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Alicia en la realidad

Adriana Davidova

Culpa

“A través de la tarde color de oro el agua nos lleva sin esfuerzo por nuestra parte, pues los que
empujan los remos son unos brazos infantiles que intentan, con sus manitas guiar el curso de
nuestra barca.”
 
Lewis Carroll
  


CULPA

 

 

 La culpa se adhiere a los tejidos de la ropa que llevas, como si fuese un insecto carnívoro que escala hacia el centro mismo de tu ser.

Es un insecto parecido a las arañas que tejen su red pegajosa alrededor del último valor que te quedaba. O es una serpiente silenciosa y nervuda, que sube como un látigo por tu columna, dejándote helado. Helado y asustado. Paralizado.

Culpable.

¿Culpable de qué? ¿Por quién? ¿Qué es lo que toca expiar y no se nombra?

¿Qué es lo que toca soñar y no se enseña?

Lleva tu vestido transparente. Enseña la carne, las heridas, los restos de sangre derramada y gime… Gime de rabia o de placeres álgidos. Gime de asco, de tristeza, de duelo o de alegría… Pero gime. Y enseña las entrañas. Aunque haya buitres esperando participar del banquete rojizo. Aunque haya hienas que se relamen viéndote caer. Cae… Déjate… Cae desnuda, cae desnudo, despojado de artificio… Cae. No hay fondo. No dañarás tus huesos frágiles de cachorro humano. No hay fondo. Así que cae sin culpa. Pesa. Atrévete a pesar contra el vacío y sigue cayendo. Como en un sueño. Pero mantente despierto. No te pierdas detalle del espectáculo que ofreces porque quizás nadie te esté mirando. Recuerda. Recuérdalo todo para cuando acabe. Para cuando te marches a otras historias. Para cuando los hambrientos pájaros hayan concluido su tierno festín de carne recién sacrificada y limpia. No tengas culpa. No te culpes aún.

Aún no.

Espera todavía.

La culpa está trepando hacia la médula, pero espera… La serpiente, sin que tú hagas nada, abrirá su boquita de víbora y morderá la carne. Tu carne. Y la manzana caerá al suelo. Podrida… su fresco sabor a labios besados estará derramado ya lejos… y pequeños gusanos brotarán entre la piel antes verde de la fruta que siempre comes. Has hecho bien. Tenías sed, tenías hambre… tenías ganas de misterio y has volado. ¿Qué más? Insaciable. Curioso. Impaciente. Caprichosa. Trémula. Taciturno. Valiente, osado, generosa, abierta, entregado… ¿Qué más? ¿Acaso quieres, ahora más? Sibilina… Sigilosa. Silenciosa… sigue subiendo la alimaña… entre los nervios que florecen desde la espina dorsal de tu torso. ¡Espera! Déjala trepar, no pasa nada… Tú eres mucho más fuerte, más paciente, más astuto que cualquier veneno. Y la agarras a tiempo, mirándola a los ojos… ella te sisea… pero tú le arrancas la cabeza y la dejas caer, escurrirse fría e inerte… hasta tus pies descalzos y apoyados ahora con firmeza en la tierra.

¿Lo ves?

No hay más culpa. Estás tranquila. Estás calmado. Estás allí, pisando las raíces de las plantas entrelazadas bajo la tierra húmeda. Húmeda y fértil… Abonada por tus actos.

Ahora eres libre y ligera, ahora corres sin la angustia de los pecados que temes que te acometan… que temes cometer o no haber vivido. Las bestias te siguen todavía, están allí, muy cerca, al acecho… Pero tú eres tan veloz que las esquivas, eres tan preciso, que las peludas patas de la araña que ha tejido su red sobre tu cuello, se resbalan y el tejido asfixiante se desmenuza dejándote el alivio del aire fresco. Respira. Respira… ¡Respira!

¿Lo ves?

Mira la imagen de tu desconcierto y de tu triunfo. Mira tu cuerpo de hombre. Mira tu cuerpo de mujer. ¡Mírate! No eres inocente. Pero eres libre. Mírate. Estás allí. Sigues. Mírate… Al caer, te has salvado.  


Pequeños Deberes – Déjate asombrar por el misterio. Dale la mano a tu propia sombra, que te guiará entre las tinieblas hacia la luz… 


A.AliciaNlarealidad@gmail.com

Foto Montse Velando

 

Foto de Las noches Vacías 




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