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De poetas, lagartos y delicadezas (II)

De poetas, lagartos y delicadezas (I)


Del otro lado del río, el bosque tropical. Es un río precioso, parece un diamante escurriendo derretido de placer entre las piernas verdes de una esmeralda lujuriosa y pasional. Las aguas de tan limpias parecen aire, las piedrecillas se deshacen entre los dedos de las manos, brillantes como pétalos de mariposas cuando al caerse muertas sobre las arenas de la playa devienen milagrosos topacios imperiales, limpísimos euclasios o generosos cuarzos espejados. “Porque el mundo no fue hecho en orden alfabético. Sino que primero fue el agua, después la luz, después el árbol”. Es un río tan bonito, tan de uno, tan íntimo y misterioso, es un río que sin llamarse Rio das Velhas, São Francisco o Amazonas no deja a merecer nada si con ellos se quiere, cosa odiosa, comparar. El momento preciso en que uno se zambulle en las aguas templadas y refrescantes del río es el momento en que el valle perdido se revela, y al desvelar la inusitada belleza de aquel bosque apasionado, nos muestra un panorama en el que la paz, la gloria o la salud, la felicidad, la alegría y la apacibilidad son solo nombres de pajarillos cantarines que saltan de rama en rama. Nombres trinados con letras vanas: “Me gusta más viajar en las palabras que en el tren, y como fui criado en el bosque, prefiero las cosas del suelo a los asuntos celestiales”.

Andar en el río, el agua por los tobillos, el lecho de piedrecillas silvestres, los ojos atentos a lo puntiagudo de algunos cristales, a lo incisivo del aguijón del sol o a las sinuosas serpientes insinuantes; el oído atento, encantado: aquella sinfonía parece con el canto de los ángeles, el sabiá la flauta maestra, los papagayos de orquesta al fondo y el colibrí centelleando en la marianiña. “Dejé un pájaro amanecerme”.
Nada más hermoso que un río corriendo hacia su destino. Un río transcurriendo como el tiempo por entre los meandros de la vida. Un río de poesía que no cesa, el rayo de la eternidad: “La tarea más lídima de la poesía es equivocar el sentido de las palabras”. El agua que pasa no ha de volver a pasar, a no ser que uno corra más que ella y vuele hacia atrás para volvérsela a encontrar. Nada más suave que el rumor del agua fresca de la fuente cuando chorrea  a encontrarse con su amado. Nada más emocionante que el acto de desnudarse y nadar como un pececillo en el estanque del paraíso. Las escamas del pez son las alas de la mariposa, son los pétalos de la flor de la yabuticabeira, son el amarillo del ipé y del topacio, el azul del cielo del euclasio, lo oscuro de la noche cristalina del cuarzo ahumado. Las escamas del pez son los pensamientos que se lavan al son del viento, son los pasos del enemigo que se van yendo, ¡qué alivio saber que la libertad está llegando a conquistar las almas de los enamorados! En el valle perdido el amor es posible, se llama río, es fresco, dicharachero y dulcemente sentimental. No es un río de amor. El río es el amor. En ese río los paseantes no corren peligro de ahogarse, aunque pueden encontrarse con un hada encantadora o con una mujer amabilísima en el camino. Quien anda por el río no precisa de camino. El río es el camino: “Había en el lugar un correr de agua sobre las piedras del río. Un corrimiento lírico. Andaba por allí un hombre que fuera desde niño comprometido para lata. Vivía entre ranas y mariposas. Me impresionó la preferencia de las golondrinas por él. Era un sujeto estrafalario, con cara de ser apenas una cosa. Un sujeto estrafalario con cara de ser apenas un trapo. Percibí que el hombre sufría por dentro de una enorme germinación de inercia. Una inercia que hasta contaminaba su andar y sus bártulos.”

El bosque rodea el río, lo envuelve, lo agasaja. El bosque es enmarañado, atlántico, tupido. Es vivo, guarda y da vida. Da agua, aire, verde, da mariposas, gavilanes, siriemas, da coatís, pacas, zorros, serpientes, da el azul y el viento, da olores, aromas, efluvios, da mosquitos, monos, tucanes, da muchos pensamientos. El bosque es el lugar en que la naturaleza se muestra más misteriosa, más emocionante, más idílica. El bosque es la continuación lógica del ser humano.

Cuando el hombre se apartó de él, su vida devino un desierto, un espejismo, un infierno: “Llevé a Rosendo al margen del pantano situado en el centro de la Isla Lingüística. Rosendo gustaba de frases en que entrasen pájaros. Improvisó una al momento: La tarde está verde en el ojo de las garzas. Y completó con Job: Sabiduría se tira de las cosas que no existen. La tarde verde en el ojo de las garzas no existía, pero era fuente de ser. Era poesía. El néctar del ser. Rosendo gustaba mucho del cuerpo fónico de las palabras. —Mire la palabra bunda, Manoel. Tiene un bonito cuerpo fónico además del propio. Le presenté la palabra gravaña. Por instinto lingüístico pensó que sería un lugar entrelazado de espinas y bien vicioso de mudas de gravatá  por debajo. Y era. —Lo que nos sobra de grandezas son los desconoceres, completó. Para mirar las cosas sin modo es preciso no saber nada. Es preciso entrar en estado de árbol, es preciso entrar en estado de palabra. Solo quién está en estado de palabra puede mirar las cosas sin modo”. Solo así puede quedar encantado. Sin explicaciones. Sin necesidad de aclarar que los gravatás son bromelias, que la bunda no son dos nalgas, es algo más. Algo más misterioso y prohibido. Simplemente dejándose encantar por las gravañas se disfruta la bunda de la musa.  

