Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Lugares comunes

Pedro Vallín

Culpa

No existen. Las culpas, digo, no existen. Y, básicamente, eso es todo lo que tenía que decirles sobre el lugar común hoy.

Bueno, vale, se lo explico un poco. Y voy a hacerlo criticando a mi gremio, que anda como anda mayormente por causa suya de ustedes. El periodismo se desvela para que duerman bien. Ustedes cogen el periódico y leen historias en las que los periodistas –con disímil fortuna– se han dejado los cuernos para explicarles por qué pasa lo que pasa y quién tiene la culpa. Y no, no hay ironía. Hoy les voy a dar un disgusto. Apagada la tele y acostados los niños, tras cepillarse los dientes, cuando orinan pensando en la tripa que están echando y en que ahí fuera impera un orden moral y no un caos azaroso, se engañan. Es mentira, es un invento de los oficiantes de la pluma para que concilien el sueño, un engaño que con esmero componen historias cerradas con finales consoladores (o en caso de tragedia, con culpables claros) para que ustedes crean que en el mundo hay un porqué para todo. Pero no lo hay, estamos sumergidos en sociedades que conforman sistemas complejos en los que intervienen simultáneamente cientos de miles de factores. Y cuando los periodistas no consiguen encontrar al chivo expiatorio, se sienten mal por ustedes y se afanan en buscarlo. Algunos, llegado el caso —cuando su talento y saberes no dan para más— no se arredran en inventárselo. Con un ejemplo me van a entender mejor y de paso, les voy a poner a parir.


Nadie tiene la culpa de que se cayera el avión de Spanair en Barajas. Así como suena. Sin embargo, en la prensa nos hemos ofuscado en señalar a algún alma cándida que cargara con el muerto. Los muertos, quería decir. Los más ansiosos, lo recuerdo bien, fueron los portadistas de cierto diario madrileño, famoso por convertir en noticia de alcance nacional la licencia (o la ausencia de) urbanística del chalé de veraneo de su director. Se cascaron un “La crisis de Spanair desemboca en una tragedia con 153 muertos” el primer día, cuando nadie sabía, ni remotamente, los motivos por los que el vuelo JK5022 no logró despegar. Y cuando digo nadie, quiero decir nadie, empezando por los responsables de Spanair, que a esas horas no salían de su asombro. Y muchísimo menos lo sabía, claro, el portadista mendaz, que enlucía así la aquilata reputación de albañal de su rotativo cargando sin motivo alguno contra la aerolínea. (Lo de por qué las grandes compañías siempre son las primeras candidatas a comerse estos marrones es otro lugar común del que en su día daremos cuenta).

Nadie tuvo la culpa del accidente porque culpa y accidente son conceptos que no pueden ir en la misma frase. Un accidente es una contingencia, un sobrevenido relacionado con la probabilidad matemática (pertenece al campo de la Ciencia) y la culpa es volitiva, un rastro de vileza en un comportamiento éticamente discutible (forma parte del campo de la Moral). No hay un porqué, y el único posible es, en realidad, una abstracción. Expresada en una frase sencilla, el avión se cayó por pura estadística. Se cayó para que el bajo índice de siniestralidad (indicador de probabilidad de accidentes) de la serie MD80 no sea cero —el índice cero es una imposibilidad científica—, se cayó para que las matemáticas funcionen. Cuando debatíamos en la redacción (no ésta, claro, Divertinajes no es una redacción sino una Confederación de Estados Anímicos y a veces Anómicos) el primer día advertí que la investigación del accidente no concluiría señalando ningún culpa sino una suma de factores —un error de cálculo, una inocente pieza defectuosa, una distracción, un viento desfavorable…—, ninguno de los cuales es la causa aristotélica de los 153 muertos pero cuya suma azarosa produce un resultado indeseado. Les ahorro los comentarios y descripción de rostros con que fue saludada mi boutade. Pero el avión se cayó para señalar que los aviones pueden caerse. Y a veces se caen. Muy pocas, ciertamente; por eso no hay momento más seguro para volar que inmediatamente después de un accidente grave. La probabilidad caza y se retira. Hasta que, tiempo después, la ataca el hambre y regresa.


Y lo dicho sirve para el caso del juez Tirado. No es culpable. Culpable será el asesino (es decir, el acusado si es condenado), pero el juez sólo es responsable de una falta de negligencia con tremebundos resultados. El suyo es un elementos más de una sucesión en la que, como siempre, participan factores de todo tipo —vinculados a acciones humanas voluntarias e inadvertidas, y a decenas de miles de otros factores no controlables—, y algunos también tendrán que ver con determinadas actitudes, acciones y omisiones de los padres de la víctima. Que el peso de éstas sea poco significativo, no quiere decir que no exista. La muerte infligida deliberadamente sólo tiene un culpable: el autor.

La búsqueda desaforada de la culpa tiene una misión sencilla: mitigar la sensación de sinsentido y también diferir su responsabilidad. Cuando ocurre un contratiempo, la forma más rápida de atenuar la desazón es buscar un culpable. Así, los gobiernos asumen que son los culpables de los incendios —aun de los intencionados, los que causa un particular—, de la sequía y de los atascos de la nacional de Burgos cuando nieva. Si los audaces periodistas televisivos se aventuran entre el caos de coches y entrevistan a los infortunados conductores —sometidos a una ira intensa y sólida como un rodamiento de acero mientras oyen el maldito y justo “te lo dije” procedente de la ocupante del asiento contiguo— recogerán quejas por la escasez de máquinas quitanieves, la falta de sal sobre el asfalto o la ausencia de agentes de la Guardia Civil en la zona. Ninguno hablará abiertamente de su estúpida sagacidad ahorrándose el coste de las cadenas pese a las reiteradas advertencias de mal tiempo realizadas por las autoridades, o de su impericia al volante para evitar que el coche termine varado en una montaña de nieve. Un culpable y un exabrupto alivian.


Si van a apresurarse en señalar que el avión de Spanair no lo pilotaban los desafortunados viajeros, añadiré que son igualmente responsables. Quien adquiere un billete de avión o de tren, o quien acude a un estadio de fútbol debe saber que asume un riesgo. El minúsculo riesgo de que ocurra una tragedia mayúscula. Pues, por una correlación de magnitudes (número de viajeros, distancia, aforo, velocidad), si tiene la desgracia de que algo vaya mal, probablemente participará de una catástrofe con muchas víctimas. No son lo mismo 17 personas huyendo del incendio de una corrala de comedias que 170.000 hinchas intentando salir de un estadio ante el temor de una turbamulta. Si quieren reducir su riesgo de sufrir un ataque de la contingencia a valores infinitesimales, métanse en casa y no salgan. Y si lo quieren reducir a cero, sólo les queda brindar con cicuta.

Así que cuando el azar les envíe una calamidad, no se apresuren a buscar culpables porque lo más probable es que no los haya. Salvo, quizá, ustedes, culpables de convertir a los periodistas en guardianes de su serenidad, custodios de sus endebles certidumbres sobre el mañana y el porvenir. Los periodistas —por imbecilidad, algunos; por pura vanidad el resto— madrugan para colocar las confortables calles morales, enlucidas con culpas y porqués, por las que sus conciencias paseen tranquilas. Ellos (nosotros) son los responsables, pero ustedes tienen la culpa. Dicho lo cual, vayan saliendo, que tengo que cerrar. Es tarde y la probabilidad acecha. 




Archivo histórico