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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Viajes temporales y tartas de arándanos


Yo agradezco desde aquí a ese excelente narrador que es Félix J. Palma (su libro de relatos El vigilante de la salamandra es para mí una de las mejores obras aparecidas en los últimos años en el panorama literario español) el haberse atrevido a lanzarse a pecho descubierto a ese pantanoso terreno de la literatura de géneros que tan mala fama arrastra entre un cierto sector de una crítica enquistada de formalistas prejuicios estéticos; y elegir además uno de los más denostados: el de la ciencia-ficción, subsección viajes temporales para ofrecernos esa gran joya que es El mapa del tiempo (Editorial Algaida), que recientemente ha recibido el premio Ateneo de Sevilla.

Amigos, lo hace a lo grande, con absoluta confianza en que el artefacto literario que monta con minuciosidad de orfebre va funcionar sin un fallo. ¡Y vaya si lo consigue! Para el aficionado a ese género es un regalo inesperado; para el que no lo sea, un ejercicio de estilo de principio a fin, que descubre que el entretenimiento no está reñido ni con la calidad ni con la inteligencia. Es además un tobogán vertiginoso de acción y aventuras urdido en un collage de técnicas deudoras del folletín victoriano, al que rinde homenaje, en la mezcla de tres historias imbricadas la una a la otra con la destreza de un tejedor de palabras, que sirviéndose del nexo de unión de H.G. Wells y su máquina del tiempo, nos lleva del pasado al presente, de aquí al pasado y de allí a un remoto futuro sin perder nunca un ápice de interés, moviendo a sus protagonistas por esa inventada e inventiva cartografía espacio-temporal con pulso inigualable y llena de los recursos de un gran narrador (olvidaros del último Savater o el intocable Zafón) que todo buen lector sabe degustar y agradecer.

Escrita para divertirse armando ese enorme rompecabezas que es su novela y pensando además en el divertimento de sus lectores, Félix J. Palma ha logrado un hito en la escuálida producción de literatura fantástica en castellano, al tiempo que rinde homenaje a un tipo de cultura popular del que todos hemos disfrutado en alguna época de nuestra vida. Y como he dicho lo hace sin complejos, orquestando todo su potencial narrativo en una partitura de fácil ejecución que como todas las cosas fáciles son muy difíciles de conseguir.

Por si algún avezado productor de cine me lee, en su lugar yo me haría con los derechos de esta novela pero ya. Hay una grandísima película dentro.


Donde no hay película sino memez cuasi lelouchiana es en el último trabajo del especialista en delirios cromáticos, el hongkonés Wong Kar-Wai.

My blueberry nights es sólo para amantes de tartas de arándanos. Una historia que enmarca otras tres, llena de pasteleo, colorines, tipos marcados por el amor no correspondido, y eso sí buena música, pero que en ningún momento logra empatizar con el espectador y mucho menos engancharle en ese viaje en busca del olvido y el verdadero amor que inicia su protagonista partiendo de Nueva York, pasando por Menfis y Las Vegas donde topa con una estupenda compañera de viaje, Natalie Portman, en un registro a lo Angelica Huston en aquella memorable Los timadores, que a mí me ha parecido lo mejor de la película, y terminando de nuevo en el mismo bar de la gran Urbe con un happy end lleno de lactosa y fructosa que se intuía desde el primer cuarto de hora de proyección y uno se pregunta: ¿y tanto viaje para qué?

Esta vez ha sido el chino quien nos ha engañado como a unos occidentales.




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