El encantamiento es posible en el bosque. El encantamiento es necesario, hace parte del rito, el encantamiento simplemente sucede. El paseante se queda colgado, ensimismado, parado en el tiempo, un colibrí libando de la flor, a toda velocidad de alas y absolutamente quieto. El ensalmo suena a hueco, el bambú de una flauta, el viento suave que sopla entre las ramas, casi una brisa, una melodía, un ensueño. Es peligroso dormirse, distraerse, perderse. Se puede uno caer al vacío, al abismo del ego, al precipicio del contentamiento. Hay que tener cuidado, andar con los ojos bien abiertos, los oídos atentos, los otros sentidos aguzados. Hay que disfrutar amablemente, deliciarse con sutileza y suavidad, embeberse de aquella atmósfera primordial, de cuando el tiempo y el bosque eran una sola y la misma cosa, una selva inmensa llamada eternidad: “El don de esculpir el orvallo solo lo encontré en la araña. No es por afanes cerebrales que se llega al milagro estético, sino por instinto lingüístico.”

A veces pasa que el bosque asusta, por su profundidad, por su silencio espantoso, por sus muchos meandros y alimañas. Parece que hubiese que luchar contra él, que fuese nuestro más encarnizado enemigo. Sabemos que no es bien así. Pasa algo raro entonces, habría que meditar mucho, relajarse, limpiar los pensamientos, lavarlos en las aguas del río, ponerlos a secar al sol, colgados de las ramas del ipé.
Otras veces el bosque es una maravilla, las cigarras alumbran, las luciérnagas cantan, sale el sol en plena medianoche, el bosque nos vuelve del revés, nos da vuelta como a un guante, nos saca todo lo de adentro, nos purifica, nos desenrazona, nos libera. El hombre debe saber desrazonarse paseando por libre entre los tantísimos árboles del bosque. Depurar los pensamientos, apagar la memoria, dejar de obsesionarse con el futuro, saltar del presente como del borde de un abismo. Y asombrarse con la vista. ¡Panoramas verbales!: "Escribir ni una cosa ni otra. Para decir todas, o al menos ningunas. Así, al poeta le viene bien desexplicarse. Tanto cuanto el oscurecer enciende las luciérnagas”.

En el panorámico valle el alma del paseante que se interna en el bosque se refresca con el murmullo caudaloso del silencio. El río es el vuelo de las mariposas. Las aguas son hojas caídas que el viento suave arrastra. Las piedras brillantes del lecho del río son flores de vivos colores. Las ramas de los árboles son pensamientos libres que se infiltran como perfumes enamorados entre las venas que irrigan el corazón de la naturaleza. Cuando se pisa una flor se muere una estrella. La poesía nace entonces del bosque en una fuente que mana incesante: “En las Metamorfosis, en 240 fábulas, Ovidio muestra seres humanos transformados en piedras vegetales bichos cosas. Un nuevo paso sería que esos entes transformados hablasen un dialecto cosal, larval, piedresco. Nacería una lengua adánica, edénica, inaugural. Una lengua que los poetas aprenderían desde que volviesen a los niños que fueron, a las ranas que fueron, a las piedras que fueron. Para volver a la infancia, los poetas precisarían también reaprender a errar la lengua. ¿Pero eso es una invitación a la ignorancia? ¿A meter el idioma en los mosquitos? Sería una locura peregrina”. Manantial de palabras puras, frases cristalinas, enredos cotidianos. Las muchas lianas se confunden con arterias, y la savia de los árboles es la sangre del hombre que pasea ensimismado. El canto de un sabiá le sirve de trampolín para balancearse en el vacío, sobre el abismo, al pie del precipicio. Cuando el sabiá para de cantar el paseante salta, y vuela, y recobra su perdida libertad. Nace el hombre de nuevo, el Hombre con mayúsculas. El Gran Hombre.

Mientras tanto el hombrecito, pequeño, sencillo y de a pie, sigue andando, paseando el bosque, entreverando pensamientos, con el corazón embalsamado por la pobreza y la dignidad, luciendo su prosaica prosopopeya al ritmo de la andadura. El bosque es el espacio divino en que los seres se ennoblecen, el ejercicio al aire libre, las montañas altas y limpias, los campos verdeantes, las piedras redondeadas por el viento y el tiempo. En el mar de montañas de Minas Gerais el bosque navega como un velero, de vela un río precioso. El bosque es un barquito que boya sobre el mar de montañas de Minas Gerais. La canoa de Apuleyo. Un barco velero, las hojas abiertas al céfiro apacible, las sombras al timón, de luz el sol filtrándose mágico entre las ramas, copos de niebla caídos aquí y allá. ¿Era Apuleyo quien decía que gustaba más viajar de palabras que de velero?

