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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Días de género negro


El cuerpo sin vida, y protegido con un chaleco antibalas, del escritor de serie negra americana Eugene Izzi apareció colgado de la parte exterior de la ventana de su oficina en el piso catorce de la avenida Michigan de Chicago un día de diciembre del año 1996. La puerta de su despacho estaba cerrada por dentro. Se encontraba investigando y recogiendo material sobre grupos paramilitares que operaban en el estado de Indiana con vistas a la creación de una nueva novela; en sus bolsillos, la policía halló algunas anotaciones sobre las amenazas que le habían enviado, pero a pesar de ello, la encuesta oficial dictaminó el motivo de su muerte como suicidio. 

De esa forma tan literariamente misteriosa acababa la agitada vida de este escritor nacido en Chicago en 1953, que tras dejar sus estudios y alistarse en el ejército acaparó una dilatada carrera de delitos y arrestos hasta que decidió ponerse a escribir sobre la vida de los bajos fondos en una quincena de novelas que tienen como protagonista absoluto los entresijos delictivos de su ciudad natal.


La Editorial Barataria, en su colección Mar Negro, nos ofrece ahora la primera de sus novelas, la titulada La encerrona, publicada en 1987 y que ya anuncia la pericia de su autor en la descripción de ambientes sórdidos, la creación de personajes de una pieza y en su innata facilidad en la forma de articular diálogos que definen a los protagonistas más que cualquier explicación psicológica. 

La encerrona es una novela directa, violenta, sobria, escrita por un conocedor de los bajos fondos de Chicago y de lo que en ellos se cuece. Estamos en plenos años ochenta y su protagonista Fabe, un avezado ladrón ex-agente de policía, prepara el último robo de su vida profesional, lo suficientemente importante para poder  permitirle jubilarse; pero todo se complica con la inesperada aparición de un cadáver y un alijo de droga. Su mejor amigo es un antiguo compañero, ahora jefe de la Sección de Estupefacientes en la ciudad, que está al tanto de todo y que sólo le pide que no se meta en líos de drogas porque de lo contrario no tendrá más remedio que trincarlo.

La novela, trepidante, desarrolla de forma admirable estas dos líneas argumentales: la del atraco y sus consecuencias, y la del desarrollo de esta complicada y atípica amistad que se mueve entre la confianza y la delación, y que alcanza cotas de una extrema  dureza manteniendo un pulso narrativo que te lleva hasta el final  sin ahorrarte ni una sola de las convenciones de una buena  novela de género que se precie de ello.


Lo que he tenido que oír y leer a propósito de la nueva película de mi siempre admirado Agustín Díaz Yanes, Sólo quiero caminar. Y me encanta esa polémica surgida entre los que la encuentran una gran película y los que opinan todo lo contrario, porque eso quiere decir que no ha dejado indiferente a ninguno de los dos bandos. Y porque además las polémicas y diversas lecturas sobre cualquier manifestación artística siempre son buenas. A mí, me apresuro a decirlo, me gusta mucho la forma de narrar de Díaz Yanes desde que en 1995 nos ofreciera la incombustible y magnífica Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, y en contra de la opinión generalizada, su adaptación al cine de la saga de Alatriste me pareció excelente. He vuelto a visionarla y sigo manteniendo la misma opinión: cuatro pinceladas para presentar a un personaje son suficientes; no es necesario meterse en berenjenales psicológicos cuando se hace cine espectáculo  ni para entender lo que es obvio, pero es que aún hay mucha gente de boca grande y mente estrecha que necesita explicaciones para todo.

Sólo quiero caminar también le reprochan cosas por el estilo: la indefinición en el retrato de los personajes, la falta de explicación de  sus motivaciones, etc., etc. Yo no las he necesitado, me dan igual, lo importante para mí ha sido seguir la peripecia de estas cuatro mujeres empeñadas en una venganza casi grotesca preñada de un  cenagoso romanticismo marca del autor que ha creado una intensa atmósfera de violencia en torno a las cuatro heroínas y que está filmada con una fuerza expresiva que a veces hipnotiza. Llena de referencias estilísticas que van de Melville a Scorsesse con guiños a Almodóvar, Kitano y Tarantino, el director maneja los materiales que tiene entre manos sin complejos de ningún tipo, aunque a veces dé la impresión que ha dado un paso más allá de lo que tenía previsto. Díaz Yañes no coreografía el crimen, lo retrata y no intenta colarnos tampoco subterfugios de ética de manual.

Estas mujeres vengativas y un punto castradoras están interpretadas con fuerza, aunque con desigual resultado, por Pilar López de Ayala y Ariadna Gil, las mejores, una Victoria Abril un poco desfasada y Elena Anaya, que sale poco para mi gusto, y que se mueven por los peligrosos vericuetos de México DF como furias en pos de sus víctimas y un atraco perfecto que solucione sus maltrechas vidas.


Y para negro, negrísimo, y de risa si no diera repeluznos por lo que esconde, es la peregrina idea de colgar una placa en el Congreso en loor de la monja Maravillas (la sor, no me lo negaréis, tiene nombre de superheroína así que ¿para cuándo un cómic de la Faes con sus aventuras celestiales y milagros de estampita?).

Una señora que era capaz de soltar mensajes del calibre de:

"Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar. Y serás perfecta”

me hace pensar que en vez de devocionario frecuentaba la lectura de la obra completa de mi admirado Marqués de Sade, lo cual sería un punto, pero me temo que no, que los tiros no iban en esa dirección. Sin embargo, mi morbosa curiosidad no deja de preguntarse dónde se pondría el cilicio esta famula domini. Se lo preguntaré al señor Bono que seguro sabe algo.




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