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Sara Orúe

De tiendas


Estoy enfadada con la vida, con el mundo con la báscula, con Inditex. Pero todo es culpa mía por ir de tiendas. Si me hubiera quedado en casa o me hubiera ido al cine, nada de todo esto me habría pasado.

El caso es que, por la crisis y esas tontunas, he retrasado lo más posible el momento de salir a comprarme algo aunque, como siempre, no tengo nada que ponerme.

—Claro, el invierno pasado ibas desnuda por la calle.
—Déjalo Tío Ra, no lo entenderías nunca.

No, no iba desnuda pero no sé qué me ponía porque no encuentro nada que me vaya bien.

—Tira de fondo de armario.
—En mi fondo de armario, querida Julieta, sólo hay revistas viejas y un sobre grande con las radiografías que me han hecho a lo largo de mi vida.
—Pero si este año se lleva lo mismo que el pasado: el gris y el negro, las blusas con vuelo, los blusones estampados. Algo tienes que tener.


Está bien, lo confesaré. No tengo nada que ponerme porque me he engordado y no me cabe nada. Ni siquiera un kilo más.

—Ya estamos con que te has engordado. Pues yo lo noto.
—Natural Tío Ra, tú también te has engordado y mantenemos la misma proporción.
—En serio, si cada vez que dices que te has engordado te hubieras engordado estarías como una foca.
—¿Y cómo estoy, sino es como una foca?
—Eres una exagerada, no me creo que cada año pongas kilos.
—Es que niegas lo evidente.
—No es cierto.
—Lo es, sigues diciendo que en el Madrid no hay crisis…
—Al Madrid ni lo mientes que me enciendo.

He pateado unas cuantas tiendas de esas del Sr. Ortega, más que nada porque es dificilísimo esquivarlas.

—Y porque tu presupuesto no da para Chaneles y Donakarans.


Pues también, no voy a mentir. Pero, al final, me he decantado por comprarme cuatro cositas…

—Seis
—Seis qué.
—Seis cositas, que te has comprado seis cositas.
—Chivata.
—Mentirosa.

… de talla XL, lo que me indigna soberanamente.

—Aunque le favorezca a tu figura.
—No, precisamente me indigna porque es la talla que le favorece a mi figura.

Con la pereza que me da probarme ropa, que me acuerdo yo de las muñecas recortables con las que jugaba de pequeña, que les cambiabas el vestido mil veces.

—La diferencia es que ellas todo les quedaba bien.
—Cuánta razón tienes, amiga.

¿Quieren saber otra cosa que también me indigna?

—Yo no, pero si no queda otro remedio.

Me da una rabia loca que siempre, la dependienta que te atiende se ha quedado lo que tú te estás probando, ¿no se han fijado en eso?

—Esa chaqueta es ideal. Yo me la he quedado en gris.

Vaaaya por Dios. Buscaré otra cosa.

—Esa falda que se prueba es bonísima. Me la he quedado en negro.

Ya estamos, la chica esta también se ha quedado la falda. Probaré con otra cosa.

—¿El abrigo… buena elección. Yo me he quedado igual, pero en corto.

Que tú dices, espero que la colega no viva cerca de mi casa, si no va a parecer que nos cambiamos la ropa. Y le preguntas.

—¿Hay algo de esta temporada que no te hayas quedado, bonita?
—Ya lo creo, se-ño-ra, nada de esa colección, porque no es mi estilo.

Bueno, menos mal. Para allá que me dirijo repleta de esperanza. Husmeo, rebusco y ¡voilá! Un pantalón bonísimo que me va que ni pintado.

—¿Tienes este en mi talla?
—Voy a ver…. Aquí tienes. Este pantalón sienta fenomenal, me…
—¿No me digas que te lo has quedado en marrón?
—No yo iba a decir que me parece que se lo ha quedado  la Lore, en este mismo color, ¿no es verdad Lore?

¡Rabia me da, oyes!




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