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Lugares comunes

Pedro Vallín

Nostalgia rural


Ah, el agro. Ese mito recauchutado por el naturalismo, el naturismo, el narcoecologismo, el altermundismo y otras ideologías de marcado carácter romántico, es decir, ultraderechista, o sea, reaccionario y antiprogresista, que coloca en posición de superioridad moral a cualquiera que vista taparrabos, poncho, boina, túnica o ceja de corriente continua. Que no les engañen, hagan el favor, el campo no es como se lo pintan. Quienes ven en el campo la autenticidad, la cohesión social, el gusto por el bien común, la vecindad, el buen yantar y el buen beber, la convivencia y la armonía con la naturaleza están pensando en el jardín inmenso de una casa grande. Y generalmente sólo visitan pueblos en fines de semana o fiestas patronales. En el marco rural se cobijan más bien las envidias como único motor de progreso social, el chismorreo como única actividad de comunicación humana, y la censura moral de los comportamientos ajenos como única ley realmente efectiva.

Hace muchos años, cuando aún escribía semanalmente en la revista del rotativo español que era diario independiente y se convirtió en global, Antonio Gala (sí, sí, unos veinte años hace ya de esto) dedicó un artículo premonitorio en el que recordaba que en la febril imaginación urbana, el campo es poco menos que un paraíso, un vergel de ecosistemas autoequilibrados en perfecto funcionamiento y gentes de bien y que la realidad se parecía más a pisar un boñigo y disfrutar de una permanente descripción olfativa de las distintas actividades agropecuarias –sea que acaban de abonar con estiércol o que la orujera se dispone a aprovechar los últimos pellejos de una oliva mil veces estrujada por ver si aún saca otra lágrima de aceite.


Ese extendido retrato antiurbano pinta siempre el campo como en aquel primer fotograma de La comunidad del Anillo, en el que Frodo Bolson está sentado bajo un frondoso árbol sobre un lecho de mullido césped y con una espiga entre los dientes cuando oye acercarse el carromato del mago. Antes de comparar eso con la generalidad del agro ibérico, conviene decir, a fuer de sincero, que, pese a usar la paradisíaca Nueva Zelanda para los exteriores, Peter Jackson aplicó un proceso llamado gradación de color a toda la película, y concretamente en esos planos de la Comarca, pintó de verde todos los fondos y de azul las aguas de lo que se suponía era el río Brandivino, pues pese a la exuberancia del lugar elegido y a la labor de los attrezzistas rellenando cada delatora calva de césped, no todos los detalles respondían exactamente a la idealización campesina que requería el relato de Tolkien, traído aquí, porque, no sé si lo saben pero si no lo saben ya se lo digo yo que para eso estoy, fue uno de los más fervientes militantes antimodernidad, antiindustrialización y antiurbano del mundo mundial. Lo que, ejem, ni quita ni pone al valor de su libraco, considerado por los críticos de su país como el mejor que escribió un inglés en el siglo XX. No lo digo en broma. Y sí, Joyce era güenismo, pero era irlandés. Bueno, a lo que iba, es que, aún sin pintar, seamos sinceros, la mayor parte del páramo que se extiende entre nuestras ciudades no se parece mucho a aquella fronda. Veamos.

Para sentarse debajo de un árbol por aquí habría que disputárselo a casi todo el resto del pueblo, claro, porque en la meseta, al menos en las zonas donde hay pueblos, lo que abunda son inmensas extensiones de cultivos de vides, girasoles y cereales, sobre todo cereales, con algunos pinos y encinas repartidos juiciosamente a razón de uno cada varios kilómetros cuadrados para adornar las puestas de sol y los anuncios del AVE. Lo cual, por cierto, de paso desmonta la falaz armonía con la naturaleza del campesinado, pues la superficie no ocupada por el cemento y las carreteras no está consagrada al equilibrio natural, sino más bien a la explotación agrícola intensiva, la construcción de naves industriales de uralita, y la consecución de una red de caminos carreteros muy del gusto de los pilotos rurales de quads, que los usan para levantar polvo. Los ardorosos pilotos no lo ven, pero siempre se imaginan que un helicóptero va filmando una estela como del París Dakar.


