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De poetas, lagartos y delicadezas (y IV)

De poetas, lagartos y delicadezas (III)

Rogaciano, puro indio guató, seguía contando su cosmología cuando ya casi todos los espectadores habían abandonado la sala. En una butaca el alma de la lluvia esperaba a que se encendieran las luces. Ella veía mal sin gafas. Y no quería ponérselas porque era muy coqueta, y creía que le sentaban mal. ¡Imaginaros el alma de la lluvia con gafas! Después del espectáculo fueron todos al café, a comer magdalenas y leche fresca, y hablar del tiempo perdido. El niño pidió un platillo de fariña, para matar la saudade, don Manoel de Barros una porción de ignoranzas al ajillo y el poeta un soneto asado. El camarero, de malas pulgas, y creyendo que se estaban riendo de él, llamó a la policía. El policía se llamaba Bernardo: “Bernardo es casi un árbol. Bernardo desregla la naturaleza”. Manda prender el libro, no tiene recibo del registro de propiedad pago a las autoridades competentes. Le lee sus derechos, lo juzga rápidamente, de una fulminante ojeada y lo condena a la hoguera. Luego le enciende fuego en plaza pública, en escarmiento. Triste final para un libro tan simpático.


Triste final para un libro como éste. Gracias a la poesía que en la última página, encima de la palabra fin, unas cuantas frases se salvaron del incendio porque estaban escritas con tinta de amianto. Por ese milagroso acontecimiento nos enteramos que en el valle perdido el río siguió su curso. La naturaleza se manifestó irrepetible y rutinaria. La humeante casita situada a orillas del riachuelo, la chimenea de piedra, el techo de teja, el floreo de jacarandá. ”Imágenes son palabras que nos faltaron”. El bambuzal se mece al son del viento. La capilla atardece, rojo el cielo, rojo el sapo, rojos los sueños del poeta que en la hamaca enciende un cigarrillo jugueteando con un grillo que guarda en la caja de cerillas. Llueve tanto.
En el estanque navega en su canoa el barquero Apuleyo. Como en una acuarela china, la barca sola en la inmensidad, el agua húmeda de azul, el cielo seco de nubes. El barquero agachado, humilde, desreconocido, remando suavemente. “Escribir ni una cosa ni otra, para decirlas todas. O por lo menos algunas. Al poeta le viene bien desexplicarse. Tanto como el oscurecer enciende las luciérnagas.” El bosque permanece vegetal, aunque las latas ensucian las márgenes de los lirios, el plástico del supermercado desentona entre las setas y un olor de lindano contamina el silencio de los lagartos.

“Cuando el hombre se vuelve cosario se le estragan las venas del entendimiento. Un subtexto se aloja. Instálase una gramaticalidad casi insana, que empoema el sentido de las palabras. Aflora un lenguaje de desfloramientos, una inauguración de hablas, cosa tan vieja como andar a pié, variaciones del decir.” El bambú tiene un modo de decir. El viento tiene otro. Cada uno dice a su manera. Apuleyo cuenta su inundación como sabe, Raizama cuenta de las virtudes de las yerbas y de los hongos y de los mohos, Felisdonio explica la belleza del Pantanal, Adverbio se dedica a dar conferencias por las aulas magnas de las universidades gays. La descarriada sigue tan lúcida y hermosa. Sus ojos carbones encendidos, su cabello de azabache, sus labios de tamarindo: "El sentido normal de las palabras no le hace bien al poema. Hay que darle un gusto incasto al vocablo, tener con ellos un relacionamiento voluptuoso, corromperlos hasta la quimera. Hay que oscurecer las relaciones entre los vocablos en vez de aclararlos. No hay más rey ni regencias. Una cierta libertad con la lujuria conviene”.