En el bosque y en el río, en el campo y en el monte, escuchando el quejumbroso latir del bambuzal, viendo llorar flores amarillas al ipé entristecido con la llegada de la primavera, tomando un baño en la fuente del molino viejo, dejándose llevar por la senda del riachuelo hasta el manantial, en lo profundo del silencio. Las altas copas de los árboles, las lianas enredándose en una danza sincopada de irremediables alegrías, el barullo de las cigarras y de los yacús, las cotorras enzarzadas en coloquio interminable y el sabiá cantando desde lo alto del cedro milenario.  Se respira misterio, algo sagrado, algo inaccesible, algo muy hondo, muy adentro, en las entrañas de la madre tierra. El valle perdido es una xoxota, una concha, la entrepierna de Venus, un matorral de pelos púbicos, un bosque de cavernas y texturas y calideces, un sagrario, una caracola, un altar. El río es el deseo, la esperanza, la calma, el poderío. El río es el equilibrio entre las partes, es lo que penetra y domina la escena, es el que crece y se desborda, el que irrumpe en torrentes, el que genera la vida. El río es la consagración de la primavera, la lujuria, la potencia, el placer inefable: “Hay un celo vegetal en la voz del artista. Va a tener que embizcar su idioma al punto de percibir el murmullo de las aguas en las hojas de los árboles. No tendrá más el don de reflexionar sobre las cosas. Tendrá el don de serlas. No tendrá mas ideas, tendrá lluvias, tardes, vientos, pajarillos. En los restos de comida donde gobiernan las moscas se encontrará solo. Será arrancado de dentro de él por las palabras, con fórceps. Saldrá entorpecido de tenerse. Saldrá entorpecido y oscuro. Como una sanguijuela gorda pegada en la barriga del caballo. Va el niño y corta con la navaja la sanguijuela. Escurre sangre oscura de caballo. De la palabra de un escritor tienen que escurrir sustantivos oscuros. Tiene que llegar enferma de sus dolores, de sus límites, de sus derrotas. El escritor tendrá que embizcar su idioma al punto de ver en el ojo de una garza los perfumes del sol”.

En el valle el escritor pasa horas y horas tentando describir la primavera en dos palabras. Sabe que tendrá que inventarlas, y considera. Cuando la primavera entra adelantada, y ya en los primeros días de septiembre se la ve venir con sus galas puestas, las aguas del río se muestran nunca tan transparentes y ya menos frías, da gusto zambullirse en ellas y sentarse y revolcarse y buscar piedras preciosas entre las sábanas del lecho. El lecho del río en primavera es nupcial, es amoroso y cautiva. Los cedros, manando sus primeras hojas, los jacarandás, las perobas y las aroeiras rebrotando, las  palmeras sacudiéndose el polvo de la sequía invernal  y las jabuticabeiras, en flor. Todo es y ya anuncia la llegada de la primavera: “Morir es una cosa indestructible”.

Como no consigue inventar esas dos palabras misteriosas, se pone a pensar como decir el río dándolo a entender. Sabe que en el mundo hay muchos ríos. Hay el Amazonas y el Cares, hay el Madre de Dios y el Tormes. Corren ríos de las montañas a los valles de todos los reinos del mundo. Corren el Nilo y el Missisipi, el Tieté, pobrecito y el Putumayo, el Sella, el Ganges, el Jordán y o Rio das Velhas. Con los primeros manantiales que después concurren y forman o Rio das Velhas nace un riachuelo especial, que lava bosques y montes, de aguas limpias y absolutamente frescas, deliciosas, un riachuelo divino, Ribeirão da Manga, muchas piedras, no todas preciosas, arenas finas y oscuras, una mata espesa, cabelluda, encaracolada. Árboles y helechos, lianas y orquídeas. Aquí un perdido ejemplar de plátano adulto, allí una bromelia, no en flor. Y las aguas de cristal, aguas que no existen, de otro planeta. Ese es el río más bello del mundo, porque es el río que pasa por el valle, es el río que pasa por la vida. El río resume la sabiduría del Creador, del poeta: “Sabio no es el hombre que inventó la primera bomba atómica. Sabio es el niño que inventó la primera lagartija.”

En el valle perdido abundan las lagartijas, los coatís, las capivaras, y los sabiás. El sabiá solo canta en primavera. En espera del primer canto del sabiá el valle vive momentos de absoluta belleza, y en plenitud abre sus alas al viento. Un viento suave, de madera, un viento que levemente se agacha para acariciarnos nos trae los primeros aromas de la primavera, penetrantes y almibarados, y las hojas secas que se caen a chorro, y las amarillísimas flores del ipé tapizando el verde, y muchas mariposas de repente sobrevolando la cagadita del armadillo. Mariposas de muchos colores en vuelo, sinfonía de almas encantadas, aquella chispa de comprensión y después otro chapuzón, despejar las ideas, purificar el cuerpo, temperar la vida. ¡Las mariposas parecen patos silvestres!: “Los patos prolongan mi visión...Cuando pasan llevando la tarde hacia lo lejos, yo acompaño”.

