Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Colaboraciones

Varios autores

De poetas, lagartos y delicadezas (I)

por Manuel García Noriega

[Esta colaboración tiene su historia. En noviembre de 2004, Eva Orúe habló en su Círculo de iluminación de Manuel García Noriega, asturiano afincado en Brasil donde es dueño y señor de una posada rural, Capricho Asturiano, enclavada "na ladeira de uma chapada, no coração do distrito de Santo Antonio do Leite, no Município de Ouro Preto, a uma hora de carro de Belo Horizonte, a uma noite de viagem de São Paulo ou Rio de Janeiro, a um passo de avião de Madri ou Nova York". 

Cuatro años después, hace sólo unas semanas, Manuel escribió a Eva porque había visto su texto. Y para celebrar ese milagro virtual, le envió un trabajo sobre "el que yo considero el mayor poeta vivo del Brasil (y dudo que entre los muertos alguno le supere), Manoel de Barros".  

Dada la longitud del trabajo, hemos decidido pubicarlo en cuatro entregas. Es un prodigio de creatividad lingüística. No se lo pierdan.]

 

"Hay que saber errar bien el idioma."
Libro de las Ignoranzas
Manoel de Barros

"Las cosas que no existen son las más bonitas."
Bugre Felisdonio


A Tam Muro

En el valle perdido, en el mes de agosto, el oro sale de entre las arenas del río y se prende de las ramas de los ipés, esos árboles tan hermosos como la bossanova, los lagartos o las claras aguas limpias del amanecer. Eal Ipé amarillo, con mayúscula, es el rey sol del Brasil. Cuando estalla en flores, el ipé no solo resplandece, sino que no deslumbra. Mientras canta encantado: “Había un muro alto entre nuestras casas. Difícil de mandarle un recado a mi amada. No había e-mail. Su padre era un tigre. Yo amarraba el billete en una piedra prendida de un bramante, y le tiraba la piedra en su jardín. Si ella respondiese con la misma piedra era una gloria. Pero a veces el billete se enganchaba en las ramas del guayabo, y entonces era una agonía. En el tiempo de los tigres era así que acontecía”.

El ipé, si el sol se pone, se ruboriza. El amarillo pinta entonces de azul el rojo del paisaje. Los loros charlan posados en sus ramas secas. Ni una hoja, ni mínima señal de vida, parece un árbol muerto cubierto de flores, estrellas de oro incesante, estrellas que no queman, pétalos aterciopelados que cuando vuelan son mariposas, miles y miles de mariposillas amarillas suavemente posadas sobre las ramas secas del ipé.

Amarilleando el horizonte sobre los verdes campos das Gerais, esos árboles majestuosos desmanchan de oro las agruras y sequedades del árido paisaje. Un valle de bosques y prados, y al fondo los campos erosionados en cuyas monstruosas desintegraciones nacen desaforados el topacio imperial, el misterioso euclasio, y el morión incansable. Por doquier el poderoso cristal madre, el cuarzo majestuoso que resume y palpita, el reflejo y la transparencia de estar vivo. Y en el cristal, el jardín, las flores de oro buriladas como un girasol ante el espejo. El espejo en que el mínimo poeta pantanero Manoel de Barros concibe sus verborreas: “Un hombre cataba clavos en el suelo. Siempre los encontraba echados a lo largo, o de lado, o de rodillas en la tierra. Nunca de punta. –Así ellos no pinchan- pensaba el hombre. No ejercen más la función de clavarse. Son patrimonios inútiles de la humanidad. Ganaron el privilegio del abandono”.

En el valle serpentea un río de lecho de piedras brillantes y aguas limpias como el canto del sabiá. A orillas del río el bosque contornea la capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, juguetea con el amarillo bambuzal, y le sonríe gracioso y bello a los plátanos y a los cedros, a las jacarandás y a las jabuticabas, espléndidas y temporonas. Por entre los árboles del bosque a veces aparece de repente el ipé florecido, y si el sol entra entre las ramas con sus dardos luminosos, hiere la retina del paisaje. Vemos entonces la choza casa en que a la sombra de las lembranzas escribe el poeta este libro inusual: "Aquel hombre pasaba todo el santo día en esa función de catar clavos enferrujados. Parece que esa labor le propiciaba algún estado. Estado de persona que se adorna con trapos. Catar cosas inútiles garantiza la suprema soberanía del Ser. Garantiza la soberanía del Ser sobre el Tener”.