La buena mujer se va al lugar de santiguarse, pero no se santigua, ni se acuclilla para orinar. Se asoma al puente y mira las aguas del río. El niño juega a que vuela un cometa de colores vivos. Los colores a Nadie le gustan mucho. Todos no sabemos que Nadie era sobrino de Rogaciano, un ser metamorfoseado, metaforado, que coleccionaba piedras, bichos, cosas inútiles. Nadie hablaba en un lenguaje amanecido, original, principiesco. Una voz que resuena al comienzo del mundo, cuando la piedra era fuego y el agua desierto. Adán era apolíneo y alegre, seguro de sí, viril, delicado. Adán era el amigo secreto de Nadie. Le dijo, una tarde, mientras pescaban ilusiones en el río: “Los poetas aprenden cuando  vuelven a ser los niños que fueron, las ranas que fueron, las piedras que fueron. Para volver a la infancia los poetas precisarían también reaprender a errar la lengua. ¿Mas ese es un convite a la ignorancia?, ¿A meter el idioma en los mosquitos?. Sería una demencia peregrina.”
En el valle perdido hasta las guayabas se deslimitan, atraviesan el lindero de la insania, y se vuelven pájaros, hormigas, curimpapás, siriemas. El poeta estudia la vida amorosa de las capivaras buscando una manera de escribir de nuevo su mismo libro de siempre. Escribía palabras desutilizadas de costumbre, letras inútiles, cosas inventadas. “Su lengua era un depósito de sombras retorcidas, con versos cubiertos de hiedra y alcantarillas abriendo las alas. No tiene márgenes la palabra. Sapo es nube en este invento. Mi voz es húmeda como resto de comida. La hiedra viste mis principios y mis gafas. Se por emanaciones, por adherencias, por incrustaciones. Lo que soy de pared los escaramujos sacramentan. A una pedrada de mí es el limbo”.
El poeta es nadie, es nada, es nunca. Cuando era niño no le gustaba jugar con latas viejas. Le fascinaban los agujeros, no las latas. El médico de familia diagnosticó algo oscuro e irremediable, una fiebre crónica tropical. Pero el poeta salió sano adelante y llegó al valle perdido en perfecto estado de salud. Nunca se había olvidado de Manoel de Barros, al que conoció de refilón mientras desde el tren veía pasar la estación de Corumbá por la ventanilla.: “Nunca sabía a ciencia cierta cual la mejor época para un zapato ser árbol. Mucho menos era capaz de decir cual es la cantidad de lluvias que una persona necesita para que el lodo aparezca en las paredes. Así se cerró ese hombre, en la piedra, como ostra, frase por frase, herida por herida, musgo por musgo. Moda un río que secase, ni un ave ni un pez. Ni un nunca ni un durante. Ni nadie anterior. Moda nada”

El padre Ezequiel lee. Breviario de palabras desconocidas. En la capa del libro la boca de un pajarillo. Un tatuaje, un hueso de mariposa, piedras con que las lavanderas usan el río. El nombre del autor fuera del margen, ilegible, anónimo, desaparecido. En el renglón siguiente una frase: “El poema es antes de todo un inutensilio”. A la puerta de la capilla el niño juega con sus latas viejas, las llena de arena y las vacía, y se ríe, piensa en asaltar el banco, secuestrar a la cajera, irse a una playa en el Caribe, una palmera, una piscina azul, una bebida granizada de ron con cerecita encima y la cajera, rubia despampanante, con la pechuga al aire, al lado. El padre Ezequiel repasa en alta voz el catecismo, los bienes del poeta: “Un hacedor de inutensilios, un cerrojo del amanecer, una teología del traste, una hoja de silbar, un alicate cremoso, una escoria de brillantes, un tornillo de terciopelo y  un lado primaveril.”