Ese primer chapuzón de primavera, esa espera sentado a la sombra de un vetusto jacarandá, a la espera de que el sabiá comience su concierto anual. La piedra para sentarse es una piedra enorme, arredondeada, con tantas formas reconocibles, parece un viejo negro fumando en cachimbo, parece la máscara de un arlequín, parece una foca y una bailarina andaluza y un violín. Según como se mire. El pensamiento corre suelto, vuela ligero, se sube en las mariposas y se va caballo del viento. Los gigantescos y numerosos helechos le saludan. El pensamiento corretea por las playitas increíbles que el río va formando en su coqueteo incesante, cimbreando las caderas como reclamo.

Ahí, de repente, inesperado, aparece por el rincón, sonoroso y hechizante, el canto del sabiá. Es algo que solo quién lo ha vivido lo puede celebrar. Es el paladín de la primavera, milagroso adagio, muchísimo sutil, perfumadísimo mas non tropo. El primer canto del sabiá se confunde desde siempre con el río más bello del mundo, porque es el río que pasa a orillas de la casa, en el corazón del valle perdido, es el río que pasa por la vida del poeta, es el río que pasa por mi vida. 

Ese río de palabras forma un libro como el sabiá con sus gorjeos forma la primavera. Raro es su largo título: “Prolegómenos del Libro de las Ignoranzas de Manoel de Barros”. Veamos como suenan las aguas de este río, leamos gota a gota sus humedales, sorbamos letra a letra su verborrea, escuchemos el canto del sabiá y no nos asombremos si de repente las palabras parecen volar fuera del ala.  Porque en el valle es fácil inventar palabras, ignoranzas musicales. Se palpan en ellas las intimidades del lenguaje, se aprende con ellas a hablar mal para aprender bien el idioma, el lenguaje esplendoroso es el que está vivo, el que se recría, como las vacas en los campos.

Un aviolonchelo ronronea el cielo. Un cielo repleto de fantasmas. Un cielo de aventura, desde el que llueven pájaros de colores chillones, un cielo casi azul que se deshoja, un desfollarse de risa. En el valle las palabras se pierden y se reencuentran, nacen y proliferan, palabras conocidas, atardecer, selva, deslumbror, y palabras extrañas, broemia, carafuso, estrimbático, morfético. Palabras desacostumbradas, con diversos significados: la música de las violetas, órgano lumínico de las luciérnagas, dícese de quién no se queda perplejo al mirarse en el espejo, especie de humanoide alienado, que padece cretinismo crónico, tiene mente pequeña, vista estrecha y poco valor. Palabras inventadas.

A veces revolotean las mariposas borvoloteando, otras un olorcillo de guayabas viene desde la saudade de la memoria afectiva a avisarnos de la llegada del verano. En el valle es difícil ser santo, es difícil no tenerle repelús a las arañas, en el valle las garzas no precisan lavarse porque ya son blancas, las ranas instilan secretos, los susurros de la arbolada parecen chismorreos de siriemas. Las coloridas esperanzas rechiquiticotean en torno de los jazmines salvajes, que florecidos se enredan en las lianas que lloran las milenarias gameleiras.

Nadar como un pajarito, volar como un pez, soñar con desmemoriados, las anduriñas bendiciendo los balcones de la casa, las tortugas bañándose en el pozo de los patos, las arenas rebrillantes y desnudas, y la lluvia vestida de arco iris, las horas pasando ensimismadas. En el valle los lagartos son hechos de inercia, el tiempo  es hecho de suspiros, perfumes y viento.

Disculpen la delicadeza, como suele decir el gran poeta brasil, don Manoel de Barros, pero el mundo es pequeño. Nuestro mundo es pequeño, somos hormiguitas neuróticas, microbios estresados, células tocando la flauta, motas de polvo en manos de un tornado. Somos filarquistas despistados, escarabajos enardecidos por los rugidos del atardecer, somos las latas con que juega un niño a orillas del riachuelo, somos el cordero que pasta entre las mentas y los tomillos, somos el sonido hueco del bambú, las cosas que no existen más, somos el vacío de la existencia filandreando entre el lenguaje de la selva de papel y la selva de palabras aún por descubrir, palabras selváticas, palabras salvajes, palabras que adoran a otros dioses, que tienen otras costumbres, que se rigen por diferente moral, palabras estapafúrdicas, absurdas, irritantes: trocaso, birinútil, zecadencias, ignoranzas. “Desaprender 8 horas por día enseña los principios”.

En el valle perdido el paseante atraviesa el bosque convertido en palabra, y cada palabra nace del tronco de un árbol, el alfabeto es una selva oscura, primero de todo agua, después luz y sombras, después el viento, el perfume, el suspiro.  “Para entrar en estado de árbol es preciso partir de un letargo animal de lagarto a las 3 de la tarde en pleno mes de agosto. En dos años la inercia y el bosque van a crecer en nuestra boca. Sufriremos alguna descomposición lírica hasta el bosque salir en la voz”.  Por fin un hombre tocando una flauta, a la orilla del río, una flauta de concha, como un gusano boyando en el verde de una vida, el fuego sirviendo de flotador, para que el lenguaje no se ahogue, no perezca.