Manoel de Barros es uno de los doradores del Brasil, uno más de  los que resumen el alma y el carácter del pueblo brasileño, con una sonrisa abierta en el horizonte, que resuena como la bandera verde amarilla, o como los loros verdes en manada posados sobre las ramas secas del ipé. Manoel de Barros es un lagarto: “Lagartos huelen a verde”. Es un ipé florecido, una pintura delicada en el instante fónico del lienzo, un trazo genial del único maestro de la orquesta, verbalizado por los demonios del arte, barbarizado por la diosa Ventura, que no usa anticonceptivos. Es una infección verbal, una última y definitiva pincelada lingüística. Son monos los que chillan felices entre sus palabras inútiles y sus flores amarillas. Las arrancan y se cubren con ellas y celebran sus nupcias. Las delicadas siriemas, cigüeñas tropicales, se asoman junto a los curiosos armadillos, y el anta, tan señorona y golosa, rumbea en el bambuzal hozando entre los brotes. Tras del ipé en flor, las palmeras en pie. Charlando con las nubes. Una delicadeza del poeta, una tela de vela de barco y muchos colores, un cuadro de araripes embriagados sirviendo de cometa, para que jueguen los niños, boyándolo como un corcho en el lago del cielo: “Hormiga es un ser tan pequeño que no aguanta ni neblina. Bernardo me enseñó. Para infantilizar hormigas hay que pingarles una gotita de agua en el corazón. Me pareció fácil”.

Nietzsche decía que los pensamientos que llegan con pies de paloma guían el mundo. Otro poeta dijo que la tierra piensa flores. Flores amarillísimas, iluminados reflejos dorados que un árbol triste y seco solloza desde el invierno brasileño, el sol poniente despidiéndose lentamente. La tarde se posa en silencio en el ipé. Como las palomas que piensan la paz del mundo. Verdades relampagueando, horizonte en llamas, sabiás en fiesta. Y las estrellas, que caen como copos de nieve y vestidas de oro se prenden de las ramas secas. Ipé desnudo, vistoso. Efímero florecimiento del ipé. Porque luego luego las estrellas devienen mariposas y con sus alas de pétalos preciosos se van cayendo, entretejiendo un tapete bellísimo sobre la hojarasca. Un tapete volador. A quién se sienta en él todo le parece un sueño. Las palomas, las estrellas, las flores amarillas, los pensamientos que guían el mundo. El tronco recio y duro del árbol amarillísimo. Como el girasol, el topacio, un cuadro famoso: “Un girasol se aproximó de Dios: Fue en Van Gogh”.

Preciosa luz que se irradia desde el corazón apasionado del Brasil, en pleno invierno, y que persiste en la memoria durante la primavera, el verano, y el otoño, una floración puntual que mide el paso del tiempo, un rayo de comprensión súbita que alegra la vista del caminante y la del mendigo, que en el banco de madera de una plazuela de los arrabales de la gran ciudad, busca tesoros comestibles entre los sacos de basura, mientras los pétalos caen en lluvia de oro sobre sus ropas raídas por la necesidad. “El libro está de cabeza para abajo. Estoy desleyendo”.

En los valles y en los montes, en las orillas de los ríos y en el corazón de los bosques, a la entrada de la cueva o en el gallinero, camino del molino viejo, y en las márgenes del manantial, detrás de la capilla y frente al corral de las vacas, por todo el campo florece increíble el ipé. Como florecen las prosas ínfimas del poeta en las plazas públicas de las ciudadecitas del interior, en donde el siglo XVIII se quedó parado, en el aparcamiento de la estación, frente al Ayuntamiento, en el patio de la cárcel y en la fortaleza del tesorero. En la ciudad el poeta ipé es un chorro de luz cuando entre el humo y el asfalto ilumina el tránsito del progreso y dora el recuerdo de la naturaleza en extinción. Sus versos son pétalos de oro caídos sobre los deshechos, los gusanos que se pudren, las almas pálidas de los urbanoides: “Las garzas se posan en los humedales que ni brisas. Todas las mañanas.” Sus versos son pétalos amarillos revoloteando como las alas de la mariposa que hace el amor sobre la caquita del armadillo: “Un sapo falleció tres mariposas de una sola vez atrás de la casa. ¿Cometió una estulticia?”.

¿Qué sentido tienen en el valle perdido las mentes estrechas de los contemporáneos, que sentido tienen las razones pequeñas del estúpido rebaño? Las águilas se posan en las cumbres de la montaña, los periquitos se regodean en sus nidos y los sabiás trinan enamorados. Las tontas ovejas protegen a sus borregos mientras el lobo malo de las mil ideas acecha desde la hendidura, como si fuese una duda atroz asaltando la mente inquieta del filósofo: “Madre le cascó las liendres a mi hermano. Dijo que a mí no me pegaba porque no le di motivo. Subí al tejado, para darle motivo. Aquí encima del tejado la luna plateaba. Madre dijo que aquello no era motivo”.

