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Pedro Vallín

Consumismo, el demonio moderno


Es ver escrita la palabra y se me saltan los puntos del cuello. No es eso, pero si se sienten mejor pensando que me he estirado la papada y que mi lozanía es prefabricada, pues consuélense así. Yo, con que sean felices, contento. Pero no nos desviemos. Consumismo, he aquí uno de los inventos más ofensivos y más condescendientes que se le puede ocurrir a alguien sobre el comportamiento de sus semejantes y el propio. Empecemos con la contundencia que nos está dando fama internacional: el consumismo no existe. Y punto.

Les hablaba la semana pasada de cómo se usa la culpa para apartar del grupo la responsabilidad que sería obligado repartir en partes alícuotas. Pues éste es un caso paradigmático de irresponsabilidad colectiva. Fíjense que lo del consumismo se conjuga siempre con la primera persona del plural: que si “nos obligan a gastar”, que si “ellos con tal de que sigamos consumiendo”, que si “nos crean necesidades que no tenemos”. Pero, coño, ¿quién? ¿Se han fijado?: No hay sujeto en esas oraciones. Y si uno horada un poco y pregunta quiénes son esos “ellos” tan malévolos, la babayada que uno puede escuchar es algo así como “las multinacionales” o bien “los poderosos”. Ambas expresiones son usadas con el mismo grado de realismo que la famosa conjura judeomasónica, aliada del comunismo a la que tanto temía nuestro nacionalcatolicismo y que, excuso decirlo, nunca existió. De hecho, si hubiera existido, alguien podría presumir de que se hizo algo contra el franquismo, porque todos esos que tanto se golpean el pecho y claman por un castigo ejemplar para el régimen y sus colaboradores, durante la dictadura se movieron menos que los ojos de Espinete. Bueno, no hay más que ver que la principal ocupación de los aparatos de represión a partir de los años cincuenta era leer prensa y revistas de humor para que no salieran mamellas y pincantonerías varias. Y los únicos que se movieron, que fueron los seminaristas vascos, luego han entrado en bucle, como los pastilleros. Pero de nuevo, nos estamos yendo.


Volvamos. Pero poco. Una de las características más irritantes de las organizaciones totalitarias –y, en éstas, como verán, incluyo las iglesias, empezando por la católica– es que parten del principio de que los mayores de edad, en realidad, no pueden ni deben pensar por sí mismos y que los jerarcas de esas organizaciones, pese a ser nuestros iguales, saben mejor que nosotros lo que nos conviene. Por ejemplo: si el Gobierno despenaliza el aborto o legaliza el matrimonio gay, los católicos no tendrían motivo por el que ofenderse, pues la ley arbitra una posibilidad, no una obligación, de modo que pueden seguir manteniendo relaciones exclusivamente heterosexuales y pariendo todos los hijos que su dios les dé (ellos creen que se los da su dios). Pero no, lo que ellos quieren es que los preceptos católicos los sigan los católicos y todos los demás, porque ellos saben mejor que nosotros lo que es bueno para nosotros. Si lo piensan, no es muy tranquilizador: Ellos –sin consumo previo de psicotrópicos– hablan con un señor que no existe, que no se ve y que está en todas partes en todo momento, y debemos estar tranquilos dejándoles tomar decisiones por nosotros en lugar de mandarlos al psiquiatra, que es lo que se hace con la gente que oye voces. Esta presunción de saber más que tú sobre lo que de verdad quieres o debes querer es lo que viene llamándose el redentorismo.

Las izquierdas no son ni mucho menos inmunes al redentorismo. La revolución francesa o incluso la soviética, son (como todas las revoluciones, a poco que se rasque) movimientos de arriba abajo, de burgueses bien estudiados y engordados que levantan a las clases indoctas y pobres contra la aristocracia. No brotan de la masa sojuzgada que espontáneamente se alza contra quienes la someten. Eso no pasa.

Todo lo cual responde a coyunturas históricas en las que esto tenía cierta justificación, porque el reconocimiento de derechos individuales universales es relativamente reciente y siempre después de que esa subversión se haya producido de arriba abajo en un momento histórico previo. Las mujeres han sido tratadas como menores de edad hasta hace nada (en España, hace tres décadas), y en Australia, los aborígenes tenían un estatus a mitad de camino entre animales y hombres hasta antesdeayer. El problema es querer aplicar esos esquemas que avasallan la autonomía individual a nuestros tiempos y nuestros lugares. El esquema es sencillo: ¿por qué debo permitir que el alcalde de mi ciudad decida hasta qué hora puedo yo comprarme una botella de whisky, siendo yo tan mayor de edad como él? Y tan listo. “No, es que los chicos compran ron y hacen botellón”.