Las palabras sueñan con sapos, hormigas y brujas, el alma de la lluvia embriaga, las flores son hechizos, las cotorras en la palmera espejismos, las moscas una paranoia, no existen, los saltamontes flautistas se metamorfosean en flautamontes saltistas y los gipitanos en torno de la hoguera danzan como indios tupinambás en día de fiesta. Algunos más drogados que otros mean sobre los hormigueros: “Idiotas del camino gustan de orinar en montecitos de hormigas. Les gusta ver las hormigas corriendo de un lado para otro, loquitas, desesperadas, sin calzas, como niños desamparados. Dicen ellos que están infantilizando las hormigas. Puede ser”.

En el río viene navegando un velero gris, repleto de capivaras. Las capivaras se restriegan contra el timón antes de hacer el amor. Se aman sin ocupar besos, nuevas palabras del viejo maestro de Barros, vate iluminado, gran voz que guarda agua en el ojo. Agua del Pantanal de Mato Grosso, que susurra: “El aparato de ser inútil estaba tirado en el suelo, casi todo cubierto de lodo. Entran cabezones dentro de él. Crecen jacintos sobre las palabras (el río funciona atrás de un jacinto). Corren aguas agradecidas sobre las latas. El sonido del novilunio sobre las latas será plano. Como el olor azul del escarabajo, táctil.” Cada capivara es una palabra extrañísima, nunca antes vista, no oída,  una palabra sutil y sentida, que expresa. El gusto por nadas, saber errar bien el idioma, los órganos sexuales del lagarto curimpapá, la aflicción de las orquídeas a la vista del coleccionista, el temblor del centenario ipé al oír la motosierra al amanecer de un nuevo día de trabajo del esforzado leñador. La meada del gipitano en el hormiguero: “Saltando sobre las piedras aparece un personaje lateral. Tiene una cagadita de pájaro en el sombrero. ¿Será uno de esos idiotas del camino? Los zopilotes se arrodillan ante él. La luz de la luna tiene gula de sus trapos”.

En el valle los árboles sienten, las ranas atardecen, los tomillos adementan cigarras, las mariposas de franjas amarillas son fascinadas por cagaditas de armadillo, las garzas bendicen a los enamorados, los nadadores nadan entre la nada y sí mismos.

También se pude matar el tiempo desnombrando cosas, es una manera simpática de esquivarse del compromiso, suicidar palabras, despojarlas de significantes y de alusivos comentarios, que no digan nada, casi nada, o más que nada.

Manoel de Barros dice: “Desinventar objetos. El peine, por ejemplo. Dar al peine funciones de no peinar. Hasta que quede con disposición de ser una begonia. O una gravaña. Usar algunas palabras que todavía no tengan idioma.”

Después insiste (la repetición es el estilo): “Desaprender ocho horas por día enseña los principios”. Manoel de Barros descomienza en el inicio del Verbo. Delira. Al escuchar el color de los pájaros, muda el sentido del lenguaje, y en vez de hacer nacer poesía, hace peosía, la belleza vuelta del revés. Él dice un girasol de Van Gogh, y lo dice en buen portugués, como si dibujara el olor de las piedras, o el silencio de las nubes flotando en el viento. Él dice la Naturaleza con calma y precisión, y lo mismo le canta al gorjeo del sabiá que a una mosca que en el manicomio el enfermero lleva para darle un baño. Son las descosas, que tanto abundan en el valle. Cosas que no quieren ser vistas, que no quieren ser nombradas, descosas que ni los niños ni las aves ni las palabras alcanzan a ver: “Poesía es volar fuera del ala. A los bloques semánticos dar equilibrio. En donde entre lo abstracto, amarre con alambre. Al lado de un palabrón ponga un término erudito. Aplique en la aridez intumescencias. Ponga una cagadita en lo sublime. Y en lo solemne un pene sucio”.


Llamaradas de lujuria. Las castidades le pervierten, las inmundicias le santifican. Sus frases se iluminan por lo opaco. Es un poeta de tierra. “Todos le enseñaban para inútil”. Un poeta enamorado del lenguaje, distraído, ensimismado. ”Aves hacían caca en sus cabellos”. Vive en el valle, a orillas del río, en una choza de bambú y techo de palma. Por las ventanas entra el paisaje, la luz y el aire. Por la puerta no cabe el bosque, y se queda afuera. En la chimenea se desconoce el color del humo. Parece cosa de brujería. “Todas estas informaciones tienen una soberbia desimportancia científica. Como andar de espaldas”.

Tras el límite de las palabras, Manoel de Barros nos cuenta de la crecida del 22, la mayor de las inundaciones sufridas por el Pantanal. El barquero Apuleyo padeció un delirio frásico después de vagar tres días perdido sobre las aguas, sin comer ni dormir. Y al romper con la realidad, escribió frases inconexas que Manoel pasó su vida peinando y desarreglando. Desarregló lo mejor que pudo. Y acabó dejando al lector desconfiado. ¿No serían aquellas frases cosas del Bugre Felisdonio?

Es normal. En el valle llueve en el futuro. Llueve por todas partes, hasta debajo de la cama. Las palabras son corchos que boyan sobre las aguas crecidas. Un inmenso mar inexpugnable. La única frontera es el cielo. Las copas de los árboles rozan el fondo de la barca. Las tortugas comen el fruto en lo alto de las palmeras, y el asno de Apuleyo se sienta encima del ipé a ver si para de llover y reaparece su amo. Está emocionado. Nunca había estado sentado en la copa de un ipé. Y se acuerda de su tatarabuelo, el asno de oro. “No uso aluminio en la cara. Hablo sin dexageración. Disculpe la delicadeza. Mi ojo tiene aguamentos.  ¿Fui orinado por las ovejas del Señor?”

