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De poetas, lagartos y delicadezas (III)

De poetas, lagartos y delicadezas (II)

Bugre Felisdonio reaparece. Viene a pie por el lindero de la insania. Se padece. No es un morfético, pero lo parece. Cuenta que estuvo siriemas. Que vivió al margen de ellas. Que aprendió sus secretos. Ahora saber cazar serpientes, muestra su collar de cascabeles. Y un diccionario, en el que guarda sus nombres, para que no se le olviden cuando sufre sus crisis.

Con él anda Rogaciano, vienen de ser setas en el bosque, vienen volando, comiendo papel, cantarolando su canción preferida, el estribillo del verano, “las cosas que no existen son las mas bonitas”. Rogaciano sabe ser seta. También sabe ser rana, ser caimán, ser jacarandá. El sabe muchas cosas. Aprendió para inútil en la Universidad. Y después se desformó en Corumbá. Es un desgraduado, que es lo mejor que se puede ser hoy en día. Se especializó en desnombrar cosas, aunque lo que en verdad le gustaba era nombrar descosas, ponerles nombres a cosas que no existen, las más bonitas de todas.

Pero como el puesto de desnombrador ya era de Manoel de Barros, ocupaba vitaliciamente la cátedra, se conformó con su destino, se encogió de hombros y se echó al agua. Seguía nadando en el río cuando esa tarde el niño se echó a llorar porque se aburría de estar siempre jugando con aquellas latas rotas. Su buena madre, nieta de anarquistas, hija de mineros, madre de una puta y abuela de un bastardo, se vuelve llanto. Un llanto largo y sonoro como el de una magdalena. Llanto que es un canto y un lamento. Su pobre y desdichada hija, tan joven, tan bonita, y sirviendo de adjetivo a malos patrones, tener que lamerles la lengua a los inmundos, pervertidos gramáticos. La lengua que se retuerce, la bífida del lenguaje, cascabel enroscada en posición de ofensa. Cosas desnobles como intestinos de mosca decía con su repiqueteo mientras la pobre samaritana se la lamía con las yemas de los dedos. El poeta se excita. El poeta se deseo. El poeta se tiembla. El poeta se habla. “Me busqué la vida entera y no me hallé, por lo que fui salvo”. Se desmoraliza quitándose en público los calzones. ”Descubrí que todos los caminos llevan a la ignorancia. Ahora soy tan ocaso. En mi morir hay un dolor de árbol”.  Las garzas le bendicen. Felisdonio, al verle, con vergüenza ajena, se santigua ante el espejo. Rogaciano, indiferente, él es un indio guató, acostumbrado a la desnudez, alucina sin embargo con una de las latas abandonadas por el niño y guarda en ellas los hermosos topacios que encontraron cuando labraban el pasto de Columna. Están ricos. Fueron a sembrar maíz y encontraron deslumbrantes topacios imperiales. No saben como, ni por qué. Tampoco se explican cómo han ido a parar allí, en aquel recatado recanto minero, si esa mañana estaban dejándose criar por el ganado cebú en los pastizales fervientes del Pantanal. De tanto hacer cosas inútiles habían extraviado el rumbo y así habían acabado, en aquel valle perdido, hormigueando en las intumescencias florales de Minas Gerais, “entre bichos del suelo, personas humildes, aves, árboles y ríos”. Los personajes toman vida. Le echan el ojo a la rapaza. De buen ver, sana, morenaza y con curvas. El poeta se hizo anduriña. Un Manoel de Barros no hace verano, pero dos anuncian la primavera. El lenguaje ha nacido otra vez. Se ha desmuerto, ha suscitado. La moda del verbo estéril, flaco y feo ha dejado paso a una nueva literatura. No importan las palabras, sino sus entraduras, sus repollos, sus xoxotas, sus maldades. Y sus delicadezas. Palabras consagradas por las piedras y los lirios que cuentan el río. Palabras pájaro saltitando en la nieve con sus pies sucios. Baba escurriendo por las comisuras de la boca. No se ocupan besos para amar la belleza. Se gasta sudor, vigor y esperma. De los esverbalozoides nacerán diminutas palabrillas que al correr del tiempo irán creciendo y se multiplicando. Una nueva literatura para desdecir todo lo que la poesía plástica viene publifaciendo. El hombre puede ser insecto, puede ser cagadita de mosca, puede ser el pico de un buitre, pero no tiene derecho de ser miedo. De ser poco. De no ser invento. Por eso le fascinan las mariposas, los deslímites y las permanencias. “Se veían vestigios de mí en los lagartos”.

En el valle el poeta es casi árbol: "Su silencio tan alto que los pajaritos lo oyen de lejos, y vienen a posarse en su hombro. Su ojo renueva las tardes. Guarda en un viejo baúl sus instrumentos de trabajo, un abridor de amaneceres, un clavo que farfulla, un encogedor de ríos y un estirador de horizontes. El poeta consigue estirar el horizonte usando tres hilos de tela de araña. La cosa queda bien estirada... ¿Puede un hombre enriquecer a la naturaleza con su incompletud?”.

