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Errata

Evaristo Aguirre

Eduardo Lago (2º)


Como ya he contado, leí antes los relatos de Eduardo Lago, Ladrón de mapas (Destino), que su novela Llámame Brooklyn, con la que hizo chás y apareció en el ambiente literario español casi sin avisar, a los cincuenta años, y con el Premio Nadal bajo el brazo. Fue en 2006. Casi todo fueron alabanzas.

Y leída ahora, con una cierta distancia respecto del momento de alborozo general y, ya lo he dicho, con los relatos recién degustados y disfrutados, me puse con esta historia. Sí, me ha gustado. Es distinta. Tiene profundidad. Juega con registros diferentes y parecen realmente diferentes. Digo esto porque muchas veces todos los personajes de una novela, cuando no de toda la obra de un autor hablan, se expresan igual –suelen, además, hablar igual que el autor en la realidad–. Hay un cómico, Joaquín Reyes, que hace parodias de personajes famosos (desde Margaret Thatcher a Coppola, pasando por la baronesa Thyssen); se caracteriza y cuenta, en primera persona, cómo son y habla de sus cosas y… Pero todos tienen acento de Albacete. Es muy divertido, claro que sí, pero eso llevado a la literatura, a que todos los personajes de un libro o de varios hablen con acento de dónde o de quién sea, pues eso no es nada gracioso, al contrario, es de una tremenda pobreza.


¿Todo esto para decir que Lago no escribe así? Vale, quizá me he enrollado un poco. Llámame Brooklyn plantea la historia de un escritor que deja encargado a un amigo, periodista, que ordene y dé forma a una enorme cantidad de notas y de textos que deberán conformar su gran novela, la novela de su vida, a la cual le dedicó años y años. Y en Llámame Brooklyn está esa novela y está el proceso de ese amigo trabajando en ella y descubriendo a esa persona, y están algunas consecuencias que desencadena la existencia de la novela. Pero todo esto es la estructura, el armazón literario, porque cuando se cierra el libro, después de trescientas noventa y tantas páginas, se ha pasado de verdad por una vida, que empieza en España, durante la Guerra Civil, que se desarrolla en Estados Unidos, concretamente en el neoyorquino barrio de Brooklyn, más exactamente alrededor de un bar, el Oakland, al menos durante un buen puñado de años. Se ha pasado por una vida en la que la familia, las raíces, la historia incluso, tienen un peso determinante; en la que un amour fou entra y sale como una navaja albaceteña (ya que hemos hablado de Joaquín Reyes…); en la que la literatura se confunde con la realidad, como pasa a lo largo de la novela.


eaguirre@divertinajes.com




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