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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

El inquilino

Alicia: Te he echado de menos…

Adriana: No había razón para ello. Ha sido muy poco tiempo.

Alicia: ¡Pero han pasado tantas cosas!

Adriana: Sí…

Alicia: ¿Te gustó que nevara ayer?

Adriana: Mucho… Fue como una pequeña tregua después de toda la información tan árida que llega de todos los rincones del mundo. La nieve en Madrid es casi como un cuento.

Alicia: Cuéntame algo… algo parecido a un cuento. 


Estaba entumecida, seca, como si la hubiesen dejado secar durante horas al sol… La fruta había perdido toda su forma original y se había transformado en otra cosa.

Ellos la habían olvidado en la repisa debajo de la ventana mientras se pasaron toda la madrugada, toda la mañana, todo el día y toda la tarde encerrados en la habitación contigua a la cocina haciendo el amor o algo parecido… La fruta caliente, reventada por los rayos de sol, aliviaba el sufrimiento de la chica que no se atrevía a entrar en el cuarto de la pareja… Tal vez ahora estaban durmiendo o tal vez seguían haciendo el amor o algo parecido, en silencio, con la mano de él tapándole la boca a ella. La chica se sobresaltó cuando imaginó a su novia, a la que hasta el día previo había sido su novia, mirando fijamente a los ojos de él. El invasor. Él lo había invadido todo sin titubear. Las estancias, la cocina, el baño, el cuarto secreto de las cajas con los recuerdos, el sillón de piel resbaladiza, la taza grande para el café, los bombones de chocolate negro que ella escondía con mimo para su novia… La que ahora estaba con una mano entrelazada entre los dedos de él. La salvaje de su novia. Cómo pudo ser ella tan ingenua e imaginar que alguien con el espíritu de bestia salvaje de su novia iba a quedarse quieta y regocijada entre sus caricias y los besos chocolateados, cómo pudo soñar con la fidelidad de esta, ahora extraña, especie de chica insaciable.

Empezó a calcular sin darse cuenta, la cantidad de inquilinos que habían pasado por la casa desde que ellas dos eran novias… Chicas, chicos, hombres divorciados, mujeres que huían de sus hombres, parejas de chico-chica, de chica-chica, de chico-chico… ¿Acaso su… su ya no se sabe qué… se había liado con todos? ¿Con alguna? ¿Con alguno? ¿Con varios a la vez?... O es que este era el único usurpador de vidas ajenas, de sueños ajenos, de esperanzas ajenas, de novias ajenas… No, ajenas no. De su novia, de su bestia salvaje… Porque era sólo de ella. De ella, de ella… Y ahora… Seguir allí de pie, quieta y en silencio era algo bastante probable dado que estaba paralizada, clavada en el sitio, mirando la fruta pudrirse en la repisa y sintiendo como todo lo que hasta hace un rato era conocido, agradable, seguro y con resonancias de hogar, se había tornado ajeno, raro, incómodo, feo y doloroso… Distinto. Y eso no era ni peor ni mejor, simplemente era así… Amenazante. Si ella hacía un gesto precipitado tal vez todo se derrumbaría, los cimientos del piso se desmoronarían de golpe. El piso que ellas dos juntas habían decorado poco a poco entre gritos de placer, gritos de enfados de la salvaje, gritos de entusiasmo, gritos de sustos provocados por las cañerías que reventaron varias veces, gritos de alegría cuando llegaban las cosas de Ikea… y risas, muchísimas risas cuando esas mismas cosas de Ikea se quedaban a veces a medio hacer porque faltaban tuercas o piezas, o cuando ella se tiraba como una loca sobre el somier para probar si resistiría a las batallas nocturnas, y el somier se partía a la segunda caída en picado… Y risas cuando el somier aguantaba… risas y piernas que la rodeaban por la cintura, atrapándola para siempre y manos suaves y caderas y brazos que la apretaban y pechos y espalda que se arqueaba de gusto y de ganas… Y ahora… Esta misma chica, que ya no era la misma, estaría durmiendo sobre el torso de él o estaría riéndose sin voz de la travesura que estaba cometiendo. Lo peor era pensar que no era ninguna travesura, que era un acto imposible de evitar, algo con lo que ella hubiese estado luchando desde la primera vez que este invasor imprevisto atravesó la puerta de la entrada con el dinero de dos meses de alquiler en la mano, y el de seis meses de fianza en la cartera que guardaba en el bolsillo derecho de su vaquero. Pensaba quedarse. Y se quedó. Y ahora la que se sentía una invasora, una inquilina casi desconocida que había entrado en la cocina en un mal momento, en un momento demasiado privado, era ella… Y su novia estaba al otro lado de la puerta pintada de azul-Ikea. Ella seguía imaginándose los ojos hechizantes de su novia; encendidos, húmedos, con la pupila dilatada y el iris suavizado, casi derretido… mientras la mano de él le tapa la boca para que ningún sonido de los que antes le pertenecían a ella vuelva hasta ella, aunque sea atravesando la puerta y atenuado por los pocos metros que les separaban. No. Él lo quería todo para él, hasta el último aliento agitado que pudiera atravesar los labios abiertos y besados de la novia.

Un ligero movimiento.

 


A.AliciaNlaRealidad@gmail.com 

Pequeños Deberes- Si todavía encuentras nieve sin derretir, escribe algo sobre ella, con las manos desnudas y los dedos acariciados por el frío, casi congelados. Después avanza y no mires atrás.

 

 

Fotos-Adriana Davidova  




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