Es Brasil, es el Pantanal, es el valle perdido. Es Manoel de Barros, maestro, guía, coleccionista de niquiscocios verbales, inventor de naderías, de lugarciños entrañables acuclillados en el regazo de tantas frases sueltas. Cosas ínfimas, buscar caracoles, pescar surubíes, otear el horizonte. Al capear el viento las aves revoloventilan el aire primaveril. Perfumes rojos. Alientos verdes y frescos. Menta en el dentífrico. El padre Ezequiel no entiende nada, no consigue concentrarse. Las palabras le parecen desordenadas, los misterios, profanos. “La naturaleza es una fuerza que inunda como los desiertos. Que me llena de flores calores insectos, y me entorpece hasta la parada total de mis reactores. Me pudrí para la poesía”.  Manoel de Barros, al oír esto intervino en la conversación. Tenía ya hojas y flores y las ramas le cubrían el cielo. Cuarenta noventa años de edad. Cuenta que cuando tenía tres años, a orillas del río Coxín, una hormiguilla le cargó. Lo arrastraba a los trancos, parecía la maleta de un loco: "No podía entender la razón por la que aquella hormiga, al cargarme, no evitaba los barrancos los baches los abismos. Me llevaba obstinada para su hormiguero. Iba a comer mis partes”. El poeta se dio cuenta que hay misterios que nacen desordenadamente por encima de las palabras, y labró un inesperado poema sobre un pedazo de azabache que guardaba en su morral.
Por esos días el poeta aguardaba una comunicación del gobierno, esperaba ser contratado para restituirle el virgo a ciertas palabras corroídas por el uso. ”Solo los poetas pueden salvar el idioma de la esclerosis. Además los poetas tienen  la obligación de predicar la práctica de la infancia entre los hombres. Si es para darse un gusto poético, viene bien pervertir el lenguaje. No bastan las licencias poéticas, hay que ir hasta el libertinaje. Debemos pillastrear el idioma para que no se muera de aburrimiento. Subvertir la sintaxis hasta la castidad. Esto quiere decir, hasta conseguir un texto casto. Un texto virgen que el tiempo y el hombre no hayan mancillado. Nuestro paladar de leer está entediado, es necesario proponer nuevos enlaces para las palabras, inyectar insanidad en los verbos para que transmitan a los hombres sus delirios”.

En el valle el río lleva agua limpia, y el niño, enterriado, mea en ella. La buena mujer se santigua apoyada en la barandilla del puente, Apuleyo rema en los confines del lago buscando una puerta hacia la tierra deseada. La mordedura del tiburón todavía le duele. La soledad le duele mucho más. Ni los murciélagos vuelven a posarse en su hombro. No tiene a quién decirle quién es. Se le está olvidando si él es él. Sabía que aquel remar incesante no llevaba a nada. Nadie le comprendía. Intentaba guardar el agua en una cesta de mimbre, porque “si le quitas a un ser su libertad, escapará por metáforas”.

Como no sabía lo que hacer, construyó un aparato de ser inútil. Lo puso a funcionar con ayuda del viento; las aspas daban vueltas y vueltas. Parecían las alas del aviolonchelo, ronroneando como las de un escarabajo dado vuelta. Don Ezequiel comentó: “No sirve para nada, ha de ser poeta”.

El poeta consultaba el diccionario mientras paseaba camino del molino viejo. Iba distraído, buscando palabrejas, orquídeas, cogumelos alucinógenos. Un gamusino le propinó un susto tremendo. Un mono le arrojó un puñado de mierda para echarlo de allí. Los tucanes encendían el crepúsculo con sus picos fulgurantes cuando la bella Etruria, no le había gustado la vida de Andalecio, se fue al médico a cambiarse de sexo de nuevo. Adviento le había desilusionado, le había dejado por el misionero californiano. El poeta la encontró mirándose las uñas a la sombra del ipé.

Las palabras se entremezclan al salir de la capilla, misa del domingo. La campana toca a renovación. No para de llover, hace mucho sol también. Los mosquitos están felices y hartos, las vacas mugen, la radio da noticias del último atentado terrorista, el Amazonas pega fuego, el polo sur se deshiela, los pingüinos emigran buscando un lugar mas fresco, y en el fresco les cae encima lo que mana del agujero del casco de un barco petrolero. El poeta se duerme, tiene mucho sueño. El río le mece. Su río, que pasa por su aldea, que pasa por su ojo, por su vida.  Río curimpapá. Río lagarto.