En el valle el caminante tiene que ser leal a sí mismo, tiene que ajustarse a su conciencia y seguir las huellas que cree ver marcadas en la arena del lecho del río, aunque los demás no las vean e insistan en que la locura le retuerce el seso. El caminante tiene que ser valiente y saber osar, porque solo con arrojo y temeridad se consigue conocer los rincones más hermosos, las playas más encantadoras, los manantiales más profundos, los árboles más  esbeltos, los animales más desacostumbrados. Las pasiones más innombrables: “Una yegua iniciaba a mi hermano. Padre puso el grito en el cielo. Mi hermano fue convirtiéndose en insecto, para desaparecer. Se quedó en el bosque hasta mañana”.

Toda la luz del mundo se resume en el olor de una guayaba. Toda la belleza de lo creado se refugia en el hueco de un ipé florecido. El oro llueve precioso desde el cielo y en el azul sobrevuelan los tucanes con sus picos refulgentes. Poesía es la tierra elemental de que está hecho el camino. Cortesía es la palabra que mejor rima con ella. Disculpe por la delicadeza, Manoel de Barros


Manoel de Barros es poeta. El ipé cuando florece es como el poeta cuando estalla. Todo son palabras amarillísimas entre las flores que vuelan sobre el blanco del papel. Los sabiás tocan sus flautas de oro, melodía de mariposas que huelen a cielo: “La ciencia puede clasificar y nombrar los órganos de un sabiá pero no puede medir sus encantos. La ciencia no puede calcular cuantos caballos de fuerza existen en el canto del sabiá. Quién acumula mucha información pierde el don de adivinar: Divinar. Los sabiás divinan”. Son palabras suyas, poeta pantanero, poeta Brasil, poeta de las descosas y de los desencuentros, poeta de las palabras inconexas que aclaran locuras, sensateces absurdas. Poeta grande como la tierra que le vio nacer: “Escribo el idiolecto manoelés arcaico. Idiolecto es el dialecto que los idiotas usan para hablar con las paredes y con las moscas. El despropósito es más saludable que lo solemne. Para limpiar de las palabras alguna solemnidad uso caca. Soy muy higiénico. Y pues. Lo que pongo de cerebral en mis escritos sirve apenas de vigilancia para no caer en la tentación de creerme menos lerdo que los otros”.

Leer en el valle perdido a Manoel de Barros es como perderse en un bosque surrealista, los lagartos jugando con los adjetivos a orillas del río, los adverbios criando gusanos en la pared, el verbo desabriendo con el rumor de las guayabas: “Se dice que en la cabeza de los poetas  hay un tornillo a menos. Siendo que lo más justo sería decir que tienen un tornillo cambiado en vez de uno de menos. Ese cambio de tornillos provoca en los poetas una cierta disfunción lírica. Nombraré algunos de sus síntomas: 1.Aceptación de la inercia para dar movimiento a las palabras. 2.Vocación para explorar los misterios irracionales. 3.Percepción de contigüidades anómalas entre verbos y sustantivos. 4.Gustar de hacer casamientos incestuosos entre palabras. 5. Amor por los seres desimportantes tanto como por las cosas desimportantes. 6. Manía de dar formato de canto a las asperezas de una piedra. 7. Manía de comparecer a los propios desencuentros.”