El río es la noche eterna. Las aguas bañan los confines de la tierra. El barquero alucina ante tanta inmensidad: “Hay un azul abusando de la belleza. Los insectos ciegan mi sol. El lagarto curimpapá se agarró en el remo. Los bichos tiemblan en la popa. Hasta la serpiente eremisa usa toca y mea en el pañal. Los monos beben yemada, los periquitos hablan bajo. ¿Tertuliar con hormigas es lindero de insania?”.

El poeta precisa desperdiciar palabras para saber contenerse, se vacía para llenarse de nuevo, se locupleta, se hace uno con el lenguaje, deforma el tiempo, desrima mientras el barquero lucha contra la corriente, arrastrado hacia un diccionario oscuro y antiguo, un precipicio en el que las aguas desbarrancan incontentas, cháchara infernal que ni en algarabío se puede escribir. No hay palabras, y Apuleyo las descubre con competencias de pescador. Escribe su rumor, sin gramática ni normativas, ni aumenta ni disminuye, escribe tal cual es: “Voy nunca más haber nacido en agosto”, “En el piso de mi voz tiene un otoño”, “Sobre mi rostro viene a dormir la noche”.

A veces, por no tener lo que hacer, le escucha el color a los peces, son tantos, tan diversos; otras veces se deja disminuir por la noche, y como no puede dormir canta. Canta muy bajito, para que nadie le oiga, porque nadie le rodea, está por todas partes, y él quiere hacerse oír. Sabe y confiesa sus tonterías, se vanagloria de sus niquiscocios, los colecciona, los muestra, los cuenta, pormenorizadamente. Nadie dice que habla solo. Pero, ¿quién hace caso a Nadie?

El barquero Apuleyo navega sin rumbo, irresponsable, ciego, embriagado. Bebe verbardiente, un trago tras otro. Es una bebida nativa, un zumo de lianas fermentado, que le hace sentirse bien, como un martín-pescador, como una azucena, a pesar de estar tan solo. Se siente esposado al remo, pero libre de ir adonde le lleva la corriente. Su alma rebosa vacíos, y el “órgano de morir le predomina”. Tiene descoraje, se susceptibiliza y comienza a oír cosas, el requiebro del ala de un fantasma, el  “tamaño oblicuo de una hoja”, el no saber cuando amanece, las nubes de mosquitos tapando el sol, el bosque desperezándose, el calor es mucho, agobia el bochorno, parece que va a llover de nuevo, y aún no ha parado nunca de llover. Tanta agua. Todo es agua, hasta la luz. Luz de agua. La repetición es el estilo. Intermitencia ininterrumpida. Y un grillo que canta, el destino.
El barquero Apuleyo como una momia se acomoda en el charco formado en el fondo de su barco e intenta huir soñando, se imagina actor en un teatro, dibujando frontispicios, y desmuere. Se piensa condenado por el ocaso a ser hormiga, cree ver una estrella en la playa poniendo un huevo, y dice que fue un pájaro el que le enseñó para inútil. Le tuvo tres horas palpando el son de las violetas. Hasta que pasó boyando la rama de un árbol movida a mariposas. “Tiene un aroma de malva esta mañana. Han de nacer tomillos en mis sentidos”.

En el valle las palabras del poeta adquieren sentido. El valle es un buen lugar para leer las historias del barquero Apuleyo cuando la crecida del 22 en el Pantanal. Son tantas páginas indescifrables, tantas palabras dichas en susurros, y todas se resumen en el croar de una rana. Desnaturaliza pájaros, desmembrana el bosque, desinaugura la luz, desentraña el verbo, y todo lo que hace, en su barca, en su inundada realidad, le sirve al lector que a orillas del riachuelo lee apaciblemente para desentenderse de todo y convertirse, devotarse al sabiá, o a una golondrina bendita, discípulo ferviente. “Tengo amanecimientos precoces. No se más calcular el color de las horas. Las cosas me ampliaron para menos”.

El barquero se siente perdido, arruinado, destrozado. Y recomienza a escribir sus cuitas con tanta gracia y donaire que el lector se pone en babia a meditar. Apuleyo planta una azucena en su destrozada apariencia, y mira salir la luna por el horizonte estirando el brazo para ver si afuera ya ha parado de llover. ¿Afuera de qué? Al saberse desterrado llora, y sus lágrimas son jacintos. Son ellos que contaminan la luz del atardecer. Y las nubes que cruzan de arriba abajo, y las flores del ipé que vuelven desde el mes de agosto, y el dolor de una concha perdida en el fondo de la fuente. Falta una aldea en el valle, una choza de indios en que guarecerse. En ese mundo de agua han engullido las islas, las orillas, las tierras, los continentes. Solo el barquero y sus palabras, una acuarela china, pero de verdad, la inundación del 22 en el Pantanal, un libro de ignoranzas de Manoel de Barros. El mundo es tan pequeño.