Cuando Rogaciano, de tan indio guató que era, se puso a contar su cosmología, las moscas daban flores en marzo. El alma de la lluvia ya se iba. Era cuando el poeta soñaba con pererecas, (especie de ranas verdes muy abundantes en los bosques del deseo) y con mujeres. Rogaciano hubiese querido ser descosmólogo, pero no había plazas. La cosmología le apasionaba. “Si tuviese que escoger entre una cosa y otra se hubiese echado sobre ninguna”. Su padre se llamaba Andalecio, y era de lluvia. Un día una rana se entró por la hendidura de su madre. La desdichada se escondió a parir en el casco de un navío. No le dieron oportunidad de escoger si niño o niña. Nació Rogaciano, un indio guató. Comía colas de langostas con miel y para cenar las rumiaba. De tanto dejarse recriar por el ganado había dado en eso. El poeta vaca. Vaca que pasta y que rumia yerbas y yerbas. Y al fondo, de paisaje, una plantación de sandías, el berenjenal en que el niño, jugando a esconderse de sus latas, encuentra un condón tirado. Se arrasca la cabeza, piensa que puede usarlo para guardar sus mocos y se ríe de la ocurrencia. Su madre, buena mujer, le regaña. Ahora está más feliz, su hija ha vuelto del burdel, un puticlub de carretera, la Academia Etrusca. “Etruria debe ser un lugar sin sandías”. Su hija trajo dinero, y un ramo de flores, y una Biblia. Y la foto de su novio, un amor de persona, le conoció la semana pasada, es un profesor de la Universidad, serio, cuarentón, espabilado y de muy buen ver. Se llama Adverbio, fue amor a primera vista, él sabe de sobra a lo que ella se dedica, pero no le importa, más bien la anima: Pulir y fijar con la lengua pensamientos puros es la labor ingrata a la que la chiquilla tiene que dedicarse, qué se le va a hacer. Serán muy felices. Que le compren una lata nueva, pide el niño. Una con control remoto.

En el valle todos se alegran porque el amor floreció de repente en el lupanar. Los gramáticos, sisudos y desconsiderados, se van con linternas a cazar vocablos raros que ellos no entienden, y se pasan la noche hojeando el diccionario de zoología siguiéndole el rastro a un misterioso animalillo llamado gamusino. Cuando lo ven, le dan caza, con ojo certero, para desexistirlo. No es normal que respiren personajillos que se atrevan a desafiar las normas de la Academia. A la pobrecita la han castigado los dueños del burdel. Ella llora al contarlo. Allí no se puede amar, está prohibido, le han dicho. Ella es una profesional, que no se le olvide. Y ¡zas!, una marca calimbada en las mejillas, al rojo vivo, con el dibujo de un tridente. Adverbio, su novio, fue castrado, con tijeras de jade, sin juicio y sin compasión. El tráfico de genitalias confiere posición. Al infeliz se le puso la voz clueca y ahora se le mueven sin querer las caderas. A veces se pinta los labios, pero solo por las noches.

La madre, resignada, se fue al sitio de santiguarse. Estaba muy disgustada, Adverbio era un espanto. El bosque intentó de nuevo entrar por la puerta, a ver lo que pasaba, pero no pudo. Claro, había engordado mucho en el último verano, de tanto que había diluviado. Las maravillosas latas agujereadas servían ahora para que Felisdonio inventase un instrumento con que observar la vida sexual de las capivaras. “Excitadas se hembrean a la sombra del bálsamo, y allí se aleluyan. La hojarasca acuática y las cagaditas de los pajarillos se acumulan en el lomo de las capivaras. De allí se desprende al medio día un fuerte olor de cardumen larvario. Allí se crían mosquitos de exposición, que agujerean vidrios y bajan el plato de las balanzas. Por eso se dice que las capivaras son un bicho insectoso. Por cuanto favorecen la estima de los pájaros, que les almuerzan larvas en el lomo”.

En el valle de las palabras perdidas es común encontrarse con extravagancias. En las paredes de la casa el niño cría gusanos, para comérselos. Parece que el niño vive de gusanos. “Pienso que dentro de mi cáscara no tengo un bicho. Tengo un silencio feroz. Estiro la timidez de mi gusano hasta gozar en la piedra”. No se si esto es genial o es una majadería. De todas formas los académicos estarán de acuerdo conmigo en que  majadería era palabra que no existía antes. Antes majadería era una descosa.    

El niño, de tanta hambre, ya no sabe si es gusano o si es pared. Está esperando que aparezca el Padre Ezequiel, que le traiga un poco de fariña y le enseñe el catecismo. Él tiene que confesar que hace una semana que no se lava las culpas, y dos años que no se cepilla los remordimientos. A él no le gustan los remordimientos, ni las pirañas. Pero el cura dice que son imprescindibles para comer fariña. Y para aprender a errar bien el idioma. Y él no es académico, es más bien analfabeto, no le dan placer las letras, ni las frases hechas, ni los juegos de palabras. Le gustaban los parásitos que se orquideaban en las pererecas de las palabras. Los lamía con buena cara. Se deshacía gozando. “Manoel, esto no es una enfermedad. Puede mucho que cargues para el resto de la vida un cierto gusto por nadas”.


Los lagartos somnolientos se estiran al sol, a la sombra de la desventana, y sueñan con camiones que les aplastan el tedio. Una hormiga que cargaban en hombros se salvó de milagro. “Hormiga agarró un pedazo de río para ella sola, y tomó baño encima. El lagarto curimpapá asistió al baño con lujuria estampada en su ojo encapado. Después se escondió debajo de un tronco. Hay árboles que dan para lagartos. Otros atraviesan inviernos que los pájaros mueren”. Los lagartos atardecen. Las ranas atardecen. Las sombras atardecen.

Y de repente, como por arte de birlibirloque, aparece la voz sin boca. “Era una voz pequeña y azul, no tenía boca mismo”. Con ella se entendían las gaviotas, conversaron mucho mientras tardecía. Viendo pasar los barcos cangrejeros rebosando lodo por las aguas del río se les fue pasando el tiempo. Y se hizo noche. Una noche grande de naderías.