Manoel de Barros es un niño que juega a inventar mecanismos de no decir, un inventor de cosas inútiles. No se cuida de tener razón. Busca solo decir cosas muy bonitas. Juega con sus latas viejas, oxidadas, agujereadas, juega con los renacuajos en la charca, con los patos en el estanque, con frases sueltas camino del molino viejo. Juega a volar cometas en frente de la capilla. Le gusta observar el color de las ranas. Pasa horas a orillas del río buscando preciosos euclasios para colgarlos de los puntos y aparte. En el bambuzal se sienta a no pensar en nada, y casi siempre lo consigue: “Una rana se creía importante porque el río pasaba en sus orillas. El río no tenía gran importancia para la rana, porque era el río que estaba a sus pies. Pues, pues. Para un artista aquel ramo de luz sobre una lata desterrada en un rincón de la calle, tal vez para un fotógrafo aquel rayito de luz sea más importante que el esplendor del sol en los océanos. Pues, pues. Ahora, hoy, yo vi un sabiá posado en la cordillera de los Andes. Me pareció el sabiá más importante que la cordillera de los Andes. La gente dijo: Su mirar es destorcido. Yo, por cierto, no sabría medir la importancia de las cosas, ¿alguien sabe?” El poeta niño juega con sus latas mientras va urdiendo el libro. Los personajes se le vienen espontáneos a la cabeza, tan sin ser nadie, tan de nada, pero tan significativos. Rogaciano, Bugre Felisdonio, Ignacio Raizama, un pescador, un curandero, un leñador. Etruria, la bellísima joven de mal vivir, don Ezequiel el cura, Adverbio el indolente. La buena mujer, madre y abuela, santa señora que vive sacrificada y santiguándose. Y el canoero Apuleyo, cuando la inundación del 22 en el Pantanal de Mato Grosso. Indios guatós y chiquitanos en el horizonte. En primer plano el sendero que va de la choza del poeta al molino viejo. A la puerta de la choza Manoel de Barros contando su historia. Al decir palabras inhabituales en aquella tierra próspera y fértil, el lenguaje se prende de la humedad, se pervierte, y fructifica. Se multiplica, se recrea. Nace otro poeta, nacen muchos que dicen otras veces las casi mismas cosas, de otra manera. Son tantas naderías las que se reproducen como ranas en el estanque, como garrapatas en las capivaras, como sarna en el lomo del derecho de autor, que el matorral toma cuenta. Lianas, raíces, plantas trepaderas brotan de las narices orejas boca del poeta: "Una violeta me pensó. Me apoyé en el azul de su tarde”.

Ese poeta llegó un día al valle, casi un vagabundo, un andariego, con la mochila, los utensilios de escribir, algunos libros releídos, un oráculo, un control remoto, para manejar el destino, un pasaporte falsificado. Había estado en el Pantanal, había vivido una terrible inundación, se había perdido en una canoa en aquella inmensidad azul. Contó muchas historias. Nadie sabía lo que era cierto. No usaba reloj. No tenía nombre. Le decían simplemente poeta. Vagaba el mundo buscándose. No se encontraba. Estaba feliz, aunque sufría de amores. Casi no hablaba con nadie, ajeno, hastiado. Tal vez maleducado, indelicado.

Para espantar el hastío, para corregir su mal humor, decidió escribir un libro traduciendo al castellano algunas frases de Manoel de Barros, pero se le iban de las manos como truchas resbaladizas, se le huían. En vez de, reescribió. Copió, pero no literalmente, y a vuelo de intuición, sin gramática y sin diccionario. El valle fue tomando vida, los personajes salieron del tintero, el argumento desenvolvió su esqueleto de espuma. Nadie hizo acto de presencia. Su amigo Adán venía tras él.

En el río las aguas tan claras y frescas, los pajarillos los árboles las piedras las cosas seguían todas en el lugar desacostumbrado, las nubes parecía poemas y las gotas de lluvia garzas blancas. Flores borvolotean, mariposas florecen, el lagarto curimpapá se esconde en la cueva. Manoel de Barros, en un recatado recanto del paisaje, limpia con cagadita de armadillo las palabras para que no tengan solemnidad alguna. Las mariposas revolotean. Les encantan las cagaditas de armadillo.

Manoel de Barros predica con el ejemplo: ”Soy aquel que gastó su historia a orillas del río. Al lado de una lata de una piedra estoy conforme. Pajarillos del bosque gustan de mí y de guayaba. Una rana me bendijo con las manos en el agua. Mi dexageración es ser fascinado por trastes. La lluvia azulea la voz de las golondrinas. Los sapos saben divinamente, más que los árboles, más que los hombres. La sangre del sol en el agua atrae mariposas. Pasan hormigas perdidas en el lado izquierdo de la casa. En las tardes las cigarras revientan el verano. Estoy posado en mí igual que hormiga sin rumbo. No salgo de mí ni para pescar.”

Tanta armonía, tanta dulzura, tanto frescor. Éxtasis divino de un alma quieta que se encuentra con su señor en lo profundo del bosque. El amor arrebata y hace sentir extraña sinfonía de pensamientos fugaces como rayos de sabiduría que destrozan las palabras con su potencia fulgurante. El Señor es generoso, es bueno y misericordioso.

El ritmo exige concentrarse en la respiración y leer los signos del sendero atentamente para no perderse y despeñarse en los abismos de la ignorancia, del miedo o de la descortesía. El caminante debe ser valiente y cortés, leal y misericordioso. Valiente con los enemigos, cortés con todo el mundo. Leal consigo mismo y misericordioso con los vencidos. Lo decía Nietzsche. Lo sugiere el valle. Lo da a entender el ipé cuando florece. El ipé y el lagarto curimpapá, el sabiá, las capivaras, el monte, el río: “Quién anda en los carriles es el tren. Yo soy agua que discurre entre piedras. Libertad se las amaña”.