En él caben un río y unos pocos árboles. Una casita de espaldas para el río. Las hormigas deshojan el rosal de la abuela frente al niño, que juega con sus latas maravillosas. “Su ojo exagera el azul. Todas las cosas del lugar están comprometidas con aves. Cuando el horizonte se ruboriza, los escarabajos piensan que están en un incendio. Cuando el río está comenzando un pez, él me cosa. Él me árbol. Él me rana”.    

El barquero conoce como la palma de su mano los meandros del río. De niño jugaba allí con sus amigos, el Bugre Felisdonio (“las cosas que no existen son las más bonitas”), Ignacio Raizama y Rogaciano. Se dedicaban a diversas travesuras, la no menos conocida y comentada, mariscar clavos en las arenas de la playa para meterlos en el horizonte. Fue el Bugre Felisdonio el que le enseñó a comer papel. Decía que los libros, los periódicos, los diccionarios y hasta los billetes del tesoro había que comérselos. Las palabras, si se mastican bien, son digestivas. Pero si no se mastican, atragantan, como el anzuelo en la garganta del pez. Apuleyo se siente un pez desdichado, desolvídase de hablar. Comienza a desnombrar palabras, las desmenuza, las desencaja, las desintegra. Después las muele, las tuesta, las arroja al viento. “Pero eran cosas desnobles como intestinos de moscas que se movían por dentro de sus palabras”.

Es la hora en que el delirio se enardece. La hora frásica. Las ranas croan desde lo alto de un jacarandá, en los pétalos de las flamboyanas boyan hormigas que incansables reman sin saber adonde van. Es una descomposición radical del paisaje lírico. Las frases conversan en portugués, en pájaro: “Añumas premunes mujeres grávidas, tres días antes del entumescer”. El poeta se engrandece con naderías, tropicalista, indoliniano y amortecido por la idiotez de la gramática y las represiones del verbo. Él quiere ser libre, por eso se desamarra al timón y deja que le lleve la corriente. El barquero Apuleyo es el maestro de Barros que traducido de sí mismo escribe este libro a orillas del riachuelo que atraviesa el valle de lado a lado, y sin caerse. En el barranco anidan los loros, que hacen coro. Las guacamayas chillan en busca de los nidos en los que sus pichones abren los picos ahogándose de hambre. Los que saben comer peces se salvan. “Las mariposas traslúcidas quedan estancadas en el tronco de los árboles. Hay árboles que parecen lagartos. Otros atraviesan inviernos que los pájaros mueren. Acechan los curimpapás, poco favorecidos por el horizonte. Ven tan poco que piensan que la gente es árbol, y ni se mueven. Y si están en aflicción de riesgo, combustionan”. Las aguas, a esa altura, se vuelven ranas.

Es la época de las lluvias. El fin de la primavera, las yabuticabas cubren el suelo del quintal de la casa, las ventanas observan las gallinas que ciscan entre las palabras de maíz, el niño sigue enredado con sus latas maravillosas. Ya pasó la época en que las cosas no daban aspecto, no daban ideas. “La lengua era incorporante, las mujeres no tenían caminos para los niños nacer, era solo concha, como en la leyenda de los Ñeengatús”.  Después abrieron una raja de unos cinco centímetros, que según se usaba iba aumentando, y la mujer pasó a ser tratada como una urna inconsolada, a la que había que agradar a cada cierto tiempo, para lo que éste fue inventado. El tiempo al principio fue hecho moliendo conchas. El polvo resultante se arrojaba al viento, y al contar una por una las infinitas partículas nació el aburrimiento, padre del río y del cielo y del bosque. Es entonces que el poeta descubre que lo que le da placer al leerse a sí mismo no es la belleza de las frases, sino su enfermedad: “Informé al Padre Ezequiel, mi preceptor, ese gusto demencial, y él hizo una limpieza en mis recelos: Manoel, eso no es una enfermedad, ojalá que siempre a lo largo de tu vida gustes de nadas.” Aprendió que es en los desvíos, al perderse, que se encuentran las mejores sorpresas, y los ariticunos maduros. “Hay que saber errar bien el idioma”. Así aprendió también gramática. Remando en esa inundación incontenta, solo como la una en un mar de letras, comiendo sandías, cigarras con miel, chupando pitangas negras, lo que llevase en la barca, silbando al viento, para que soplase sobre sus velas inexistentes, completamente desmemoriado  y sin leyes, incapacitado de pensar razonablemente en aquella difícil situación en que se encontraba, desaprendió la inocencia.

Está haciéndose de noche. El valle se guarda para echarse a reposar. La mujer en el fogón frita la mandioca, el niño esconde con recelo sus latas viejas, las gallinas suben a las ramas de la guayabera. “La vida es mucho más que un alfabeto. Primero es el agua y la luz. Después los árboles. Las lagartijas. Un hombre que aparece en la orilla del río Y un ave. Y una concha. El mar estaba en la concha. La piedra fue descubierta por un indio. El indio hizo fósforo con la piedra, inventó el fuego para que a la gente le sirviese de flotador. Y apareció el alma de la lluvia. Nacimos corriendo”. 

