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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

¡Klaatu barada nikto!


Mucho ha llovido desde que  por primera vez escuché esa frase desde el patio de butacas del desaparecido cine Metropolitano allá por los tempranos cincuenta viendo la película Ultimátum a la Tierra.

Salía yo por entonces de mi niñez, y los agustinos, en los que estaba interno nos habían llevado al cine como todos los jueves. Mi infantil memoria la retuvo como una advertencia de terribles connotaciones que usé durante un tiempo como secreto talismán para conjurar posibles peligros que me acecharan. Así se la soltaba tanto al fraile de turno cuando se acercaba a mí con intenciones caponiles por haberme saltado el silencio de las filas o el comedor, como a mis declarados enemigos en las peleas del patio del colegio. Uno y otros  quedaban de una pieza escuchando aquel galimatías mientras yo deseaba con todas mis fuerzas verlos convertidos en sapos o en cualquier otro anfibio indeseable. Era mi grito de guerra como el de ¡A mí la legión! proferido por los novios de la muerte del Millán Astray, o los gorgoritos triunfales de Tarzán después de despacharse el león o el caimán de turno. Nunca funcionó, debo reconocerlo, y obviamente ni me salvó de los capones frailunos por hablar más de lo debido, ni de algunas ostias de mis compañeros de pelea.

Nunca supe qué podía significar, pero tampoco me importaba demasiado. Su valor para mí residía precisamente en ese desconocimiento que la hacía apta para usarla en cualquier ocasión.

Después, siendo ya adulto, volví a ver  muchas veces la película con la devoción y el arrobo del auténtico fan, y sólo entonces descubrí que Klaatu era el nombre del marciano que venía dispuesto a cargarse la Tierra;  pero el resto de la frase continuó guardando para mí su secreto hermetismo, su categoría de arcano.


Y por fin anoche, al terminar la proyección de la nueva versión con que nos ha obsequiado Hollywood de aquel clásico maravilloso de Robert Wise, caí en la cuenta del mensaje que el avieso guionista del original, Edmund H. North quiso trasmitir con ella y que no es otra cosa que la prohibición taxativa de hacer un remake de cualquier obra de arte, y especialmente de ésta.

Porque, me pregunto: ¿Había alguna necesidad de hacerlo? No. ¿Tan parcos de ideas andan los guionistas americanos después de su huelga que tienen que echar mano a viejos éxitos que además en un noventa y nueve coma nueve por ciento suelen destrozar impunemente el original? Debe ser. Pues eso y no otra cosa han hecho el guionista David Scarpa y el director Scoot Derrickson, activistas de cine palomitero como rezan sus currículos, en esta nueva versión.

Por supuesto que el original de Wise ha soportado mal el paso del tiempo y su lectura del pacifismo desde nuestra actual perspectiva resulta absolutamente ingenua; pero eran los tiempos de la guerra fría y las primeras bombas atómicas y el personal de entonces estaba tan acojonado como ahora lo estamos con el terrorismo integrista o el del estado. Parece que no tanto con la ecología, el calentamiento del planeta y nuestra propia supervivencia que es el deux et machina por el que han optado los artífices del remake.

Así han cambiado la guerra fría por  el ecologismo; el platillo volante por  unas esferas jipitruskas; y han convertido a Klaatu en una especie de Noé new age pasado por el tamiz de Al Gore que viene  dispuesto a eliminar al género humano por destrozón y guarrindongo.

Keanu Reeves nunca tuvo un rol más idóneo, su tenaz inexpresividad, que es su marca registrada, le viene al dedo al personaje del alienígena  cabreado travestido en humanoide que intenta entendernos antes de darnos el sopapo definitivo. Y ahí entran en juego la científica comprometida que interpreta la Connelly y su hijo; y aunque la borde de la Kate Bates y unos militares estúpidos (siempre lo son) le intenten chafar el asunto, al final el Klaatu, que en el fondo es un buenazo, se da cuenta de que no todo el monte es orégano y que  los terrícolas  podemos ser redimidos vía Green Peace,  y que no hace falta  mandarnos al carajo de un plumazo, que ya nos encargaremos nosotros solitos de ello sin ayuda extraterrestre.




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