Felisdonio era “el retrato de un poste mal hincado, un peón del campo. En su manera estirada de estar de pie su cuerpo hacía tres curvas largas, y usaba un defecto de ave en el labio. Parecía hecho de restos, los vientos le amontonaban como hojas”. Hablaba silbando, susurraba callado, le decía las cuatro verdades al barquero, y sus verdades las decía en caracol, las decía en euclasio, o en extranjero, como Sebastián el zopilotero: “Gustaba de desnombrar. Para decir barranca decía lugar donde desbarra el avestruz, hamaca era vasija de dormir, trazos de letras que un día encontró entre las piedras de una gruta llamó: dibujos de una voz. Pienso que fuese el escorzo de un poeta”.

Adverbio pasó a trabajar de botones del burdel. Etruria, que efectivamente no gustaba de sandías, pasó a cuidar de su hijo, el nieto querido de la abuela, que heredó las latas rotas y el hambre del otro hijo de la buena señora. El Padre Ezequiel corregía los deberes con el lapicero azul, sabiendo que ya se había acabado la fariña. Hablaba de su vida pasada. “Tengo un dolor de concha extraviada, un dolor de pedazos que no vuelven, yo soy muchas personas destrozadas”.

El río se descorría, aleluyando el horizonte. Una lata enferrujada le sirve al nieto para cortarse el dedo. Sale mucha sangre. Adverbio se desmaya. Le habían dicho que era el padre de la criatura, y estuvo muy orgulloso de habérselo creído. No fue nada, solo una tetanosis triquinoide. Terrible. El niño casi desnace. Se deslembra de todo. Pero no. Ya se había inventado la guaranaína. Se la inyectaron con un bambú. No le dolió mucho pero lloró bastante. Los pájaros del bosque se asustaron con el escándalo, y se rociaron perfumes rojos, por si acaso. ”Yo contamino la luz del anochecer”. La buena señora se puso a freír patatas, y también encendió la radio, a oír noticias. Habían puesto una bomba con motosierras dentro, y habían exterminado un buen pedazo de Amazonas. Lo que había quedado lo iban a talar para plantar gasolineras con que abastecer las motosierras. El poeta pensó que todo aquello era una locura, pero no se atrevió a decir nada, por si le pasaban la motosierra a él por donde él no quería. O por si le metían una bomba en el oído. “Es la sensatez que aumenta los absurdos. De noche bebo agua de merienda. Me mantimento de vientos. Descomo sin opulencias...Disculpe la delicadeza”.

A el le importaba que no cortaran el azul del cielo. Sin el azul se moriría. Dormía a orillas del color. “Tengo amanecimientos precoces, crecen destrozos en mis apariencias”. No le importaba nada más que el azul. El azul y la nada y las descosas. Eso sí, solo le importaban a destiempo. Desorientado, vagando como una luciérnaga en el oscuro de la lata rota. El niño es muy malo. Ha improvisado una linterna de luciérnagas apavoradas con los agujeros de sus latas, para que el padre Ezequiel no se pierda al volver a la casa parroquial y no se deslice un ratito en los privados aposentos de la Academia Etrusca. Al padre la lengua le vuelve loco. También él es un escorzo de poeta. Tiene buen gusto el condenado. Y una insufrible atracción por Adverbio. Es un hombre muy refinado. No se si algún día llegará a ser nombrado obispo. Se que tuvo al final de su vida la manía de descalcular las horas. Decía que quería volver a su Pantanal, para verse morir. “En mis memorias enterradas van a encontrar muchas conchas resonando. ¿Sería el arenal de un mar extinto este lugar donde se recuestan las tortugas?“.

Se hizo la noche de nuevo. Exprimida de garzas. El poeta se sentó a su mesa, a desnaturar pájaros. Le costó mucho esfuerzo, y casi tres horas, una frase en que se refirió a la pervertida humedad del habla de la rana. La dijo en susurros.

El niño y su sobrino se durmieron comiendo a hurtadillas los gusanos que escondían en las paredes, la joven se fue a trabajar, tenía cita con un poeta consagrado que pagaba bien para que le azotaran las nalgas con laureles frescos. Adverbio se quedó zurciendo los calcetines, sintiendo cómo en el valle el tiempo seguía pasando en susurros. Felisdonio se había ido a cazar gamusinos con su amigo Rogaciano, la buena mujer se anidó y andando anduvo hasta el lugar de santiguarse a descansar del ajetreo cotidiano, y mientras tanto lavó la ropa de toda la familia, molió la fariña del día siguiente y trajo el agua de la fuente.

La noche cayó como un manto de estrellas sobre el silencio del mundo. El mundo es tan pequeño que su silencio cabe en una cajita de nácar que el niño de las latas rotas le ha birlado al Padre Ezequiel mientras este le explicaba el catecismo, tantísimo tiempo atrás. Mucho antes de antesdeayer.

