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Sara Orúe

Ni parecidas, ni razonables


El otro día en la pelu vi una foto de Tamara Falcó, hija súper guay de Isabel Preysler y uno de sus maridos, con un pie de foto incorrecto: Tamara cada día se parece más a Isabel Preysler.

—¿Y no se parece?
—Qué carajo, ni Tamara ni nadie se parece a Isabel Preysler, por todos los dioses, ni siquiera Isabel Preysler se parece a Isabel Preysler.
—Exagerada. Yo he visto la foto de una momia  china de la dinastía Ming y se daba un aire a IP. Un poco más vital, diría yo.
—¿Isabel?
—No, no, la momia.

Es que, es que, es que… Es que no puedo con ello.


Hace unos meses se convirtió en la imagen de una marca de cosméticos baratos de los que venden en los supermercados. Ella, excepción hecha de esa joyería para la que también ¿trabaja? (diría que, con ese producto, sí se identifica), continúa siempre en su línea de anunciar productos que no usa: azulejos que no tendrá en sus cuartos de baño todos de mármol del bueno y materiales nobles, más nobles que ella misma; bombones que jamás se habrá comido; y, ahora, estos potingues que, de seguro, no son los que ella gasta.

—No, ella gasta directamente cirugía y fotoshop.

Eso además.

Claro, que ya yo lo digo. Si por usar esos productos que anuncia Isabel se me va a quedar esa cara de pasmada dentuda que se le ha quedado a ella, prefiero invertir un poquito más y comprarme una buena marca. Y a la crisis que le den, que  el dinero va y viene pero yo tengo esta cara mía pa toda la vida. No como las famosas que en la juventud tienen una cara y, allá para el inicio de la madurez, comienzan a cambiarla por otra.


A los de las cremas ahora les ha dado por buscar mujeres famosas de más de 50 años que parecen tener menos de 30 para anunciar productos para mujeres de más de 40. Véase Ana Belén. O mejor, no la vean, que también asusta al miedo. Porque, ahora que me fijo, ¿no dirían que ésta sí se parece a Isabel Preysler? La misma dentadura grande, blanca y brillante, los mismos pómulos tersos, la misma piel sin poros. Te digo que Víctor Manuel se encuentra a su mujer por el pasillo y no la reconoce. “Ésta no es mi Ana, que me la han cambiao… por una de cera” Y es que, a base de liftings, hilos de oro y fotoshop, ellas terminan por parecerse entre ellas, no sé si me explico.

Eso sin contar con lo feo que es parecer la hermana de tus hijas o que tu marido, pese a tener tu misma edad o una muy similar, parezca tu padre, ¡o tu abuelo!  Y lo difícil que debe resultar explicarles a tus nietos por qué eres de papel cuché.

—Quieres decir por qué sales en el papel cuché.
—No, Julieta, quiero decir lo que he dicho. Estas mujeres son de papel cuché. Y si no lo son, lo parecen.




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