Un riachuelo serpenteando entre las piedras que soportan el bosque, frondoso y salvaje. La naturaleza bulliciosa, las mariposas azules revoloteando en el enramado por el que se filtra aleluyando el sol, sol de montaña en el trópico. Los monos en los árboles chillando de alegría; los pajarillos, de todos los colores del alfabeto, trinando concertados en algarabío. Y el lagarto verde, delicadamente verde, reverdeciendo sobre la arena de la playa: “Cuando las aves hablan con las piedras, y las ranas con las aguas, es de poesía que están hablando”.

Un lugar escondido en un pliegue de la piel del planeta tierra, un recanto encantado que conduce a la visión, al paraíso, a la paz del descanso merecido. Un encantamiento incomprensible. Intuición de la eternidad, que permite ver los senderos cubiertos de hojarasca, palmeras esbeltas como gacelas en celo, el ipé ruidosamente florecido, estampado de amarillos, y el sabiá, en ritmo solar, gorjeando alucinado con tanta belleza: “La mayor riqueza del hombre es ser incompleto. En ese aspecto soy abastado. Palabras que me aceptan como soy, eso no lo admito. No aguanto ser apenas un sujeto que abre puertas, que empuja válvulas, que mira el reloj, que compra pan a las seis de la tarde, que ve allí afuera, que le saca punta al lápiz, que mira las uvas, etc., etc. Perdonadme, mas yo preciso ser Otros. Pienso renovar al hombre usando mariposas”.

Valle perdido en el sueño de los siglos, cristales y topacios, armadillos, tucanes y siriemas, el edén que algunos llaman tierra prometida. “Pasaba los días allí, quieto, en medio de cosas menudas. Y me encanté”. Valle de aguas puras, frescas, cristalinas, que corren desde la capilla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, erigida por la devoción de los que doscientos años atrás llegaron a este valle. Valle perdido entre las montañas de Minas Gerais, en un lugar misterioso, en las cercanías de la sierra de Ouro Branco. Allí el hombre vuelve a sentir, a vivir el bosque con intensidad ardiente, a oler, a ver, a saborear, a tocar, a oír, a sentir, a vivir el aroma del viento. “Naturaleza es una fuerza que inunda como los desiertos”.

Galopar en un caballo fogoso por los montes, caminar con los pies descalzos buscando oro en el lecho delicioso del riachuelo, chupar  pitangas observando el bamboleo del bambuzal al viento, puro sentimiento. “Soy más la palabra a punto de escombro. Amo arrastrar algunas entre cacos de vidrio, vergarlas hacia el suelo, corromperlas, hasta que me padezcan y me ensucien de blanco”. El valle perdido se puede simplemente andar, andándolo no más a la sombra de centenarios árboles majestuosos, reyes de la floresta, señores del silencio. Andar a solas en el bosque con la vida interior explotando de serenidad. Andar los caminos de la vida adentrándose en la selva inmensa, pura sensación de eternidad.

Un lugar propio para rodearse de pensamientos claros, de pensamientos limpios. Un lugar de oro verde, remota garganta por la que se desliza un río transparente, estrecho valle deslumbrante, sinfonía de tierras encantadas. El canto armonioso de los innumerables pajarillos se confunde con los diversos pensamientos que discurren de agua entre las piedras preciosas. Las palabras se lavan antes de decir nada. Florecillas de colores vivos y alegres salpican las ideas, placidez benigna que inunda el ambiente mientras los razonamientos bostezan desmemoriados y una paz bella e intensa aparece desnuda y fluctuando sobre la más clara filosofía, saber vivir. Un lugar apacible propio para recomponer  el ánimo y alcanzar la ansiada serenidad, propio para ensimismarse en la libertad salvaje de la fecunda Naturaleza. “Por vivir muchos años dentro del bosque, moda ave, el menino pegó un mirar de pájaro, contrajo visión fontana. Por la manera en que veía las cosas por igual, como los pájaros las ven”.

Manoel de Barros es un gran amante de la Naturaleza, es un enorme poeta mínimo, que filosofa fascinado por pajaritos, es un tremendo poernitólogo: “Para componer un tratado sobre pajaritos es preciso primero que haya un río con árboles y palmeras en las orillas. Dentro del quintal de las casas que por lo menos haya guayaberas. Y que haya cerca un valle húmedo y golosinas de valle húmedo. Es preciso que haya insectos para los pajaritos. Insectos de palo sobre todo que son los más palatables. Sería óptimo si hubiese libélulas. El azul es muy importante en la vida de los pajaritos. Porque los pajaritos precisan antes que ser bellos ser eternos. Eternos que ni una fuga de Bach”.