El libro es el valle, un libro perdido entre la inmensidad de una biblioteca infinita. En el libro deshaciéndose de gusto las palabras. “Es más fácil regalarse con la tontería que con la sensatez”. El sol luce brillante. El poeta escribe con el dedo en la arena de la playa en que el ipé duerme: "Hay muchas maneras serias de no decir nada, pero solo la poesía es verdadera”. El niño se prepara para su larga estancia en la cárcel, en donde aprenderá a ser bandido. Después como se sabe ofició de pastor, enriqueció, tuvo muchas mujeres, coches nuevos y casa en la playa, una isla particular, chalé en la sierra y hacienda en el Pantanal, para irse a pescar. “Tiene más presencia en mi lo que me falta”, les decía a sus devotos mientras les permitía magnánimamente tocar sus latas podres, rotas, oxidadas, agujereadas, irreconocibles. Y les daba consejos, frases enrevesadas que los feligreses de su parroquia mascaban días y días hasta comprenderlas del todo, digerirlas y convencerse de que debían pagar el diezmo sin rechistar si querían salvarse: “La mejor manera de uno conocerse es hacer lo contrario. Mejor que nombrar es aludir, verso precisa dar noción. Lo que sustenta el encantamiento de un verso, además del ritmo, es el ilogismo. Sabio es el que adivina.”

Felisdonio estaba sentado en un banco de madera a la sombra de la gameleira. Leía el Libro de Nada, una belleza, palabra por palabra. De vez en cuando se ensimismaba con el canto del sabiá, y se le iba el santo al cielo. El libro se le escapaba de las manos, y volaba: “Hay historias tan verdaderas que a veces parece que son inventadas. El día en que una palabra desabrochó el albornoz para mí. Ella quería que yo la fuese”. Felisdonio es un buen hombre, y los pocos pecadillos cometidos los confiesa puntualmente al padre Ezequiel, que le aconseja: “La terapia literaria consiste en desarreglar el lenguaje hasta el punto que exprese los mas hondos deseos. La mejor manera de llegar a nada es descubrir la verdad”. El padre Ezequiel coleccionaba niquiscocios. En su casita, tras del yatobá, a pocos metros de la capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, tenía dos vitrinas de canela parda repletas de niquiscocios. Tenía uno blanco, como un banzón, que corrompía cualquier cosa que entrase en contacto. Tenía una costumbre gasificada guardada en un frasquito de perfume. Guardaba diez diferencias amargas en una caja de roble con pirogravados en la tapa. El padre Ezequiel era un hombre justo y bueno, algo desviado de moral, con una visión oblicua de la realidad, y muchas agruras: “La palabra poética tiene que servir de juguete para ser seria. No es necesario el fin para llegar”.

El padre Ezequiel estaba aborrecidísimo con el niño pastor. Aquel pagano culto de adorar latas viejas como si fuesen dioses le sacaba de quicio. Su iglesia estaba perdiendo fieles. La competencia del pastor era desleal. El padre Ezequiel no sabía qué hacer. “Estoy lleno de lodo en las articulaciones, como los barcos naufragados. No sirvo más para persona. Soy una ruina de concupiscencia. Crecen ortigas en mis hombros. Nacen goteras por todas partes. Entran murciélagos arañas langostas en mi alma. En los lepramentos de la pared duermen cucarachas ceñudas. Yo parezco con nada parecido”. Y recordó su infancia de niño pobre en los arrabales de Cuiabá: “Un niño cargando agua en el cernidor. La madre le dijo que guardar agua en el cernidor era lo mismo que robar un viento y salir corriendo con él entre las manos para mostrarlo a los hermanos. Lo mismo que criar peces en el bolso. Aquel niño era dado a despropósitos, quiso edificar los cimientos de su casa sobre orvallo. La madre percibía que el niño gustaba más del vacío que de lo lleno. Decía que los vacíos son mayores, hasta infinitos. Con el tiempo aquel niño desconfiado y huraño que gustaba de cargar agua en el cernidor descubrió que escribir sería como guardar agua en el cernidor. Al escribir percibió que podía ser novicia, monje y mendigo al mismo tiempo. El niño aprendió a usar las palabras, vio que podía travesear con las palabras, hizo muchas travesuras. Fue capaz de interrumpir el vuelo de un pájaro poniendo punto y final en la frase. Fue capaz de modificar la tarde poniendo lluvia en ella. El niño hacía prodigios. Hasta hizo una piedra dar flor. La madre le cuidaba con ternura. Le dijo: Mi hijo será poeta. Vas a cargar agua en el cernidor toda la vida. Vas a completar los vacíos con tus travesuras y algunas personas te amarán por tus despropósitos”.