Cáspita. Pero... mmmmm... esperen, que yo sepa, un chico es un menor. Así que pregunto otra vez: ¿por qué el alcalde puede decidir que a las diez ya no puedo comprar absenta para emborracharme como una perra en mi casa? Y añado, lo de la lucha contra el botellón no tiene que ver con el alcohol, desengáñense, sino con la transformación de los centros urbanos de las ciudades. Desde que los pisos céntricos se arreglaron y en vez de viejas sordas viven matrimonios jóvenes de profesión liberal y euríbor también liberal, empezó a ser molesto lo de que la gente se divierta de noche, comenzaron los horarios restringidos de los bares y la milonga del botellón. Sigo. Si somos mayores de edad, debe tratársenos como tales. Es decir, si somos seres autónomos y responsables lo somos y punto. No caben medias tintas. Si puedo votar y discriminar la publicidad electoral, no necesito que un cargo público en defensa de la igualdad o de la salud pública me diga qué anuncio de moda puedo o no puedo ver o que tipo de publicidad de comida puede desviarme de mi dieta –Dolce Gavana y Burger King, por mentar dos ejemplos de cómo somos tratados como menores y protegidos de nosotros mismos por gestores mentecatos.

En este mismo principio se basa el concepto mendaz del consumismo. Y lo trágico es que, en lugar de bendecir su éxito, las izquierdas se ponen histéricas. Resumiendo la historia de los últimos tres siglos, la izquierda se ha salido con la suya en cuantos países se ha instalado: surgió para un reparto más equitativo de las plusvalía y para ganar para el trabajador unos derechos laborales y sueldos dignos, sistemas de protección social universales y, en resumen, un marco en el que el currante dejara de ser una clase miserable e incapaz de disfrutar de lo bueno que tiene la vida. Lo han conseguido, y sus funciones ahora, básicamente, deben centrarse en la extensión de derechos –matrimonio gay, despenalización del aborto, eutanasia– y la defensa de los derechos de quienes no los tienen por no ser ciudadanos del país, es decir, los inmigrantes. Porque hoy, los objetivos de las clases menos favorecidas –ser occidental y usar el término desfavorecido es pura autocompasión– se dirigen más a comprar la tele de plasma y ahorrar para el forfait que en conseguir jornadas de menos de 17 horas diarias y agua corriente en el barracón. Si me equivoco, díganmelo.


Si me han seguido hasta aquí, no creo que les cueste mucho cerrar el círculo ustedes solitos: no existe el consumismo, (salvo en casos puntuales de tipo patológico, un síndrome compulsivo de compra, pero no lo frivolicemos que es raro y grave) y sepan que aquellos que utilizan esa terminología, aunque usen la primera persona de plural, no hablan de sí mismos, sino de ustedes. En Barcelona hay estos días una exposición de artistas que denuncian “el consumismo”. Pero, piénsenlo, ¿el de ellos? No, mujer. El de ustedes. Ellos, que son mucho más listos, les han visto en El Corte Inglés y han decidido, que ustedes son unos irresponsables aunque no tienen la culpa, pobres, y que ellos sí se dan cuenta pero ustedes, pobrecitos, no. Hace falta ser muy engreído para acusar a los demás de ser autómatas al servicio  –esta es buenísima, me encanta– “del sistema” (¡el sistema! ¿pero qué carajo es el sistema? ¿cómo se llama? ¿fuma? ¿es licenciado? ¿a quién vota?), sólo porque uno quiere beneficiarse de las ventajas del enriquecimiento del país para vivir mejor, beber vino más caro, salir de copas y de viaje más a menudo y, en fin, disfrutar de la vida como nuestros abuelos no pudieron.
 
Fíjense en el tipo de discurso: Entre los artistas que cuelgan sus cosicas en esa expo catalana del CCCB, hay algunos que con sus creaciones denuncian que hoy “son los sujetos los que sirven a los objetos”. Toma ya. Ustedes/nosotros no sólo somos tan gilipollas que nos dejamos gobernar por la publicidad de los empresarios malignos (mediante desternillantes mecanismos paracientíficos como la publicidad subliminal y otras espantajerías que gracias a dios la ciencia ha desmantelado), sino que hasta un simple objeto, qué sé yo, un móvil, nos ha esclavizado. Bueno, pues nada, señores, si se sienten culpables o enfermos de consumismo, son muy libres (¿ven qué fácil es mostrar respeto?) de amargarse la vida como mejor prefieran. Lo único que les pido es que no nos den la lata a los que no nos sentimos pecadores por disfrutar de la vida. Y yo, mientras ustedes se fustigan, si me disculpan, voy a ver si me llegan las perras para un iBook en la tienda en la que también me voy a hacer con la cuarta temporada de una serie que me encanta tanto que ni me la voy a bajar de internet, y, si me da tiempo, me gastaré unos buenos duros en salir a cenar. Los hedonistas, como buena corriente precristiana, somos así, unos descerebrados sin culpa encantados de estar vivos. Los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados. Lo dijo un célebre hedonista. Y sí, también era un manirroto.




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