El niño de las latas va por mal camino. Aunque el lagarto le ha dicho que robarle a un padre tiene cien años de perdón, lo que ha hecho no tiene nombre. En el valle perdido a los niños que roban no los meten en la cárcel porque son niños. Pero les castigan para que dejen de ser niños, y en cuanto dejan de serlo los meten en la cárcel porque ya no son unos niños. En el valle al caminar por el mal camino se trasandan los límites de las palabras, se va atrás de ellas a ver lo que está escondido: “¿Por qué es que las mariposas tienen devoción por túmulos?”. Amanece el día, y del otro lado está la luna. Don Ezequiel se prepara para decir la primera misa, es Domingo de Adviento. Abre su breviario, El Libro de las Ignoranzas, y lee: “El esplendor de la mañana no se abre con cuchillo”. La madre, que es abuela y buena y sufrida, prepara el desayuno de la familia: el hijo traste, la niña fácil, el yerno afeminado, el nieto hambriento, el poeta chiflado: “¿Cómo agarrarse de la voz de un pez?“. Felisdonio tararea su estribillo mientras se cepilla los dientes, y el indio Rogaciano, un guató de pura cepa, afila las flechas. Dice, muy serio, en portugués inigualable, aunque titubeado: “Un río que fluye entre dos jacintos carga más ternura que un río que fluye entre dos lagartos”. Manoel de Barros es muy sabio. Grande amigo de Rogaciano y Filisberto, siente verdadero respeto por Juan Raizama, el curandero, que se va a buscar yerbas al bosque.

El niño come su porción de fariña revuelta en agua de río, endulzada con una cucharada de melaza, y piensa en lo que hacerle al gato, mientras su madre desgrana las mazorcas de maíz para las gallinas, que se aglutinan a sus pies. Hojas amontonadas en el quicio de la puerta. La ventana alocada con la salida del sol. Los pájaros embriagados. El aviolonchelo ronroneando en el  paisaje, y el poeta, extasiado, pensando un verso: "¿Cuál el lado de la noche que humedece primero?”. En el valle las palabras todas suenan a principio, a origen, a retorno. “La manera como las violetas preparan el día para morir”. Se desnacen. Se deslembran de todo, y apagan la memoria y se dejan llevar por lo que sucede, el silencio atrás, del otro lado del lenguaje el mismo abecedario de siempre. “¿Será que un hombre que toca su existencia en un fagote tiene salvación?”. Así, desaprendiendo, va yendo la vida, va pasando, como las aguas del río, sin poder volver.

Esa mañana al poeta se le ocurre desinventar el molino. Lo transforma en un dragón, y se pelea con él. Quiere emular a Cervantes, repetir el Quijote, “usar algunas palabras que todavía no tengan idioma”. Repite y repite hasta que le queda diferente. “Repetir es un don del estilo”.

Don Ezequiel lee en el jardín del cementerio, sentado entre las mariposas, el Tratado de la Grandeza de lo Ínfimo: “Poesía es cuando la tarde está favorable a dalias y cuando al lado del gorrión el día duerme antes, cuando el hombre hace su primera lagartija, y cuando un trébol asume la noche y un sapo engulle las auroras”. Es un libro que al padre le hace bien, le facilita la toma de decisiones, le da paciencia en el confesionario, y fortaleza en el burdel. “Las hormigas cargaderas entran en casa de bunda”. Al español le falta la palabra bunda, debe ser que los españoles no tenemos, tenemos nalgas, tenemos culo, pero bunda no tenemos. “Las cosas que no tienen nombre son mas dichas por los niños”.

Las latas podres ahora cuelgan del espantapájaros. Bugre Felisdonio avisa que va a llover, que se va a inundar todo de nuevo, que él balsa, él hamaca, él cachimbo. La joven de vida ligera se pintarrajea el rostro. Sus ascendentes indios y su bisabuela francesa se mezclan en ese rostro virginal, de rara belleza. Comenta que los académicos andan exaltados, las corbatas se les empalman al verla, y la lengua se les humedece. La lengua que fija y da esplendor al placer de hablar como uno quiere. “En el descomienzo era el verbo. Solo después vino el delirio del verbo. El delirio del verbo estaba en el principio, allí donde el niño dice que escucha el color de los pajaritos. El niño no sabe que el verbo escuchar no funciona para color, mas para sonido. Entonces como el niño muda la función de verbo, él delira. Y pues. En poesía que es voz de poeta, que es la voz de hacer nacimientos, el verbo tiene que ser delirio”.

Mucho delirio, mucho delirio, pero al estómago, denle carne. Rogaciano caza un mono. La buena señora, con pena, le quita la piel, lo desentraña, y lo arroja entero al pote en que hierven la mandioca y el plátano. Rogaciano también cazó tres loros, pero los guardaron para la cena. Después Rogaciono da una ojeada en el calendario, quiere desbastar las malangas, y no sabe si la luna está conveniente. Lee una frase que no entiende bien: “Un girasol se aproximó de Dios: Fue en Van Gogh”. La había oído en alguna parte. No consigue recordar dónde, ni cuando. En el calendario un girasol deslumbrante, desnudito como Dios le trajo al mundo. Tenía la fuerte impresión de haber ya vivido ese momento. Un girasol bellísimo, qué ojos, que curvas, qué profundidades. “No tiene altura el silencio de las piedras”. Los pechos de oro, los labios de miel, los cabellos de azabache. Una musa, una ninfa, una Etruria más. La madre está orgullosísima, se sale. Se va a donde se santigua, a agradecerle a la Virgen por los favores recibidos. Su hija será una estrella, una modelo, una celebridad. Va a salir en la televisión, actriz principal en una película porno, de galán un capivaro. ¡Qué felicidad! La buena señora se santigua agradecida eternamente. Le pregunta al niño qué hace escarbando con el dedo en la arena del río: “Hoy yo dibujo el olor de los árboles”. Ya te estás drogando de nuevo, le dice su madre enojada por tanta majadería.