El padre Ezequiel veneraba a su madre. De ella le hablaba a menudo al niño de las latas rotas que tanto le recordaba al niño que había sido él. Amaba los niños, y los adolescentes. Amaba. Adverbio le ponía nervioso. Las frases de Felisdonio le echaban a temblar: “Las lagartijas tienen color verde. Las hormigas son seres tan pequeños que no aguantan ni la neblina. Yo quería crecer para pajarito”.

El curandero Raizama observó que el libro que el padre estaba leyendo lucía de cabeza para abajo. Estaba desleyendo: "Mi padre trajo del monte un polluelo de buitre. Es blanco y ya hiede”. La vida en el valle transcurría plácida y leve. El aire fresco sonaba a jazmines y a canela.  La brisa parecía una garza. En la carnicería borvoloteaban los zopilotes, y las mariposas sobre la caquita del armadillo. El Beleño murió picado por una víbora de cascabel. “Hicieron su cajón de tablas viejas. La abuela se apoyó en el cajón. Uy, yo que morí y quién está aquí dentro es el Beleño. La abuela veía mal.”

En la casa, en un catre viejo, reposaba Adverbio. Le estaba naciendo el pecho, cada día más mujer. Ahora era director clínico de la Academia. Los gramáticos le consideraban mucho. Era también el encargado de cuidar de las violetas que florecían bajo las desventuras gramaticales, y de guardar el azul de la tarde cuando llegaba la noche para que no se resfriase. Los patos en el estanque parecen frases sueltas. Los tucanes  servían para que el niño malo fabricase con ellos un juguete. Los amarraba del cometa y los ponía a volar a la fuerza. Los tucanes graznaban apavorados. El niño se divertía. El tiempo arremolinado en una ensenada del río. El bosque metiéndose a la fuerza por la puerta de la casa. En la choza del poeta el bosque no se atrevía a entrar. Tenía miedo que lo alegorizasen.   

La buena mujer se va al lugar de santiguarse, se santigua y se lamenta. Si la película que su hija iba a estrellar hubiese llegado a buen fin sería ahora una mujer rica, podría comprarse un par de zapatos y llevar la familia a un restaurante fino, a cenar. Maldita capivara capivaro. Etruria cada día mas guapa; ahora tenía un amante fijo, era el doctor en lenguas filílicas don Honorando. Pero él no le permitía que se prostituyese, y como tampoco le pasaba dinero, Etruria se moría de hambre. La lengua se le estaba quedando seca, las arrugas tomaban cuenta de su alma, los kilos se le acomodaban en el arrepentimiento. Estaba engordando. Y don Honorando no quería casarse con ella. Él era un hombre muy respetable, y ya casado. Tenía tres hijas. Un día en que ella se lo pidió de rodillas, él, en tono grave y circunspecto, aseveró: “Nací para administrar los ratos perdidos, lo vano, lo inútil. Pertenezco a hacer imágenes. Opero por similitudes. No se me dan bien las claridades. Necesito obtener sabiduría vegetal. Sabiduría vegetal es recibir con naturalidad una rana en la rama”. Y una mujer ajena en la cama. La mantuvo en su puesto de concubina oficial. Se sentía un emperador chino. Un sultán. Etruria acabó acomodándose a su nueva condición.

Así va pasando la vida en el valle perdido. De esa manera. Tan despropositada, tan poética, tan suelta y libre. En el valle todo y todos esperan impacientes el próximo florecimiento de los ipés. Los amarillísimos ipés. El tiempo pasa. Todo se repite, todo da vueltas. El eterno retorno.

Un buen día el silencio en el valle fue interrumpido de repente con un barullo alarmante, ensordecedor. Rogaciano a la puerta de la choza situada tras del molino viejo aporreando. El poeta se había intoxicado con una seta equivocada, en vez de boletos había frito xilocibinos, y estaba hacía horas encerrado, verbalizado, delirando como un loco, soltando frases, poniéndolas a volar. Las frases revoloteaban en torno de la choza, se posaban en las ramas del bambú, en la copa del ipé, en lo alto de las palmeras. Por todas las frestas, las ranuras, las grietas, por debajo de la puerta y en el quicio de las ventanas, por la chimenea salían frases y más frases sin sentido aparente: "La inercia es mi acción principal. No salgo de mí ni para pescar. El estilo es un modo anormal de expresión, es un estigma. Siempre que deseo contar alguna cosa, no hago nada. Pero cuando no deseo contar nada, hago poesía. En donde yo no estoy las palabras me encuentran."

