de Literatura del 1958 y 1959. En 1960 apareció el primer libro de su trilogía de Los mercaderes que empezó con la mencionada Primera memoria y  continuó con Los soldados lloran de noche, premio Fastenrath de la Real Academia Española en 1969, y La trampa. Todos ellos habitados por personajes a la busca de  sí mismos a través de un largo camino de iniciación y enfrentados a un mundo hostil al que intentan vencer con las escasas armas que poseen. El difícil tránsito de la infancia a  la adolescencia, la pérdida de la inocencia, el peregrinaje hacia el oscuro mundo de los adultos, todo ello aparece una y otra vez a lo largo de su obra como un leit motiv que la vertebra y le da sentido.


Luego, tras un silencio de casi veinte años, reaparece fulgurante con la trilogía medieval formada por La torre vigía, Olvidado rey Gudú (Premio Nacional de las Letras) y Aranmanoth. En la primera de ellas nos lleva hasta los años jóvenes y de formación de un caballero en la baja Edad Media, su lucha contra una realidad amenazante llena de violencia y sinsentido. La segunda es una auténtica obra maestra de nuestra literatura que debería ser lectura obligada para todos nuestros escolares envenenados de sagas extranjeras con mucho menos fuerza, lirismo, calidad e inventiva; un libro que, estoy seguro, le hubiera gustado escribir a esa otra gran dama de la literatura fantástica que es Ursula K. Le Guin; un libro mágico, tocado por la gracia de la sencillez de lo auténtico, un lujo para los sentidos, una aventura inolvidable, un prodigio literario en el que de la mano de de una niña pequeña, un sabio hechicero y una criatura del subsuelo asistimos al nacimiento y asentamiento del nuevo reino de Olar.

La saga se cierra con Aranmanoth, que aunque no está a la altura literaria de su predecesora, brilla por encima de cualquier otra obra del género debido a la maestría narrativa de su autora.

Y olvidaros de Tolkien y su saga del anillo. Nada que ver, Tolkien era un demiurgo que intentaba recrear un mundo hecho a la medida de su ideal burgués. Ana Maria Matute no lo es, se sirve de la fantasía, de la épica, de la magia, de las fuerzas ocultas, de los mundos imaginarios, para describir el que nos ha tocado habitar y vivir.


En su nueva novela, Paraíso inhabitado, Matute se zambulle de nuevo en el mundo de la infancia para ver el mundo desde los ojos asombrados de Adriana, una niña que deambula entre unos hermanos mayores que la ignoran, unos padres a punto de separarse y unas compañeras de un colegio de monjas, clones de sus madres, que nada tienen que ver con ella, en los tiempos inmediatamente anteriores a la Guerra Civil. Consciente de su unicidad, de su mirada diferente al resto de los otros sobre el mundo que la rodea, Adri encuentra su refugio primero entre las tatas y luego en su tía Eduarda, la única que por su espíritu liberal sabe acercarse y conectar con el mundo de la niña. Una enfermedad le va a descubrir a su alma gemela en la persona de un niño, vecino con el que compartirá todas las experiencias del paso de la infancia a la adolescencia. 

Escrita con la sencillez de estilo que la caracteriza, Ana Maria Matute; logra una novela que te lleva de la mano por los pasillos y rincones oscuros de una etapa de la vida largamente mitificada con la etiqueta de más feliz para contarnos de una forma magistral y turbadora ese pasaje tenebroso de la existencia que nos convierte en adultos. Otra obra mayor por su excelencia de una escritora de un talento irrepetible.




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