Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Los viajes

de Sara Gutiérrez

Los cálculos de Copenhague

OTROS DESTINOS

Después de darle no pocas vueltas, decidí que sí, que Copenhague era el destino perfecto para una escapa otoñal de fin de semana.


Acostumbrada ya a cruzar fronteras europeas sin pasar por el banco para comprar divisas, me subí al avión con un puñado de euros en la cartera y mi tarjeta Visa. ¡Craso error!  


Nada más aterrizar, caí en la cuenta de que me había salido de la zona euro, así que en la primera ventanilla de cambio entregué mis billetes pensando que recibiría el equivalente en coronas danesas. Multiplicaba, dividía, sumaba y restaba y la cuenta no me salía, así que leí el ticket, algo que por otra parte cualquiera con la cabeza en su sitio habría hecho ante la primera sospecha de desajuste monetario, y efectivamente, ahí estaba la explicación: las arcas danesas se habían quedado con algo así como el 25% de mis dineros.  

Pensé: no cambio más efectivo, cuando se me acabe el dinero, pago con Visa y me ahorro los impuestos.

En Copenhague, la tarjeta tampoco es solución para saltarse impuestos y comisiones de cambio. En las facturas lo pone bien claro: si pagas con tarjeta de crédito extranjera, el importe se incrementa un tanto por ciento en función del tipo de plástico que lleves. En el caso de la Visa, que era el mío, un 3%.


Di tú que de perdidos al río, porque ¡qué carísimo nos resulta todo por allá arriba!

De lo caro, carísimo que iba a ser ya me había percatado al buscar alojamiento. En muchos hoteles de Copenhague, una habitación con baño compartido en el pasillo, y sin desayuno, sale más cara que un cuatro estrellas de oferta en España. Menos mal que, navegando por internet caí sobre la web de los Hoteles Cabinn, que, con varios establecimientos en la capital danesa, ofrece habitaciones sencillas con baño y desayuno a un precio razonable.


Pero bueno, el dinero no es más que dinero. Lo que más me preocupaba —antes de percatarme de que donaría parte de mi soldada al pobre Estado danés— era conseguir un aprovechamiento integral del tiempo: a la falta de luz (a finales de octubre a mediatarde era ya noche cerrada) se suma el que todo abre muy tarde (sobre las diez de la mañana) y cierra muy temprano (en torno a las cinco de la tarde). Me pasé horas leyendo y anotando mi guía, y me alegro.

Por cierto que, encontrada la cadena hotelera de mi salvación, lo difícil era dar con el hotel mejor situado. Eché mano del planopopout de la ciudad editado por El País-Aguilar y di en el clavo al escoger el Cabinn City. Y dicho plano me vino también muy bien para orientarme sobre el terreno, porque Copenhague es de esas ciudades pequeñas que ríos y canales convierten en un laberinto para el visitante apresurado. 


Ahora que paseo Copenhague en la memoria, pienso que de no haberlo llevado todo tan programado y estructurado como tienen fama de hacer los propios nórdicos, no me habría dado el fin de semana para nada.

En la próxima entrega compartiré con vosotros la maravillas que allí vi y las mojaduras que cogí, los manjares que comí y las horas que dormí.

Casi todas las fotos las hizo Eva Orúe; yo habré hecho una, o ninguna.

OTROS DESTINOS

Más sobre Copenhague en Divertinajes.com
Paseo por la ciudad
De museos




Archivo histórico