Rogaciano llamó a Ignacio Raizama, que todo sabía de drogas y de venenos. Con Raizama vino Bugre Felisdonio. Entre los tres echaron abajo la puerta. El poeta estaba tranquilamente sentado en la silla, a la mesa, escribiendo en una hoja de papel en blanco. Escribía frenético, la doblaba, soplaba en ella y la paloma salía volando. Cuando vio que le estaban perturbando exclamó muy indignado, con los ojos dalinianos saltándole de la cara: “El artista es un error de la Naturaleza. Beethoven fue un error perfecto”. La buena mujer, muy preocupada, le preparó una infusión de melisa, para que se tranquilizase. La infeliz no se conformaba. Don Honorando no le caía bien, Adverbio no quería volver con Etruria, en la Academia no la dejaban trabajar. ¡Zas! De pronto tuvo la feliz idea de casar al poeta con su hija. La llamó inmediatamente. En vez de prepararle la infusión, le trajo al cura. En diez minutos el padre Ezequiel estaba celebrando la ceremonia. El poeta se abandonó, no estaba en sus cabales, y dejó que el deseo le transformase. Esa noche Etruria, especialista en el uso indebido de la lengua, quedó encinta de este libro. Don Honorando al enterarse sufrió un accidente vascular; tuvieron que enterrarle deprisa, porque hedía.

La boda de Etruria con el poeta trajo felicidad al valle perdido. Vivieron martirimoniados muchos años, tuvieron varios libros más, uno de ellos llegó a ser famoso, “Teología del traste”, manuscrito conteniendo 29 páginas, “que fue encontrado en las ruinas de un quiosco, en Corumbá, por cierto anciano adaptado a piedras, persona saludablemente insana de poesía.” 

El poeta le dedicó el libro a su suegra, que no entendió de la misa la media.: “Difícil de entender es su poesía. ¿El señor concuerda?”. El poeta, tierno y en voz baja, le respondió: “Para entender tenemos dos caminos: El de la sensibilidad, que es el entendimiento del cuerpo. Y el de la inteligencia que es el entendimiento del espíritu. Yo escribo como el cuerpo. Poesía no es para comprender, más para incorporar. Entender es pared, procure ser un árbol.”

Muchos años después, de nuevo los ipés estallando amarillísimos en el paisaje, el poeta entendió que nunca saldría de aquel valle. Supo que era el fruto de un sueño, el de Apuleyo mientras soñaba remando cuando la inundación del 22 en el Pantanal. El valle era la canoa. Manoel de Barros era el agua. Tendría que visitarle. Y agradecerle todo lo que había hecho por él. Su inmensa delicadeza: “Siempre que deseo contar alguna cosa, no hago nada. Cuando no quiero contar nada, hago poesía”. El lagarto bostezaba.

En un lugar del Brasil, en el valle perdido de las palabras alabradas entre las alas de la imaginación, nació del agua Manoel de Barros: “Vengo de un Cuiabá gambusino de callejuelas retorcidas. Mi padre tenía un puesto de plátanos en el Callejón de la Marina, donde nací. Me crié en el Pantanal de Corumbá, entre bichos del suelo, personas humildes, aves, árboles y ríos. Me gusta vivir en lugares decadentes, por el gusto de estar entre piedras y lagartos. Hacer lo despreciable ser preciado es cosa que aprecio. Ya publiqué 10 libros de poesía; al publicarlos me siento como que deshonrado y huyo para el Pantanal en donde soy bendito a garzas. Me busqué la vida entera y no me hallé. Por lo que fui salvo. Descubrí que todos los caminos llevan a la ignorancia. No acabé en el desaguadero porque heredé una hacienda de ganado. Las vacas me recrían. Ahoya yo soy tan ocaso. Estoy en la categoría de sufrir de la moral, porque solo hago cosas inútiles. En mi morir hay un dolor de árbol.” Manoel de Barros es un artista, un malabarista. El vaso de sedimentación de un alquimista. Las palabras en él se depositan, se enzarzan alegremente, son cálabras fantásticas, elucubraciones geniales, desincreíbles. Manoel de Barros ya es un clásico. La voz de un pueblo muy antiguo; pueden ser los guatós o los tupinambás, los purís o los machiguengas los genes ancestrales que corren por sus venas.