El Padre Ezequiel lee el periódico del día anterior sorbiendo un café a la sombra de la palmera. Está confundido. No sabe que le pasa, si está en el valle perdido o en el pantanal de Mato Grosso. “Coger en el espacio contigüidades verbales es lo mismo que cazar moscas para darles baño. Esta es una práctica sin dolor. Es como estar amanecido a pájaros. Cualquier defecto vegetal de un pájaro puede modificar sus gorjeos.”  En el valle el sol llueve, el río crece, el molino enloquece, el dragón escupe palabras en llamas y el niño guarda las latas colgándolas del techo del corral del puerco, que está a su altura, para que no se oxiden. En la desventana se sienta Rogaciano a pensar en sus antepasados. Se cae del otro lado, sobre las gallinas, y éstas se exaltan, alborozadas, aunque por exceso de timidez cacarean disimuladas, como si no fuese con ellas. Motivo suficiente para que el poeta se inspirase y escribiese, sisudo y concentrado: "Enfermarse de nosotros la Naturaleza, poner aflicción en las piedras, como hizo Rodin”. Nadie sabía quién era Rodin, y hubo que explicárselo. Nadie es muy ignorante y desmemoriado. El poeta, por el contrario, es hombre culto. La abuela, acunando al nieto, tuesta en el fogón la fariña, y su hijo, goloso, espera que esté pronta para remojarla en el caldo y almorzar. El mono huele que alimenta. El quiere chupar la cabeza, la pide para él, le encantan los sesos. La abuela insiste en que aquello no es razonable, la cabeza del mono es para el nieto, que tiene mucho que crecer y desarrollar inteligencia. El niño replica enfurecido y dispuesto a todo: “Las cosas no quieren mas ser vistas por personas razonables. Ellas desean ser miradas de azul.”.  

Adverbio se mira en el espejo: "Entra una llamarada de lujuria en mí. Ella debe echarse sobre mi cuerpo con toda la espesura de su boca. Estoy atravesado de entremencias. ¿Soy pervertido por las castidades, santificado por las inmundicias? Hay ciertas frases que se iluminan por lo opaco”. Adverbio desde lo del castramiento maneja mucho dinero. El tráfico de genitalias masculinas es negocio muy lucrativo. “En la casa del caracol hasta el sol mofa”. Los asuntos terrenos se le dan bien, y su sueldo en la Academia es considerado suficiente. Nadie sabe por qué se gasta todo el sueldo en potingues. Y al niño ni un biberón. Adverbio es muy estirado, usa gomina en el cabello, zapatos de charol blanco, corbata a rayas, rimel, postizo en las pestañas  y crema de menta para los labios. Es muy egoísta también. A su mujer la admira, lo mucho que trabajo, lo que la quieren los clientes. Hubo uno, un profesor de retórica, Tuyo, que la obligó a chuparle los pronombres, no quería llamarse así. Demoró más de veinte minutos en hacerlos desaparecer, y quedó agotada. Ganó de presente un televisor con tela de plasma, y del director de la película porno en que trabajó de domadora de capivaros ganó un mechero de oro, y una explicación, una advertencia, mejor dicho: “El río que daba una vuelta atrás de nuestra casa era la imagen de un vidrio derretido que daba la vuelta atrás de la casa. Pasó un hombre después y dijo: Esa vuelta que el río da atrás de la casa se llama ensenada. No era más la imagen de una culebra de vidrio que daba una vuelta atrás de la casa. Era una ensenada. Me parece que el nombre empobreció la imagen”.

Etruria estaba totalmente de acuerdo, y consultó su agenda. Esa tarde tenía que atender a un catedrático de estilo, un tipo muy remilgado, exquisito y melindroso. Tenía pavor de contaminarse con lenguas extranjeras, y usaba tres condones superpuestos en la suya. Había perdido uno. Estaba muy preocupado. Mientras se enzarzaba en el acto de enamoramiento decía: “Ocupo mucho de mi con mi desconocer. Soy un sujeto letrado en diccionarios. No tengo más que cien palabras. Por lo menos una vez por día me voy al Casares o al Moliner a fin de arreglar mi ignorancia, pero solo aumenta. Para el gasto con mi erudición aprovecho los almanaques: Cosa que no acaba en el mundo es gente ruin y leña seca. Mayor que el infinito es la encomienda”.

En el deslímite de las palabras el valle al mediodía parece un cuento de hadas. Sale el sol entre la lluvia. Corona el arco iris los árboles del bosque. “Érase una vez en el 22, la mayor de las inundaciones del Pantanal. El canoero Apuleyo bogaba ya tres días y tres noches por encima de las aguas, sin comer ni dormir, y tuvo un delirio frásico. La historia aconteció que un día revolviendo papeles en la Biblioteca del Centro de Criadores de Ñecolandia, en Corumbá, encontré una libreta de almacén, donde se anotaban las compras fiadas de arroz, frijoles, tabaco, etc. En las últimas hojas de la libreta descubrí frases sueltas, cerca de 200. Llevé el manuscrito para casa. Leyendo las frases de vagar imaginé que la desolación y la flaqueza tal vez tenga provocado, en el canoero, una ruptura con la normalidad. Pasé años peinando y desarreglando las frases. Desarreglé lo mejor que pude. El resultado es este libro. Desconfío que el canoero voló fuera del ala”.

Las garzas blancas se posan en el estanque. Los peces se espantan. La señora se va al lugar de santiguarse, a orinar en un rincón. Ella no es de hierro. Pero está tan feliz. La película se va a titular: “El amor de un capivaro”. Su querida hija se deja enamorar por el príncipe, que se le sube a recorrerla en la piscina. En el lomo del capivaro un tatuaje, la monstruosa faz de un diosecillo pagano. Con la lengua afuera. El capivaro era un verdadero macho.

