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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

La buena nueva


Éste es el tercer largometraje de la realizadora Helena Taberna tras la tibia acogida de Yoyes y Extranjeras. No cabe duda de que Taberna es una hábil narradora y una solvente constructora de relatos, personajes y espacios fílmicos.

La directora se adentra en el tema de la Guerra Civil española y de la colaboración de la Iglesia con el franquismo a través de la historia de Miguel (Unax Ugalde), un joven párroco enviado desde Roma a un pueblecito de Navarra. El protagonista  trata de mantener la cordura ante la situación de muerte y devastación moral que se apodera de un modo progresivo e implacable  de ese pueblo y de esas gentes que, al principio, lo acogen con reserva.

La Historia con mayúsculas determina de un modo efectivo, y tal vez algo efectista, las historias con minúsculas, e inspirándose en un hecho real —acaecido en 1936—, Taberna logra algo que no consiguen otros filmes de reconstrucción histórica: situaciones creíbles y momentos de dolor; suspense y lirismo filmados con  brío poco habitual en nuestro cine. Estamos ante una historia algo convencional con personajes casi de una pieza, pero contada con un dominio del lenguaje cinematográfico suficiente para conducir al espectador por los senderos de la tragedia, la traición, el romance y el suspense sin dejar de lado una violenta requisitoria contra la intolerancia. 


Taberna dirige con cuidado a Unax Ugalde en un papel harto difícil, pero no logra tanto de sus oponentes, encarnados por Bárbara Goenega, Joseba Apaolaza y Guillermo Toledo, tal vez porque más que personajes son símbolos. La buena nueva no es tanto un filme sobre la Religión o la Historia de España como una reflexión humanista sobre la imposibilidad de ser imparciales ante la violencia, física o espiritual.

Hábil mezcladora de sonidos y colores, narradora implacable —con cierta querencia por el efectismo—, Taberna ha construido uno de los filmes más solventes del año, no tanto por lo que cuenta como por la sobriedad y el dinamismo con que mueve a sus personajes por los escenarios, abiertos o intimistas. Algunos secundarios de opereta y algún aspecto del filme que no acaba de resultar convincente, como la incipiente  relación entre Miguel y Margari (Goenaga), no impiden que estemos ante una película de enorme potencia visual y un grito de paz contra el olvido.




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