En el valle perdido entre las montañas del cuadrilátero topacio de Minas Gerais, las aves migratorias se posan a descansar camino del Pantanal. El poeta allí se instaló, levantó la choza, plantó un huerto; criaba conejos y gallinas, un cerdito llamado Rozagás, que se murió de envidia al ver una capivara aleluyando en el río, una vaca enana, Risoleta, el perro Beleño: “La poesía está guardada en las palabras, es todo lo que se. Mi sino es no saber casi todo. Sobre la nada yo tengo profundidades. No tengo conexión con la realidad. Poderoso para mí no es aquel que descubre oro, para mí poderoso es aquel que descubre las insignificancias, del mundo y las nuestras. Por esa pequeña sentencia me elogiaron de imbécil. Me emocioné mucho, y lloré. No soporto elogios”.

Bugre Felisdonio tampoco sabe recibir elogios. Es un personaje desimportante, sencillo, simple, un personaje anónimo que vive cantando para sí éste hermético estribillo: “Las cosas que no existen son las mas bonitas”. El yerbero Raizama, a su vez, aprovecha la inspiración y busca orquídeas, topacios y miel silvestre cuando va al monte a por tomillos, mentas, salvias y romeros. Es muy cortés, muy humilde, habla bajito, casi no se le entiende lo que dice, habla contaminado por lenguas indígenas, es un hombre hermético. Su amigo Rogaciano, puro indio guató, está pescando en el río. Cerca del padre Ezequiel, que lee tres libros al mismo tiempo, uno con cada mano, y el otro en pie: “Concierto a cielo abierto para solos de ave”, “Compendio para uso de los pájaros”, “Retrato del artista cuando cosa”. Se santigua escandalizado al leer un poema titulado: “Poema concebido sin pecado”. El niño juega con las latas viejas. Hace mil travesuras. Esconde un armadillo en una de ellas, le amarra otra a la cola del lagarto, guarda sapos y escarabajos debajo de una piedra y pone la lata encima para disimular: “Ya me di al disfrute de ser al mismo tiempo piedra y sapo”. Adverbio no sabe la que le espera. La buena mujer limpia un pedazo del bosque y erige un lugar de santiguarse. Construye un puente y planta un naranjo. Por debajo pasa el arroyo que viene del manantial. Y allí se pone a santiguarse y a meditar en lo que el cura le acaba de decir: “Tengo que alcanzar la indulgencia piedral. Una azucena me convidó para esta noche. Los pajarillos hacen árbol de tarde en los vagabundos. Poeta es una persona que reverdece en él mismo. Reconocer la eminencia de los insectos lleva a la sabiduría. Las garzas cuando despegan atardecen. Por el cuerpo de las latas viejas manan rosas.” Poco sabía ella que su hijo cabeza dura oveja negra delincuente profesional que comenzó siendo un niño jugando con latas oxidadas acabaría convertido en eminente pastor pentecostal de un rebaño de ilusos. Montó un culto marginal a las latas viejas y se hizo rico. Ni podía tampoco imaginar la buena mujer que su hija, tan linda y pura, viviría amancebada con don Honorando, el profesor de lenguas filílicas, casado y con tres hijas, hipócrita y muy respetable. Ni mucho menos que iba a tener un nieto que habría de convertirse en un famoso descosidificador. ¡La abuela decía que iba para inútil! Y se santiguaba viendo las cosas que el poeta le escribía a su hijo mientras jugaba con las latas: “Casi vestida de sol vi la lluvia encima del cerro. Me gusta jugar con las palabras, tengo pereza de ser serio. Me encantan las tonterías. Cuando crezca, quiero ser un niño”.

En el valle, si crecen, las palabras juegan a ser infantiles. Quieren ser amarillísimas, curimpapás y morféticas, se divierten dando a entender cosas sin importancia, y cuando se echan a reír es que dicen las cosas menos útiles de todas. ¿El lagarto es verde porque es verde o porque es lagarto? le pregunta el niño al padre Ezequiel. ¿Las moscas son de verdad o son paranoias?, ¿Se puede ser rico sin tener que trabajar?. El niño es inquieto, travieso, sabido y mocoso. Muy indiscreto.  El padre Ezequiel le tiene pavor a las preguntas del niño. Sobre todo cuando entra a querer saber cosas de doctrina: ¿Dios es azul o vuela?