“Tenemos que enloquecer nuestro verbo, enfermarlo de nos, hasta el punto que ese verbo pueda transfigurar la naturaleza. Humanizarla.”

En él está el valle. Por él corre el río. En su cabeza cana nacen y florecen los esplendentes ipés, y de sus manos mana el agua que da vida e irriga el paisaje. Esas aguas corren hacia el inmenso pantanal del sentimiento lírico. Hacia el oscuro lugar en que la poesía es engendrada, vientre misterioso de la naturaleza creativa y desgobernada: “De 1940 a 1946 viví en lugares decadentes en donde la maleza y el hambre tomaban cuenta de las casas, de los locos, de los niños y de los borrachos. Allí me anonimé árbol. Me arrastré por la vera de muros encalados desde Puerto Suárez, Chiquitos, Oruro y Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Después en Barranco, Tango María (en donde conocí al poeta César Vallejo) Orellana y Mocomonc, en Perú. Consideraba que a partir de ser insecto el hombre podría entender mejor la metafísica. Yo necesitaba quedarme clavado en las cosas vegetalmente y encontrar lo que no procuraba. Naquellos remansos de piedra y lagartos gustaba conversar con idiotas del camino y chifladillos de mosca. Caminé sobre grutas y lajas de buitre. Vi otoños mantenidos por cigarras, vi lamas fascinando borboletas. Y aquellas permanencias en los remansos me hacían alcanzar los deslímites del Ser. Mi verbo adquirió espesura de gosma. Fui adoptado en lodo. Se veían vestigios míos en los lagartos.”

El poeta antes de llegar al valle y situarse de avenido en la choza del molino viejo, entre bambuzales, arroyos y cantos de sabiá, también estuvo en Perú, y en Oruro, y en Patagonia. El poeta resume todos los caminos del mundo en la senda que le lleva de su choza al molino. Se atreve a traducir reinventando el libro del maestro, porque quiere creer que todos los poetas son uno, todos los manueles el mismo, todos hechos de los mismos barros, todos nacidos en los mismos tres palacios.

La palabra cayó del pico de un pájaro mientras sobrevolaba el desierto. Se prendió de la tierra seca. Los guijarros la protegieron con presteza. La palabra fue irrigada con las lágrimas y el dolor de los poetas. Creció, dio frutos, se multiplicó. Miles de palabras se hicieron bosque. Cada hoja, cada flor, cada corteza, cada raíz, cada animalillo, cada mariposa, todo cada adquirió un nombre, todo ya nació con su destino amarrado al cuello. Eran tantos nombres que el poeta creyó enloquecer. Corriendo de una sombra desde Canadá hasta el estrecho de Magallanes. Cazando venados y peyotes en las arideces de Real del Catorce, en el desierto sagrado de Wirikuta. Le vimos ascender el volcán de Atitlán para irse a encontrar con la curandera maya, la mágica abuela ancestral. En las playas colombianas de Tayrona, en la playa del deseo, supo de las delicias del caribe, y soñó convertirse en pirata. Conoció a una sirena y el amor le hizo mella. Salió disparado hasta el Amazonas, pasó años poniéndole nombre a las ondas del río, a las guacamayas del cielo, a las tribus del bosque. Se alimentaba de ayahuascas y de raíces, y comenzó él también a florecer: "Estoy atravesando un periodo de árbol. El suelo tiene gula de mi ojo por motivo que mi ojo tiene escoria de árbol. El suelo desea mi ojo rebasado para hacer parte del cisco que se acumula bajo los árboles. El suelo tiene gula de mi ojo por motivo que mi ojo tiene un cosario de naderías. El suelo tiene gula de mi ojo por el mismo motivo que él tiene gula por clavos por latas por hojas. La gula del suelo va a comer mi ojo. En mi morir tiene un dolor de árbol”.