La Academia Etrusca financió la película con la caja dos de su floreciente contabilidad. Adverbio se unta una crema para las arrugas. Y tiembla ante lo que grita Rogaciano: ¡Vienen las aguas! "Ayer llovió en el futuro. Las aguas encharcaron mis pertenencias, mis utensilios de dormir, mis ollas, mis cazuelas. Boyo en lo alto de la crecida como un corcho. Mi canoa es leve como un sello. Estas aguas no tienen el lado de allá. De aquí solo veo la frontera del cielo. ¿Un zopilote siente precisión de mí? Estoy nivelado con la copa de los árboles. El yacú cisca frutas entre las ramas del palmero”.

El canoero Apuleyo, el barquero de la historia, navega en ese mar de lama y no se asusta cuando aparece una bandada de murciélagos buscando un lugar en donde posarse. Su canoa no tiene mástil, y se posan en sus cabellos. Él se queda muy quieto, como una estatua, por largas horas, hasta que los murciélagos se cansan y se van. La verdad que se portaron muy bien. No estaban con rabia. Apuleyo le contó a los murciélagos quién era, para no enloquecer si lo olvidaba: “Tengo por nombre Apuleyo. Eso que gané de Sacramento. ¿Los nombres ya vienen con uñas? Me llaman señor Adjunto, de cuando serví de cabo adjunto en los cuarteles. No tengo vocación de Apuleyo, mi asno no es de oro. Nadie que tenga naturaleza de persona puede esconder sus nacencias. No fui fabricado de pie. ¿Soy el pasado oscuro de estas aguas?”.

El poeta anda sin duda inspirado. Transpira efervescente. Pide una limonada. La tierna hacendosa señora le prepara una jarra. ¡Qué limonada más fresca! El niño se relame. Las gallinas se acercan a la puerta a ver si sobra algo. La muchacha se ajusta los cordones del corpiño y se va a trabajar dándole vueltas a su bolsa, roja y chillona. La minifalda que deslleva es escandalosa; al verla su madre se santigua sin ir al lugar de costumbre. Ave María Purísima, que no combina con los zapatos. La joven, respondona, le minucia: “Yo se de las iluminaciones del huevo. No tremolan por mí los estandartes, ni organizo rutilancias, ni vengo de noblesmentes. Mayor que el infinito es lo incolor. Yo soy mi estandarte personal. Preciso del desperdicio de las palabras para ganarme la vida. Mi vacío está pletórico de inherencias. Soy muy común con piedras. ¿Lo que está lejos de mí es preclaro u oscuro?”.

Se va revolando la bunda por el camino del molino viejo. ¡Sólo al poeta se le ocurre desinventarlo! Pobre molino. Se pasa la vida moliendo los remordimientos de las gentes, para al final acabar en eso, en dragón de cuento de hadas. Ni el bebé se asusta. Son tantas locuras. Tantas insensateces: Don Ezequiel lee las noticias del periódico: "Tengo el hombro para que se posen las garzas, tiré las tripas de una palabra, la lluvia atravesó un pato por la mitad, deformó el color de las horas. Con placidez puso su mano en las aguas.” ¿Tengo facilidad para loco? se pregunta. Piensa en Etruria yendo meneándose por las entrañas del bosque. Es una extraña forma de despedirse. El niño le busca lo maravilloso a sus latas mientras medita en las mil formas de asaltar el supermercado. Quiere comer bizcochos, chocolate, macarrones, caramelos de miel. Otra cosa que no sea fariña. Don Ezequiel le recrimina, que no reclame, que se conforme, que se resigne, el cielo se lo tiene prometido. En el valle el bosque es verde y promete muchas cosas, hasta los loros saben de esto. No hace falta que lo diga el Padre Ezequiel, que todos saben de qué pie cojea. Adverbio sobre todo: "De lo que no se el nombre guardo las semejanzas. No preciso aparatos de escuchar ni levanto los vientos con palanca. ¿Mi boca me derrama? No gusto de blasonar, todo mi ser se abre como un labio a las moscas. No tengo competencia para morir. La enajenación de la luna en el agua es mayor que la mía. El cielo tiene mas de insecto que yo”. Don Ezequiel se echa las manos a la cabeza y llama al señor Obispo, que no permita que se acerquen los periodistas. Era lo que le faltaba. Ahora que está acabando de leer el periódico se entera por la página de sucesos que la dueña del burdel se ha ido de la lengua. Y redacta inmediatamente una réplica contundente, en su acerado estilo, tan afilado en las labores del púlpito: “No oblitero moscas con palabras, una especie de canto me ocasiona. Respeto las oralidades; escribo el rumor de las palabras, aunque no soy devoto de gramáticas. Solo se nada aumentado. Soy  culpable de mí. Voy nunca más haber nacido en agosto. En el piso de mi voz tiene un otoño. Sobre mi rostro viene a dormir la noche”.

Era el segundo día de crecida. Estaba con hambre y sin sed, era mucha agua por todas partes para sentir sed. “Lugar sin comportamiento es el corazón. Ando en vías de ser compartido. Pongo en su lugar las nubes en el ojo. La luz de las horas me desproporciona. Soy cualquier cosa jodida por los vientos. Mi panal es un poniente con golondrinas. Desenvuelvo mi ser hasta acercarlo a la piedra. Reposa el orvallo sobre la noche. Acepto en mi hado el oscurecer. Al fin de la oscuridad entró una lechuza”. 

