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Varios autores

Un museo pensando en mí

por Miquel Silvestre

Con menos de cuatro millones de habitantes, Irlanda tiene cuatro premios Nobel de Literatura y se teme que dé alguno más antes de que el calentamiento global sumerja Estocolmo. De clima insufrible, pobre y apartada del mundo, la joven nación ha fraguado una identidad sentimental de antihéroe histórico; a Dios gracias, cercenado de extravíos cursis a fuerza de su secular alcoholización.


Patrick Pearse

Literatura y política, siempre juntas y revueltas. Varios líderes de la rebelión de 1916 fueron poetas, como Patrick Pearse, quien formaría parte del efímero Gobierno Provisional de la República. Su premio, ser fusilado en el patio de la Prisión de Kilmanheim y que los niños memoricen hoy sus poemas. Las cosas no han mejorado demasiado. Años después, el Nobel Seamus Haney, nacido en el Ulster, se negó a formar parte de una antología de autores británicos.

Sin embargo, la gran literatura irlandesa no ha sido codificada por políticos. Los irlandeses reconocen como autor propio al protestante Bernard Shaw, quien emigrara a Londres en busca de dinero y mayfairladies. No era muy afecto a la causa nacionalista, aunque sí vegetariano. También admiran al anglófilo Jonathan Swift, crudelísimo crítico social, que en su divertida y salvaje Una humilde propuesta sugiere menú de bebés irlandeses para acabar con el hambre.


Esta apertura de miras se puede comprobar en el Dublin Writers Museum, sito en Parnell Square. La mansión georgiana del XVIII sufrió cambios de propietario y diversas remodelaciones hasta que la adquirió uno de los Jameson, fabricantes del famoso whiskey. Probablemente, debido a la generosa ingesta de los productos de su jefe, el arquitecto Darbyshire construyó en la parte superior un delirante salón con cegadores estucados dorados.

En 1914 pasó a manos del ayuntamiento, quien, a falta de otro mejor destino, la convirtió en 1985 sede del museo. El día de mi visita jarreaba, como suele ocurrir en Dublín. El grueso de la exposición parte del renacimiento cultural irlandés del siglo XIX, cuando, con Yeats a la cabeza (quien fundara el todavía activo Abbey Theatre), los autores locales aceptaron el inglés como legítimo idioma cultural para tratar los temas propios de una nación sin estado.


Joyce, claro

En el museo figura gente tan variopinta como Arthur Connan Doyle, las hermanas Bronte, Bram Stoker, Yeats, un antinacionalista tan irónico como James Joyce o un renegado cultural como Samuel Beckett que vivía en París y escribía en francés. Quizá por eso la literatura irlandesa es universal, porque sus mejores autores han sabido escapar del localismo o hacer un localismo universal como entre nosotros sólo supo hacer Josep Pla. Otro de estos grandes del terruño es el dramaturgo John Millington Synge, autor de El playboy del Mundo Occidental, obra situada en las asoladas Islas de Aran, una especie de Oscos gaélicos .

En el museo abundan las delicias fetichistas como la máquina de escribir que Brendan Beham arrojó borracho por la ventana de un pub. Beham fue el auténtico enfant terrible de la literatura irlandesa. Miembro del Ira, preso político y alcohólico, su entierro fue multitudinario. También abundan las reseñas de datos curiosos, como el de que Oscar Wilde fue prometedor púgil en su época universitaria. Paradójico que fuera precisamente el marqués de Queensberry, creador de las reglas del boxeo, quien consiguiera meterlo en la cárcel por las dudosas relaciones con su hijo.

La casa ofrece también algunos bonitos retratos, una cafetería agradable y una librería especializada en literatura irlandesa y el clásico merchandising de Guinness y tréboles que tan felices hace a los turistas. Antes de irme, subo a la Galería de los Escritores, donde un actor representa una pequeña dramatización sobre la historia de Irlanda. Irónico y dinámico, el tipo se burla sin piedad de los mitos nacionales. Cambiando de voz, intercala frases célebres, desmesuradas y tópicas sobre los nativos, como el comentario atribuido a Churchill: “Si pudiéramos encontrar una solución al problema irlandés, los irlandeses cambiarían el problema”.

Al terminar, el actor pregunta a los presentes de dónde son. Todos vienen de algún país de habla inglesa. Son descendientes de la diáspora, dispuestos a reencontrar sus raíces míticas de leyenda celta. Fui el último interpelado. Cuando dije que venía de España, el cómico, picado de curiosidad, me preguntó qué diablos estaba haciendo por allí. “Verá”, confesé, “Llovía mucho y las puertas estaban abiertas”.




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