Ya es de noche. Ya se hizo. En el valle oscuro las palabras se desaglutinan. Letras sueltas se vuelven golondrinas, pisadas en la nieve, suspiros al viento. Entretenerse en ser algo que las palabras dicen no tiene sentido en el valle. Es como querer ser musgo sobre la piedra, llovizna, un paño de terciopelo que se le pone en el rostro al que se desmuere. La única tristeza posible es no ser el águila que se refugia en el caparazón de la tortuga. La tristeza de la tortuga viene de no serle posible compartir su caparazón, por lo que se echa a volar.

Cuando la tortuga se echa a volar porque el águila invadió su intimidad, el poema trasluce y radiante se manifiesta. Una sonrisa, una flor, una estrella no son más bellas que la poesía cuando se desnuda y se nos ofrece. El poeta también tiene alas, también se apavora, y espantado huye de su extraña condición. Huye extrapantado, atragantado con lo extraordinario. Huye con circunstición, la peculiar manera de cada uno llevar su circunstancia. Huye pavoloroso, despidiendo el olor del miedo a la hembra que sufre el macho en la hora del trance. “A quince metros del arco iris el sol huele bien”

Así y todo la vida en el valle transcurre con relativa calma. Las latas al niño ya no le parecen tan maravillosas, y para ponerles emoción las amarra a la cola del gato. Como si fuesen letras. Un niño muy travieso. Un portento. El gato huyó por la ventana escondido en su maullido, con las garras arañó el aire, con la cola hizo el adiós. La buena mujer, ya abuela, su vida un dramón ruso, luciendo al cuello el destino rudo, y tapándose con el vestido rosa y roto, con la voz ronca se va al río a lavar sus deseos. Luego pone las culpas a secar, se acaricia las manos con cariño, a falta de otras cremas, y se pone a mirar sin rumbo, valle arriba, valle abajo, mientras enjagua la ropa.  Cree que  no tiene edad de nadar, pero le apetece. En el río las aguas ya no arrastran tiempo, se han deshumidificado, ahora son descosas, nada más. Me disculpen la delicadeza. Pero el río que pasa por el valle conmueve. Y la buena señora se estremece, conmovida, al pensar en el futuro que le aguarda a su hijo, qué será de él el día en que las latas ya no le sirvan. En qué besos se ocupará. En qué ruinas tendrá que andar. El valle es pobre, solo da frutas, y carnes y flores. El futuro quiere otras cosas, pide tiempo, pide energía, pide ánimo. El desánimo se va con las aguas del río. Lo que se queda es la voluntad de seguir adelante, el descomienzo, el sonido del sino entre la arbolada, el cencerro de la oveja, el retumbar del trueno.

Aquella buena mujer triste, las latas con las que casi ya no juega el niño, el bosque que en las noches de tormenta amenaza. Es la tormenta la que tiene miedo del bosque, los rayos les tienen pavor a las serpientes. El poeta confunde el sino con el cascabel, y la obra se le echa a perder. Goteras en el tejado de la casa, neuras en el carácter, remordimientos en la conciencia. Y mucho desarrepentirse después, risas estruendosas, carcajadas desorientadas. También pasó una araña negra, pero nadie le dio importancia. El poeta ni la vio. La mujer tenía muchas cosas que hacer. Tampoco le prestó atención. Fue el niño el que tuvo la idea de meterla en una de sus latas y llevarla al analista. Se había vuelto loca. Su araño  la había dejado maltrecha. Le arañó toda la cara. Por eso que estaba tan desencajada.

El analista del valle es el murmullo del río al pasar por el bambuzal. Estaba  muy ocupado y no pudo atenderles. Otra vez será, dijo la buena señora, que ya estaba cansada de las trastadas de su hijo. El niño, muy agradecido, le cedió una de sus latas, de salsa de tomate, toda agujereada y descolorida, al analista, que la puso en su altar, con una imagen de la virgen de Fátima, un libro de las obras completas de Freud con las letras todas tachadas cuidadosamente una por una, una navaja de afeitar, un cenicero repleto de colillas de tiempo y un interlocutor de bolsillo, a pilas, de última generación, en miniatura.

Finalmente, haciéndose mucho de rogar, el analista diagnosticó con su equivocado ojo clínico una fiebre maculosa, dijo que debido a un garrapato contaminado por las capivaras mientras hacían el amor. El poeta, que no era muy creativo, imaginó inmediatamente una historia de amor entre capivaros y garripatas, con enormes araños medio mariquitas y marijuanas de sonrosadas mejillas, labios carnudos y tetas fellinianas. La buena señora se fue por el camino del molino viejo a santiguarse, se estaba apasionando del poeta. El era tan másculo, y tan original. Y mientras tanto en el río el barco con las capivaras espera que el marinero lustre el timón, recia madera de ciprés curtida por el viento, el sol y el coraje. Hay que tener valor para hacer peosía en estos tiempos que corren. Sería mejor meterse al ramo de la publiganda, a convivir con mujeres públicas, poderosos empresarios e infartos de miocardio. El niño se desfolla de risa. La madre le sacude. Las latas suenan a vacías. El vacío repercute. La araña se escapa por un desliz, y se agazapa debajo de un adverbio. Allí espera a que se olviden de ella. Se muere de vergüenza.

De poetas, lagartos y delicadezas (III)




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