Apuleyo era todo un artista. No cabe la menor duda. Completa el valle, lo inunda con su prosa demencial, le da sentido. Nada hay que no pueda ser dicho por un náufrago que habla solo mientras busca una isla en que desembarcarse. Hasta el niño ha dejado de hacer  ruido con las latas y se queda escuchando callado. También se ensimisma su madre mientras se santigua fuera de su lugar habitual y despluma los loros de la cena. Ella no para. Los despluma sin parar de santiguarse. Y escucha la radio: “Escucho el color de los peces. Esa vegetación de vientos me inclemencia. ¿Tiendo a rastrojo? Lo oscuro enflaquece mi ojo. ¡Oh soledad, opulencia del alma! En el yermo el silencio se incorpora. La noche me disminuye. Ahora biguás predilectan bagres. Confieso mis majaderías. Me vanaglorio de mis nimiedades. ¿Le confiero necedad a las palabras?”.

Llueve siempre. No para nunca de llover. Es el diluvio, las palabras caen del diccionario en tempestad. Los rayos y los truenos se suceden intermitentes. Los sapos abundan, y las ranas, y los caimanes. Las capivaras ni se diga. Y en ese no parar nunca de llover sale a hilachas el sol. Rayitos de luz en la noche oscura. Esperanza, todo pasa un día, no hay mal que cien años dure. Después del oscurecimiento es alegría. Y desenfreno.

La lengua frenética de Etruria pone a gozar al sisudo académico, que hace fila para deleitarse con el espectáculo. Se asoma a la barandilla de la canoa, eriza los bigotes, atusa las barbas, repule el estilo y dictamina: “Un escarabajo se agita en la sangre del poniente. Estoy irresponsable de mi rumbo. Me parece que la hora está más ciega.  Un fin de mar colorea el horizonte. Un oloroso barullo de alas viene del sur. He aquí atravesado en abril un martín-pescador. ¿Soy persona aprobada para nadas? Quiero palpar mi ego hasta gozar en mí. ¡Oh azucenas inclinadas! Estoy solo y mustio. Ando muy completo de vacíos. El órgano de morir me predomina. Estoy sin eternidades. No puedo más saber cuando amanezco ayer. Está cojo de mí el amanecer. Oigo el tamaño oblicuo de una hoja. Atrás del ocaso hierven los insectos. Metí como pude en un grillo mi destino. Esas cosas me cambian para cisco. Mi independencia tiene rejas”.

Al tercer día el canoero Apuleyo estaba empapado de menudencias. La luna hacía silencio para los pájaros, y él les escuchaba atónito el escándalo. “Un perfume rojo me pensó. ¿Yo contamino la luz del anochecer? Estos vacíos me limitan. Muchos pedazos de mí ya son destierro”. Se acercaba el último capítulo, y todos en el valle prestaban atención. El niño concentrado en los agujeros de la lata, para que no se escapara el lagarto curimpapá que había metido dentro. La doncella, pero ni tanto, discutiendo con un doctor en semántica por una absurda cuestión de precios. El ilustre don Honorando se negaba a pagar servicios que no habían sido del todo de su agrado. “Disculpe la delicadeza, su lengua estaba errada. Demasiadas influencias del idioma Guaná, tiene que reconocerlo. Debe olvidarse de sus días de niña en la aldea, debe concentrarse en lo que hace, fijar y dar esplendor al más puro estandarte. El guaná es una lengua muerta, no adelanta resucitarla”.

“El canto del sabiá me aleluya”, le respondió ella, sabiendo que el cuento llegaba a su fin, y que ya todo le daba igual. La suerte estaba echada.

Bugre Felisdonio no cierra la boca ni se sale de su asombro al ver la cara del yerbero Raizama, que retorna del matorral con el morral repleto de semillas, de raíces, de setas y mohos, lianas venenosas, ayahuascas infernales, cactus, sudores de sapo, un atado de mandrágoras y el perrito bizco llamado Beleño, saltitando tras él.  Raizama y Beleño se sientan a escuchar el desenlace del enredo. Raizama está con cara de acelga mustia, como si algo muy triste le hubiese picado. Es que se ha perdido la mitad de la novela, y ahora no sabe de qué va. Mismo así se sienta en el quicio de la puerta a escuchar concentrado el desenlace.

¿Recuperará Adverbio su virilidad? ¿Su amada volverá al buen camino? ¿El niño logra escaparse de la cárcel? ¿Don Ezequiel evita el escándalo? ¿Va a parar de llover algún día? ¿Bugre Felisdonio recupera la razón? ¿Rogaciano consigue acabar de contar su cosmología? ¿A Manoel de Barros le dan el premio Príncipe de Asturias? De repente es el poeta el que pregunta: ¿El valle perdido está yendo para Madrid o saliendo de Barcelona? Ese sí que estaba despistado, no se había enterado de nada. Pobre poeta, siempre en Babia, en una nube, contando musarañas. Sin norte, sin brújula y sin rumbo. Y sin sentido de orientación.

El poeta es el que más ansioso está por saber como acaba la novela. Tiene una idea genial para escribir una parecida, y quiere copiarle el final. No se le ocurre otro diferente. Él es muy corto de ideas.

Terminar terminar la novela no termina fácil. Solo cuando se secan las aguas del río, cuando se caen todas las hojas de todos los árboles del bosque, cuando las nubes dejen de serlo, y el viento se convierta en lombriz, cuando nadie vuelva a enamorarse por fin. Ahí si que se acaba no solo el cuento, también el mundo. Es la hora del ocaso, cuando el viejo toca la flauta. El viejo y sabio de Barros, él me cosa, él me rana, él me árbol. Él me repite: "Conozco como la palma de mi mano los meandros del río, fui amigo del Bugre Felisdonio, de Ignacio Raizama y de Rogaciano. Todos cataban clavos en la orilla del río para enfilarlos en el horizonte. Un día encontré a Felisdonio comiendo papel en las calles de Corumbá. Me dijo que las cosas que no existen son las más bonitas”. Ese repetir es lo que llaman estilo. Las intermitencias, las cosas desnobles como intestinos de moscas que se mueven por dentro de las palabras,  disculpe la delicadeza, eso es estilo.

