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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Planetas y vampiros


Es muy de agradecer la sinceridad de Fernando Savater cuando, preguntado por la razón de su segunda participación en el Premio Planeta, responde: “Por la dotación desde luego, pero también para lograr que alguien se entere de que escribo ficción”.

Vistos los resultados, este año ha hecho carambola: se ha embolsado el premio literario mejor pagado del orbe mundial (¿Hacienda se lleva tajada del Planeta?) y hasta mi asistenta, que el año pasado le encantó la novela de Boris Izaguirre y desde entonces cree en los premios, se ha comprado la novela sin esperar a que yo se la preste.

Como yo llevaba ya muy mediada su lectura no quise adelantarle la ligera decepción que me estaba produciendo, y dejé que su sabiduría popular me diera un veredicto limpio de impurezas intelectualoides propias de un lector, yo mismo, que admite sin reservas su devoción por la obra anterior del autor, sea ésta de ensayo, de ficción, o de cualquier etiqueta que le queramos adjudicar. De Savater he admirado siempre su claridad de palabra, su fuerza expresiva, su incorregible libertad a la hora de de exponer y defender sus ideas y postulados; y sobre todo comparto con él su amor al cine, al cine de mi infancia y adolescencia, que es la suya, poblado de piratas, pistoleros, exploradores, junglas impenetrables y lejanos planetas, aderezados todos con el sabor a pipas y caramelos Sacy o chicle Bazoka consumidos en las sesiones dobles de los jueves y domingos por la tarde.

Empujado por esa mitomanía particular me vi en la obligación de terminar la lectura de La hermandad de la buena suerte —un título con cierto tufillo a cofradía—, pero que nada tiene que ver con las celebraciones de semana santa y sí más con la afición favorita de su autor, las carreras de caballos y el mundo que se mueve a su alrededor, algo que a mí particularmente, nunca me ha interesado lo más mínimo. Y esta novela de mi admirado Savater no ha conseguido tampoco despertar en mí empatía alguna con ese mundillo equino de carreras y apuestas múltiples.

No voy a decir que es una mala novela, pero tampoco es buena, y desde luego no da la medida de la inteligencia ni profundidad de pensamiento que podía esperarse de su autor; ni está a la altura de un premio de esa envergadura; y a estas alturas de su carrera es algo que debería exigirse a sí mismo aunque, como él también ha declarado, sólo se trate de una novela de género y como tal ¿disculpable?

Naturalmente esperé a que mi asistenta, que sólo lee en el metro, la terminara, y cuando le pregunté por su opinión me respondió: Bueno, no está mal, es como un capítulo de aquella serie donde una escritora muy chismosa arreglaba crímenes y otras fechorías.

Nada que objetar, lo ha clavado.


Sólo por vuestra integridad intelectual, y aunque como yo seáis amantes de todo vampiro que haya aparecido en las páginas de un libro o en la pantalla,  os recomiendo encarecidamente huir, como hacen los vampiros de pro  del crucifijo o los ajos, de esa ñoñería absoluta que es Crepúsculo. La revisitación del mito, que primero en los libros  de la saga hizo la autora americana Stephenie Meyer y ahora ha llevado al cine Catherine Hardwicke, es crimen de lesa vampiridad y ambas debían ser penadas a pasar una velada con  Nosferatu, para que se vayan enterando de lo que es un verdadero muerto viviente.

La cosa va de un teen-vampirito, guapo y dulce como un arrope, más que políticamente correcto, que no bebe sangre humana, ni practica el sexo. En el insti se enamora de una humana, mona, pero más fría que Tippi Hedren en Marnie. La pareja, con menos química entre ellos  que el flan que hacia mi madre,  tendrá que enfrentarse a sus respectivas familias y a una pandilla de vampiros ligeramente gamberros que se han fijado en el cuello de Bella para  saciar su instinto de Coca-cola humana. Los chicos, cual Romeo y Julieta de las estacas, deberán pasar por unas pruebas de gymkhana ferial para disfrutar de su sublime, casto y ñoño amor.

¡Vampiros sin hemoglobina, ni sexo, apañados vamos!

Pues esto arrasa en las librerías y las pantallas. ¡Joer cómo está la juventud! O qué antiguo me he quedado.




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