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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Sigo en negro

La culpa de seguir fundido al negro debo achacarla, sin duda, a la amplificada crisis que nos rodea por todas partes. De repente, todos estamos en crisis. Y hemos pasado de un triunfalismo naif y cañí en lo económico, que nos hacia creer que éramos ricos y poderosos, a estas nuevas siete plagas de Egipto en versión monetaria con que cada día nos desayunamos, comemos y follamos, y que como espada de Damocles, amenaza con cortar el cordón umbilical que nos unía a esa sociedad de la abundancia en la que creíamos habernos instalado para siempre jamás.

Yo debería estar acostumbrado a lidiar con estos nuevos fantasmas económicos después de subsistir más de dos años a la economía de viuda en que me sumió, el paro primero, y el subsidio después; pero no, no termino de acostumbrarme a transitar por estos despeñaderos del capitalismo salvaje al borde de un precipicio que intuyo y que no tengo ni pajolera idea como evitar. Así que como el protagonista de uno de los cuentos morales del Conde Lucanor, suelo dirigir mi mirada hacía los que están peor que yo y me consuelo.


Y qué mejor dirección para dirigir esa mirada que la hacer un descenso en caída libre  a ese infierno real que primero describió el escritor italiano, Roberto Saviano en su libro Gomorra: viaje al imperio económico y al sueño de dominio de la Camorra, que ahora podéis disfrutar en Debolsillo, y la película que sobre él ha realizado Matteo Garrone con guión del propio Saviano y Mauricio Brucci y otros cuatro guionistas más.

La prosa de Saviano nos colocaba frente a ese mundo corrupto de la Camorra napolitana descrito con una fuerza, ritmo y estilo fuera de lo común; ese territorio feudal de los señores del crimen organizado italiano, que extiende sus raíces por todo el tejido social de la ciudad tejiendo una intrincada red donde están atrapados desde altos cargos de la política y la magistratura a probos padres de familia, desde descerebrados matones a sueldo a chicos de suburbios con los sueños rotos antes de empezar a soñar. Con todos ellos Saviano urdió un documento casi apocalíptico y de un valor literario y social sin parangón en las letras italianas de las últimas décadas. Retrato fiel de una tipología de gángsteres y disfrazado de crónica de sucesos y narración costumbrista, este obús dirigido al mismo centro de la línea de flotación de la Camorra, está también desprovisto de cualquier tipo de morbo, complacencia o mitificación de sus turbios y execrables personajes, y como este resultado no pareció ser de su agrado, Saviano fue condenado a muerte por contarnos la verdad  sin aditivos sobre ellos.


Su paso a la pantalla causa un efecto aún más demoledor, si cabe. Matteo Garrone  director de Gomorra, es consciente de la calidad del material que tiene entre manos y lo filma como si se tratara una crónica de guerra, casi documentalmente, mostrando la realidad diaria de esas calles y esas vidas que se mueven entre la violencia institucionalizada y que están dirigidas por los hilos invisibles de una organización omnipresente y que nunca se muestra: sólo sus consecuencias. Por allí pululan  Totó, el niño que vigila si asoma la pasma, esconde las armas y distribuye droga; Marco y Ciro, camorristi que sueñan con llegar a ser grandes capos como los que salen en las pelis de mafiosos; el contable Don Ciro, que distribuye fondos para las familias de los presos; Franco, el traficante de residuos, etc.

La mirada hiperreal de Garrone se pasea sin un atisbo de empatía sobre todos sus personajes y muestra su devenir con la frialdad de un entomólogo en el laboratorio. No necesita cargar las tintas, ni hacer apología, ni lanzar mensajes éticos. La realidad que filma es tan terrible que te deja clavado en la butaca.

Y del negro al gris marengo para que no penséis que ando depre.


En uno de mis paseos matutinos pasé por delante de la librería de San Pablo. En su escaparate, bien situado y publicitado, un libro de autoayuda editado por la editorial Salesiana; su autora, una tal Marta Lozano,y el título Una historia sobre el maltrato y la homosexualidad. ¿Lo compro, no lo compro?, me pregunté durante unos instantes. ¡Lo compro!, decidí porque me gusta estar al tanto de la evolución de la iglesia en temas tan actuales como los que trata el libro, y con actitud de marica apaleada por la vida, entré  a por él.

Y hasta  he tenido  la osadía de leerlo.

Por lo que cuenta, a la pobre Marta le ha ido fatal de boyera. Marginada y maltratada, un día decidió que no podía más con esa cruz  y se echó en brazos de dios en busca de la libertad y dignidad perdidas, y en un plis plas, gracias a las oraciones y a una férrea autodisciplina se recondujo y ahora es una feliz ¡heterosexual!

Y mientras cuenta todo el proceso de transmutación, obviamente lleno de espinas, nos va adoctrinando  de lo malo, malísimo que es  ser gay y lo estupendamente y feliz que se vive siendo como su (de ellos) dios manda.

No sé si la tal Marta existirá o es un autor apócrifo, pero el opúsculo se las trae. Primero me hizo reír y luego me cabreé más que el Rouco con la cristofobia ambiente, pero merecido me lo tengo por meterme donde no debo. Eso sí, como aún me quedan ciertos ribetes de mi educación religiosa, al terminar el manual me hinqué de hinojos y musité: ¡Virgencita, qué me quede como estoy! Por si acaso.




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