En el valle perdido, sabiendo lo peligrosas que son las palabras que lo pueblan, conociendo la abundancia de palabras venenosas, el caminante se adentra receloso y con el alma en un puño. La sobrecogedora belleza, el pozo azul de aguas claras y transparentes como los pensamientos del niño que juega contando los granos de arena de la playa. Los innumerables pajarillos cantando trinos diversos desde el enmarañado del bosque tropical. Las palmeras que se izan majestuosas sobre las copas de los cedros. Los ipés florecidos como diamantes amarillos esculpiendo de color el horizonte, y las redondeadas piedras del deseo arracimándose en las orillas del río, ofrecidas al sol que se entrevera por los brazos del arbolado. “Las flores de esos árboles nacerán más perfumadas”.

La luz, esa luz misteriosa, que remite a tiempos antiguos, a espacios salvajes, cuando la naturaleza estaba en su condición virginal y el hombre no le había roto la inocencia, nos recuerda que no todo lo que reluce es oro. Luz propicia para pensamientos serenos, que se desbordan como el chorro fresco que mana de la fuente, entre las raíces de la gameleira, a cuya sombra podría acogerse una aldea entera: “Él solo andaba por lugares pobres, y era todavía mas pobre que los lugares pobres por donde andaba. Nada mas llegar dijo: Quien abandona la Naturaleza se convierte en gusano. Las aves nutrían por él deslumbramientos infantiles. Él conocía el acento de los gusanos, y tenía una manera de árbol clavada en el mirar. Usaba una chaqueta de lana sucia y estiércol de aves. Pero no estaba ni ahí para el estiércol. Era desorgulloso”.

Su placer era el aire fresco, el murmullo del agua correteando entre las piedras, las arenas brillantes, finísimas, cascajos de cuarzo, topacios imperiales del color del champán, maravillosos euclasios que resplandecen de repente en un recodo del paisaje. A veces se iba con los gambusinos a buscar preciosidades en lo hondo de la tierra. Los afanados garimpeiros se esfuerzan cavando como armadillos. Buscan tesoros ocultos allí donde se encuentran. No pierden su tiempo. A veces pierden sus vidas, pero eso les da igual: “A bicho acostumbrado en el cubil le encandilan las estrellas”.

Los caminos que entran en el valle permiten intimar con formas de conocimiento más cercanas al sentido original. Lejos del mundanal ruido el paseante comienza a comprender, a sentir, a oler, a ver. Instantes de mirífica inspiración, los caminos se bifurcan, y se forman senderos, que a su vez se dividen y confunden con la entretejida floresta. El paseante se pierde en sus reconcentrados pensamientos y se olvida de sí. “Intenté descubrir en el alma alguna cosa más profunda que no saber nada sobre las cosas más profundas. Conseguí no descubrir.”  Pierde su miedo y se adentra sin pudor. El valle le acoge en su seno. Las altas copas de los árboles protegen la andadura. Apenas chispitas de luz se cuelan entre las sombras, catedral de cúpulas altivas, desde las que los tucanes alardean sus picos, los gavilanes hienden el paisaje y los sabiás adornan de ligereza la increíble melodía del bosque tropical. Frescas montañas tapizadas de verde, manchadas de amarillo, cubiertas de azul y bañadas en aguas cristalinas, minerales. Montañas tropicales al atardecer. Lejos de la civilización. Lejos de la barbarie. Lejos de todo: “Al fin de la tarde madre aparecía en el fondo del quintal: Hijos míos, el día ya envejeció, entren para dentro”.

Va el camino también andando bosque adentro, cantarolando una tonadilla veraniega, cuando los ojos se posan en un recodo del río, una curva que suavemente se insinúa, algo que recuerda al origen, que evoca tiempos míticos, que transporta a un espacio mas espiritual, en donde el alma puede volar despojada de encarnaduras terrenas, simples pensamientos claros que la mente va forjando mientras el sinuoso camino entona su cancioncilla. “Que la importancia de una cosa no se mide con cinta métrica, ni con balanzas ni barómetros. Que la importancia de una cosa ha de ser medida por el encantamiento que nos produce”. El agua es tan limpia como el corazón de un recién nacido, un cristal que se desliza serpenteando. La yararaca en una esquina del cuadro acecha enroscada como una verdad eterna, y amenaza vibrando su sino con la bífida faz. El paseante se retira, tranquilo y desconfiado, y la deja en paz, ella está en su ambiente y si no se la molesta no ha de ofender ni hacer mal. Los coatís marchan perezosos en fila india, abanderados con sus colas a rayas y sus hocicos largos. Son siete, el mayor varón al frente, la madre y los hijuelos atrás, silenciosos, metódicos, atentos y relajados. El perro, Beleño, corretea tras ellos, que ni se inmutan. Fuera del bosque los coatís niegan disputa. Pero si alcanzan un árbol, ahí si toman coraje. Y le gritan envalentonados al perro. Beleño mete el rabo entre las piernas. “Yo veía a la naturaleza como quién la viste”.

