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Errata

Evaristo Aguirre

En la India

Hacía un par de días que había terminado de leer la novela, cuando ocurrieron los atentados de la ciudad india de Bombay el 26 de noviembre, y tenía en la cabeza el retrato demoledor de aquel país que hace Aravind Adiga cuando escuchaba las noticias y veía las imágenes, por lo que muchas de aquellas caras que aparecían en la televisión, unas confundidas, otras resignadas, me hacían pensar en Balram, el protagonista y narrador de Tigre Blanco y en todo lo que cuenta. No, Tigre Blanco (publicada por Miscelánea y traducida del inglés por Santiago del Rey) no habla de terrorismo –aunque lo menciona– y pasa por encima –aunque las toca y las utiliza en su trama– de las diferencias religiosas entre hindúes y musulmanes. Ni siquiera transcurre en Bombay, sino en Delhi.


Tigre Blanco es una novela picaresca en toda regla. Su autor nació en Madrás, en 1974, se ha criado entre Australia, Inglaterra y Estados Unidos, ahora vive en Bombay; ésta es su primera novela. Y es buena. Y si sirve de algo para apoyar esta opinión, ganó hace unas semanas el Man Booker Prize, que es uno de esos galardones literarios que llevan siempre delante el adjetivo prestigioso cuando se habla de ellos.


Volvamos a la picaresca: Balram se autodenomina, cuando narra su historia, empresario, vive en la ciudad de Bangalore, que en breve visitará el primer ministro chino, a quien Balram escribe unos correos electrónicos para contarle lo que se va a encontrar en su viaje a la India –por cierto, siempre he dicho la India y ahora todo el mundo dice India, ¿por qué?… Bueno, da igual­–. Y Balram cuenta en estos correos electrónicos su peripecia vital, desde una aldea perdida del país, miembro de una familia pobre con todos los estigmas de la tradición y la historia indias. Es picaresca porque se trata de una historia de superación, porque el protagonista se sirve de mil artimañas, que no son más que una inteligente adaptación al medio, para ir progresando, porque el punto de vista desde el cual Balram cuenta, explica y juzga es inteligente, ácido, sensato y cínico.

La India de la que habla Tigre Blanco es corrupta y juega con los prejuicios y la ignorancia de sus habitantes; tolera diferencias sociales aberrantes; permite que la religión sea un elemento discriminatorio, al tiempo que mira para otro lado cuando son los poderosos quienes se saltan todos los preceptos que imponen a sus sirvientes. Porque las relaciones entre personas no parece que vayan más allá de la de amo-sirviente. Y de repente, ahí, en la televisión, por culpa de una situación de violencia sin sentido (si es que lo puede tener nunca), la India de Aravind Adiga, la India del Tigre Blanco se hace real.

eaguirre@divertinajes.com




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