El sargento Bernardo, el policía que puso fuego en el único ejemplar del libro que el poeta acababa de escribir, no llegó a arrepentirse de lo que hizo. La tristeza del poeta no tuvo fin. El alma se le cayó a los pies. La mente se le trastornó. Se fue al Machu Pichu, por el camino de los incas. Se perdió por una senda y en un barranco, y acabó tres años entre aquellas ruinas buscando su rostro. Una noche tuvo un sueño, en que se le decía, y todo el libro perdido se le vino de repente a la cabeza: “Andalecio era el navío Etruria. Se encontraba. Tenía incumbencia para el agua. Creciera que ni costra en los cascos de los barcos. Si tuviese que escoger entre una cosa y otra se hubiese echado sobre ninguna. La dulce independencia del no escoger. (Si la palabra es la posesión de la cosa nombrada, el Etruria era él mismo, el Andalecio). La noche buscaba su decomer en las grutas. Lo que cenaba eran nalgas de saltamontes con miel. Historias de Andalecio fascinaban los niños. El hermano negro habló: Etruria debe ser un lugar sin sandías.”

Del Perú por el Madre de Dios al Pantanal. Desde el tren vio en la estación de Corumbá a Manoel de Barros embarcando unas cuantas cabezas de ganado para la feria. A cada vaca, a cada toro el poeta les había inventado un nombre. El poeta recuperó la razón al comprobar que otro poeta mayor y mejor qué él también sufría de la misma horrible demencia. Navegando y pescando surubís en el inmenso, en el grandioso Pantanal, el poeta entró en el curso de un río hechicero, y en días y años de fatigada andadura llegó al valle perdido entre los pliegues maternales de Minas Gerais. El barco encalló en una playa de topacios rodeada de ipés, y allí construyó su choza y se quedó a vivir. La buena señora pasó a servirle, y se mudó a la casita de al lado. Con ella se vinieron el hijo de las latas agujereadas, la chiquilla sin vergüenza, el acertado don Ezequiel, los académicos de la lengua, el geminiano Adverbio, los ya célebres Felisdonio, Rogaciano y Raizama, y las desventuras gramaticales. Cuando les vio llegar con las desventuras encima del burro, y las gallinas ciscando la bosta tras él, supo que su vida nunca iba a ser la misma. Una repentina inspiración le llevó al terreno de las especulaciones, y comprendió que hay muchas cosas que todavía no existen, y que hay que nombrarlas para que vengan a la luz. Es labor del poeta dar a luz cosas que no existen todavía, las más bonitas de todas. Es su labor buscar maneras nuevas de decir las mismas cagaditas de siempre,  excavar en el vacío para arrancarle las entrañas, y exponerlas al sol del medio día, a los ojos estupefactos del lector, sobre una hermosa concha blanca.
En el valle el poeta volvió a reescribir el libro ardido, palabra por palabra, y en ello se le consumió el resto de la vida. Perdió su aliento con la última letra. ”Toda vez que encuentro una pared me entrega a sus gusanos. No se si eso es una repetición mía o de los gusanos. No se si eso es una repetición de las paredes o de mí. Estaré incluido en los gusanos o en las paredes. Parece que gusano solo es una divulgación de mí. Pienso que dentro de mi cáscara no hay ni un bicho. Tiene un silencio feroz. Estiro la timidez de mi gusano hasta gozar en la piedra”,

La muerte del poeta fue celebrada en el valle perdido con una inundación. El río creció y se llevó la casa y la choza y la capilla y el bosque y la montaña y los recuerdos. Un enorme lago inmenso tomó cuenta del paisaje. Una mancha de agua cielo azul inconmensurable. En ella boyando como un corcho en el estanque la canoa de Apuleyo, remando y remando para no ir a ningún lugar conocido. Él es la metáfora del libro, allá por los idus del 22. El mundo es tan pequeño.

Santo Antônio do Leite
Diciembre 2004 - agosto 2008




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