El cielo se descortina después de un largo trecho en que el bosque se hizo túnel. Mirando para atrás se ve aquello que solo los grandes poetas supieron describir con palabras, el paraíso original. “Madre reparó en que el menino gustaba más del vacío que de lo lleno. Decía que los vacíos son mayores, y hasta infinitos”. En frente, una explosiva erosión mancha de rojo y pecado el paisaje, las horrorosas vosorocas, espigadas consecuencias del desastre ecológico, espacios estériles, la tierra vuelta del revés, contra sí misma, luchando desesperada y sin esperanzas frente a la enfermedad y la muerte. La locura civilizada. El poeta se indigna ante ese descalabro, la culpa dice él que la tienen los mineros y los ganaderos. Ellos son los culpables de la tala desordenada de los bosques, de las erosiones, de la tuberculosis de los ríos, de la mudanza climática. Humanidad irracional. Raizama cuenta el caso de su amigo Sebastián, el de los buitres: “Llegó a la hacienda, a la casa del patrón y pidió trabajo. El patrón miró aquel pedazo de hombre y dijo: Me sirve para zopilotero. Tarea de espantar zopilotes que rondaban en los tenderetes de la carne. Trabajo de Sebastián era espantar zopilotes. Sebastián espantaba espantaba espantaba. Los zopilotes volvían en bandadas. Sebastián espantaba espantaba. Un día descubrieron que Sebastián proseaba en extranjero con los zopilotes. Por fin Sebastián ya les dejaba hacer fiestas con la carne colgada en los ganchos. Los zopilotes juergueaban y conversaban en extranjero con Sebastián. Llegó el patrón y le mandó para el manicomio. En el manicomio nadie entendía su lengua. Sebastián se arrojó de la normalidad. Y fue encontrado en la calle hablando solo en extranjero”.

En el valle el tiempo se queda parado, se suspende el paso, se vacía el aliento, se escucha el silencio, se paladea la sabiduría, se hace el amor con la eternidad. El fruto de ese amor es amarillo, es un ipé, es un poeta. En el valle perdido el amor es el manantial del que manan las flores amarillísimas del ipé. El manantial que da vida al río, la poesía, volar fuera del ala: “Yo precisaba quedarme clavado en las cosas vegetalmente, encontrar lo que no buscaba”.

El río que pasa por el valle perdido no es un río cualquiera. Es ese río. Algo tan simple y tan hermoso, tan contundente. Aguas frescas y cristalinas corriendo alborozadas sobre y entre las piedras redondeadas, las arenas finísimas de plata y los preciosos minerales cristalizados en insólitas maravillas. Agua que mina por todas las laderas y raíces del bosque centenario, minas generales, minas de agua que alimentan ese río sonriente y delicioso, minúsculas playas a la sombra de gigantescos helechos, finísimas mariposas asombrosamente coloridas y azules, azules y coloridas las asombrosas mariposas que revolotean finísimas bajo los ramos del helecho: “Los ríos comienzan a dormir por la orilla. En el lodo, apura el estilo el sapo. Un río tomado baño por los tordos, se depura. Las lombrices airean la tierra, los poetas el lenguaje”.

El río que pasa por el valle perdido no tiene igual en el mundo. No conozco ningún otro río que tenga playas de arenas tan brillantes, ningún otro río en el que las hojas caídas en sus playas retornan como mariposas a las ramas. Ramas enramadas como bosques tropicales en la geografía de un país gigante llamado Brasil: “El río cortaba la tarde por la mitad. De un lado paseaban los caballos. Del otro lado Pasotriste, envuelto en aves y mariposas. Pasotriste tenía un gusto entre beato y borracho. Una especie de ascesis moscal le perseguía. Andaba favorable para cosas. Ser piedra, ser insecto era su galardón. Su casa era guardada por aves, no por cerrojos. No tenía dientes ni letras. Le confería grandeza a los andrajos. Vivía descuajaringado. Cierta vez ofendido por serpiente se arrastraba de barriga en la pedrera. Los perros hacían poste en él. Le gustaban los encantamientos más que las informaciones. Pasotriste es mi pastor. Él me guiará".

 

De poetas, lagartos y delicadezas (II)




Archivo histórico