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Sara Orúe

Pensamientos encadenados

—Qué curioso que hayas llamado a este… A este… A este lo que sea “Pensamientos encadenados”.

Ha ocurrido lo que yo venía vaticinando, Julieta me ha interrumpido antes incluso de yo empezar.

—Dime, querida Juli, ¿por qué es tan curioso?
—En tantos años de amistad nunca sospeché que tuvieras pensamientos simples, figúrate pensamientos encadenados.

Va a ocurrir lo que yo venía vaticinando, te voy a dar una colleja que te van a dar palmas las orejas.

—¡Qué típico! Suplir la falta de inteligencia con violencia.
Julieta, plis, cállate si no quieres que les cuente a estos señores lo que tú pensabas que era la inteligencia artificial hasta que yo te lo expliqué.
—Violencia y chantaje, hasta dónde vamos a llegar.
—Hasta más allá de la coronilla seguro, me tienes hartísima.
—Recurrir a amenazas no te servirá para taparme la boca.
—Ahí tú, con la boca siempre abierta, como cuando entraste a la sección de belleza a comprar inteligencia artificial para ir a una fiesta de disfraces.
—Sí, pensaba que era un complemento de belleza como las uñas artificiales o las pestañas artificiales, ¿y qué? Una es tonta pero honrada.
—Menos mal que no fuiste a una pirotecnia, por si la vendían con los fuegos artificiales.
—Dudando estuve.

Bueno, al lío, que se me acaba el espacio.

—Aún tendrás que agradecerme que te doy contenido para la mitad de tu escrito.
—¿Puedes, amiga Julieta, estar calladita un rato largo?
—Lo intentaré, pero no prometo nada porque, reconócelo, soy la chispa de esta sección. Yo la chispa y Tío Ra las burbujas, tus mejores amigos, tu gente tu…
—¡Calla, por todos los dioses!

Señor, ¿cómo se puede ser tan pesada?

—Entrenando mucho. El tesón y el esfuerzo…
—¡¡JULIETA!!
—Vale, vale, ya me callo. Que carácter.

Le tengo cariño porque sólo puede ser como es. Julieta, como el fútbol…

—Es así.

Justo, Tío Ra. Y de esto precisamente quería yo hablar hoy, de los pensamientos encadenados.

—Ya entiendo. Yo, por ejemplo, siempre que pienso en Pamela Anderson pienso luego…
—Déjalo Tío Ra, no nos lo cuentes. Además, no hablo exactamente de eso.


Estamos, yo al menos lo estoy, tan condicionados por lo que vemos y oímos, que hay frases que en nuestras cabezas, van encadenadas para siempre. Por ejemplo, si oigo en la las noticias “El Papa ha hecho…”, yo pienso “un llamamiento a la paz” aunque luego, lo que el Papa ha hecho sea otra declaración de recorte de derechos a los que a él no le gustan o alguna cosa por el estilo.

Del mismo modo…

—Acabada la cena.

¿Lo ven? A lo que iba, del mismo modo que hay olores que te despiertan recuerdos, hay frases que te traen a la mente otras frases. ¿Me explico?

Este fenómeno a la vez que me hace gracia me da rabia. Me da rabia que mi primer pensamiento esté condicionado, sea por la iglesia, sea por la publicidad de este modo. ¿Y saben de quién es la culpa? La culpa es…

—¡Del cha-cha-chá!


Ya estamos otra vez, qué tostón. No, la culpa es de nuestro disco duro que almacena un montón de información inútil que se refresca en el momento menos adecuado y hacemos asociaciones de ideas inmediatas. Elemental…

Querido Watson.

Me preocupa esta frenética actividad de mi subconsciente, no se deja pasar una el muy capullo. Y también me preocupa que, no contento con las asociaciones de ideas propias, mi cerebro utilice asociaciones ajenas. Más concretamente asociaciones de mi madre…

—No hay más que una.


… sin ir más lejos.

Ella dice que, cuando era niña, acostumbraba a escuchar cuentos por la radio. Uno de los más recurrentes era el del enano saltarín, ya saben (o no), ese enano que amenaza a la molinera con quedarse con su hijo si esta no adivina su nombre. Desde ese cuento, mi madre (no hay más que una) y yo misma (con mi carisma) cada vez que oímos “A la mañana siguiente” pensamos o, lo que es peor, decimos: “Cuando llegó el enano”.

—Jesús, que difícil es todo.

Y tú que lo digas. Los pensamientos encadenados son raros (raros, raros). Pero (siempre hay un pero) puedo prometer (y prometo) que voy a intentar sacarlos de mi cabeza y no volver a usarlos jamás (de los jamases). Aunque, como lo pienso lo digo, no sé si tendré mucho éxito.




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