En todo caso, los aspectos morfológicos del campo importan menos, porque siempre son defendibles las ventajas que ofrece en cuanto a la calidad del aire (del aire, no del olor), la menor presencia de contaminación acústica (salvo por los antedichos quads, el percutiente sonido de los ciclomotores rurales, que van a escape libre y el eventual rugido de una motosierra) y las obvias ventajas que para la vista tiene que el horizonte de visión no esté a quince metros sino a treinta kilómetros. Lo cual, como dicen los oftalmólogos, descansa mucho la vista. Mucho más grave es la idealización pastoril del habitante del campo, en tanto sociedad preindustrial, no corrompida, una extensión del mito rousseauniano del buen salvaje, suficientemente refutado por la ciencia y la experiencia. Es cierto que el mundo rural, comparativamente, está inmerso en un proceso de mutación social mucho más rápido y sensible –claro, considerando de dónde venía– por las sucesivas revoluciones de la tecnología y las comunicaciones, pero aún sobrevive con robustez el uso de sonidos guturales precivilizados, vestigio de la comunicación previa al lenguaje hablado muy del gusto de los antropólogos, como principal herramienta de comunicación.

En el campo sobreviven comportamientos primarios de todo tipo, ya desterrados en la urbe, el principal de los cuales es el olisqueo del tálamo ajeno y el posterior comentario de las pesquisas realizadas en el banco de misa. Otra conducta muy extendida es la de échales el perro primero y pregunta después. En el mundo rural, la libertad individual para deambular está limitada a las carreteras, pues acceder a los pastos y sembrados, aun los que carecen de cerca, es una actividad peligrosa sobre todo debido a que muchos lugareños poseen armas de fuego consagradas a la caza menor, aunque también aparece como dedicación secundaria de esos arcabuces el conocido como dispara al bulto, que te están pisando el bancal. También gusta mucho las competiciones consistentes en arrancar la cabeza de algún animal al pasar al galope sobre otro, o la de arrojar una simpática cabra del campanario de la iglesia en un generoso esfuerzo por hacer al reino animal partícipe de las descargas de adrenalina que se experimentan en los deportes extremos.

Derechos como la libertad de culto, la libertad de expresión, la libertad sexual, la libertad política o cualesquier otro que se les ocurra que empiecen por la palabra “libertad” están severamente limitados en un universo en el que prima el caciquismo político –cuando dicen algunos que en Euskadi no hay derecho al voto libre se refieren exclusivamente al agro, y en eso, lo crean o no, la diferencia de libertades políticas con otras poblaciones ibéricas de tamaño reducido es poco relevante– y el atavismo religioso, y los principales mecanismos de ascenso social siguen siendo, no la libre empresa y la actividad emprendedora, sino el matrimonio y la lotería.


El campo está bien para sacar postales o, como decía, ir a las fiestas de la patrona a consumir cantidades desmesuradas de alcohol, viandas y drogas (sí, señores sí, drogas, que para lo que quieren en los pueblos son bien espabilados). Hace muy poco el humorista Fernando Sánchez Dragó –estos días, de luto tras haber establecido entre su montacargas y su gato una relación física similar a la de la orujera y los tegumentos de aceituna– escribía que vaya mierda Soria (la capital, no la provincia, que él la casa la tiene en un pueblecito), que el otro día se acercó y está llena de coches y ruido y gente con móviles y ya no se ve aquel paisanaje meditabundo y primario –noblote, que dicen los finos para referirse a especímenes cuya frente llega a los sitios minutos antes que sus ojos– dedicado a actividades dignísimas como el paseo en burro, la venta de ovejas o la extracción de mucosidades y cerumen con la uña larga del dedo gordo (sí, el gordo, el gordo, que el pueblo es el pueblo y antes para qué contar). Me gustaría que cualquier ciudadano de la modestita Soria le indicara al simpático y hoy doliente cómico de Telemadrid por dónde puede meterse su añoranza de la pobreza y el atraso ajenos.
 
El pueblo, ese que tanto les gusta, es un lugar donde el farmacéutico, el cura facha, el maestro, el médico y el secretario municipal conforman un burdo remedo de la burguesía, y donde dejar a una jovencita en estado de buena esperanza es lo más parecido a buscar una muerte prematura. Dicho lo dicho, sólo me queda añadir, que, en su próxima visita al pueblo, lleven condones o se limiten a confraternizar con otros como ustedes, es decir, urbanitas cantores de salmos pastoriles. Sí, si ya se que lo hacen. Anda que no les ha visto el arriba firmante de veraneo. ¿No ven que nació en un pueblo que no llegaba al millar de almas y era hijo del tendero? Acabáramos.




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