Al final es lógico que todo se sobreentienda. Se atan los cabos sueltos, los personajes toman sentido, las capivaras se quitan los disfraces, el lagarto curimpapá era un juguete coreano movido a pilas. Podía ser todo nada más que un sueño, una película, una leyenda. Como si uno despertase y no se acordase de nada de lo que había pasado. En la versión comercial el hijo se vuelve loco y por robarle un centavo a su madre la estrangula. Su hermana descubre el crimen y se suicida. Los académicos le recriminan en sus críticas alardeadas en las revistas  de literatura por no haberles avisado a tiempo. Les hubiese gustado presenciar el suicidio. Etruria se mató tragándose la lengua. Luego Felisdonio acabó en la cárcel, era traficante de drogas, y Raizama un espía federal y Rogaciano un misionero jesuita huyendo del fisco. En fin, gracias a Dios que la versión comercial nunca llegó a ser publicada, los editores consideraron que atentaba contra la moral y las buenas costumbres. El libro también fue publicado en guató, en portugués, en pájaro. Aquella frase que recuerda que las mariposas son fascinadas por defecaciones fue censurada por la jerarquía islámica, y los imanes le ofrecieron el paraíso a quién acabara con la vida del poeta. Motivo por el que se refugió en el valle perdido. Allí no le han de encontrar los terroristas suicidas.

En este momento la emoción toma cuenta del narrador. Las lágrimas de agua del Pantanal se le escurren por la comisura de la boca. El canoero Apuleyo no encuentra el límite de la inundación y desnace al intentar saltar más allá de la línea del horizonte. La canoa se le volcó, un malhadado tiburón le hincó el diente. Menos mal que Apuleyo había nacido engrandecido de naderías y se esquivó detrás de un pulpo. En el valle perdido los pulpos aparecen en el sueño de los ipés florecidos. Si el paseante insiste puede hasta ver una centella de oro haciendo el amor con una garrapata. La película porno nunca llegó a ser estrenada, pues al capivaro no le consiguieron domesticar, Etruria no era su tipo de mujer. La buena mujer que Etruria tenía por madre no se conformó con el fracaso. Del disgusto enfermó. Le dio el mal de Alzheimer, pero al revés, nunca se olvidaba de nada; le vinieron de repente todos los recuerdos de su vida, el eterno retorno. (Nietzsche tenía mucha razón). Su hijo se convirtió en el mayor coleccionista de latas viejas del mundo, ganó premios internacionales, fue inscrito en el libro de récordes. Una de sus latas, de melocotones en almíbar, oxidada, corroída y abollada, aquella en la que había guardado las luciérnagas para reinventar la linterna, fue subastada en Nueva York, en una conceptuada galería de arte, y un coleccionista japonés pagó millones de genes por ella (en el futuro los genes ya son monedas de uso corriente). Al Padre Ezequiel le nombraron Inspector cardenalicio de moral pública; su primer decretazo fue ordenar el cierre inmediato de la Academia Etrusca. Adverbio pasó tres años en la cárcel por no haber conseguido recuperar su virilidad, las genitalias estaban por las nubes, y el banco no quería prestarle el dinero, decían que la operación corría riesgos. Felisdonio acabó sus días en la selva de Bolivia, entre los indios chiquitanos, fronterizos con los del Pantanal. Tuvo muchos hijos, pues las conas de las indias le fascinaban. Y ellas eran muy fértiles. A cada bebé que desmoría le ponían un nombre diferente, y que hasta ese momento no existía. Decía que no pararía de tener hijos hasta que no se le acabasen las palabras. Una barbaridad. Palabras sabía más de doscientas. Nunca se había olvidado de las primeras que aprendió, las que le dijo el Padre Ezequiel, que por cierto no era un sujeto escaleno: “Gustar de hacer defectos en la frase es muy saludable”.

La última escena del valle que recuerdo es el ojo alejándose del cuadro, y al fondo, recortándose en el paisaje, un bando de capivaras aleluyando en el río. Todas guardan agua en el ojo. La buena mujer saca el pañuelo emocionada y se suena las narices para disimular. El niño promete donar una lata de sardinas de cuando la inundación del 22 en el pantanal de Mato Grosso a la santa madre iglesia presbiteriana del último círculo mormón. Él ahora es pastor, tiene doscientos feligreses, le pagan el diez por ciento de todo lo que ganan, y él les permite tocar las latas, los domingos un poquito y el viernes santo el día todo. La única norma obligatoria de su ilusoria religión es: “Etruria debe ser un lugar sin sandías”. Pobre Etruria. Ella se negó a ponerse a adorar latas. Se peleó con su hermano y su hijo. Cansada de todo, decidió cambiarse de sexo, pasó a llamarse Andalecio, y se convirtió en cliente fiel de los lupanares gramaticales. Cuando reabrió la Academia, Andalecio fue uno de los primeros feligreses. Preguntó por Etruria, y se quedó tristísimo al saber que ya no existía. Se había apasionado de sí mismo. Adverbio salió de la cárcel y se casó en el ayuntamiento de Corumbá con un misionero californiano. Se casaron por el rito jamaico. Fue una boda muy concurrida.

De poetas, lagartos y delicadezas (y IV)




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